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Signo de sangre
Hacia
finales del verano de 1220 Fernando pidió
y obtuvo poder dejar los Canónigos regulares
de San Agustín para poder abrazar el ideal
franciscano. No es seguro que conociera personalmente
a los primeros franciscanos que llegaron a tierras
lusas. Pero es seguro que oyó hablar de ellos,
y quedo en seguida fascinado.
Sobre
todo cuando llegaron los restos mortales de sus mártires,
recogidos por los cristianos en dos cofres de plata
y llevados por el Infante Pedro y su séquito
hasta Ceuta, y de allí transportados a Algeciras,
después a Sevilla y finalmente trasladados a
Coimbra, donde fueron colocados en la iglesia de los
agustinos de Santa Cruz (en la que todavía hoy
se encuentran custodiados y son venerados). Se explicaban
también los milagros que hicieron, fue creciendo
la devoción, y se escribieron las proezas de
los mártires. Todo contribuyó a poner
al movimiento franciscano en el centro de atención
de todos los fieles portugueses.
La
solicitud por parte de Fernando de entrar a formar parte
de los seguidores de Francisco de Asís madura
a causa de una fuerte vocación por la misión
y, especialmente, por el martirio de sangre.
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Antonio
misionero |
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En septiembre de 1220, Fernando dejó los
blancos hábitos de los agustinos para vestirse
con la tosca túnica de buriel atada con una cuerda
en la cadera.
Para
la ocasión, abandona también el viejo
nombre de bautismo para asumir el de Antonio,
el ermitaño egipcio del Eremitorio de São
Antonio dos Olivãis, donde vivían
los franciscanos. Después de un breve periodo
de estudio de la regla franciscana, Antonio se fue
a Marruecos.
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El
itinerario que siguió, por tierra y por mar,
no lo sabemos. Muy probablemente, según las costumbres
franciscanas, a Antonio lo acompañó un
hermano franciscano, del que no sabemos el nombre.
Al llegar al territorio de Miramolino, en Marrakesh
o en otra localidad, fue acogido en casa de algún
cristiano, residente allí por motivos comerciales
o alguna otra cosa. Para dirigirse a los musulmanes,
el Santo tenía que conocer bastante bien el idioma
árabe, cosa no muy difícil para un lisboeta
de la época, proveniente de una zona bilingüe.
De
no ser así, tenía que poder fiarse de
su compañero: si no ambos, al menos uno tenía
que ser experto en aquel idioma.
De
no ser así, tenía que poder fiarse de
su compañero: si no ambos, al menos uno tenía
que ser experto en aquel idioma.
Antonio no pudo seguir con su proyecto de predicación
porque contrajo una enfermedad tropical. Para conseguir
recuperar, aunque fuera en parte la salud, decidió
volver a su patria, pero sin abandonar su ideal de martirio.
Fue por lo tanto obligado a irse de Marruecos,
volviendo a hacerse a la mar.
Pero,
a causa de una inesperada ráfaga de vientos contrarios,
la nave fue transportada hasta la lejana Sicilia
(Italia). Antonio, que la tradición nos dice
que desembarcó en Milazzo (Mesina), era
un desconocido fraile extranjero, joven y sin cargos
de gobierno, que había sufrido físicamente.
Su convalecencia en Sicilia duró casi dos meses.
Informado
por sus hermanos sicilianos, Antonio dejó Sicilia,
subió por la península italiana para participar
en el capítulo general -llamado de las Esteras-
que se celebraba en Asís del 30 de mayo al 8 de
junio de 1221. Antonio desde Lisboa, desconocido por todos
porque había entrado hacía sólo unos
meses en la Orden, pasó los nueve días de
la reunión apartado y solitario, inmerso en la
observación y en la reflexión.
Era uno entre tantos, no tenía nada que lo hiciera
distinto a los demás. Al momento de la despedida
ninguno de los 'ministros' se lo llevó consigo.
Cuando se habían ido casi todos los conventuales,
Antonio fue notado por el padre Graciano, ministro provincial
de la región de Romaña. Cuando supo
que el joven fraile era también sacerdote, le
pidió que lo siguiera.
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| Ermitaño
en Monte Paolo |
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En compañía de Graciano de Bagnacavallo y de otros hermanos
franciscanos de Romaña, Antonio llegó a Monte Paolo,
cerca de Forlí, en junio de 1221.
Sus días transcurrían orando, meditando y ayudando a sus
hermanos.
Durante este periodo el Santo pudo madurar su vocación franciscana,
profundizar la experiencia misionera interrumpida de forma brusca, dar
vigor al compromiso ascético y perfeccionarse en la contemplación.
Las tesis más acreditadas nos dicen que San Antonio se quedó
en Monte Paolo hasta la celebración de Pentecostés (22 de
mayo) o como mucho hasta septiembre del mismo año.
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En un primer momento, dada la visión principalmente sagrada del ambiente
en que se encontraba, los otros franciscanos trataron a Antonio con veneración.
Al ver que uno de sus compañeros había transformado una gruta
en una celda solitaria, le pidió con insistencia que se la cediera
a él. El buen hermano accedió al apasionado deseo del joven
portugués.
Así todas
las mañanas, una vez cumplidas las oraciones comunitarias, Antonio
se dirigía con prisa a su gruta (todavía hoy conservada con
devoción) para vivir solo con Dios, solo en penitencia e íntima
oración, con prolongadas lecturas de la Biblia y reflexiones. Para
las horas canónicas y para las comidas se reunía con sus hermanos.
En su fuerte
dedicación a la penitencia extenuó tanto su frágil
salud con los ayunos, las vigilias, las flagelaciones, que más
de una vez con el sonido de la campana que lo llamaba a las reuniones,
se tambaleaba y estaba a punto de caer, por suerte sus hermanos lo sostenían.
Antonio se
dio cuenta de que sus hermanos de ideal conjugaban oración y servicio
recíproco. Él, ¿qué contribución podía
aportar? Habló con el guardián. Decidieron que debía
limpiar la humilde vajilla de la cocina y barrer la casa.
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