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La hora de la llamada |
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En septiembre de 1222 tenían lugar en
Forlí las ordenaciones sacerdotales de religiosos
dominicos y franciscanos. Antes de que el grupo de los
que tenían que ser ordenados se dirigiese a la
catedral de la ciudad para recibir las órdenes
sagradas por parte del obispo Alberto, se solía
dirigir un sermón a los candidatos. En aquella
ocasión nadie había recibido la orden
antes y por lo tanto ninguno de los sacerdotes dominicos
o menores presentes se había preparado. Cuando
llegó el momento de hablar delante del público,
todos rehusaron improvisar. Sólo el superior
de Monte Paolo conocía bien las dotes de Antonio..
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El interpelado intentó esquivarlo. Pero ante
la insistencia de su superior aceptó y tomó
serenamente la palabra. A medida que el discurso
se envolvía en sonante latín, las expresiones
se hacían más calurosas y persuasivas,
originales y emocionantes.
Él revelaba, aunque fuera contra su voluntad,
la profunda cultura bíblica y la comprometente
espiritualidad.
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Conmoción,
regocijo, y sobre todo admiración de los que
lo escuchaban. Después tuvieron lugar las sagradas
ordenaciones y se desarrollaron según el programa
los trabajos de la audiencia capitular. Pero a esas
alturas todos prestaban atención al fraile portugués,
olvidado ermitaño, que de forma impensable se
había convertido en el centro de atención
de su hermandad. Sólo subió a Monte Paolo
para decir adiós a la gruta, para volver a abrazar
a sus hermanos, encomendándose a su oración.
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| Antonio
predicador |
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San Antonio inició de esta forma su misión de predicador
en Romaña. Hablaba con la gente, compartía la existencia
humilde y atormentada, alternando el trabajo de la catequesis con la obra
pacificadora; enseñaba ciencia sagrada a sus hermanos franciscanos,
hacía confesiones, se batía personalmente o en público
con los que sostenían herejías.
Romaña,
en la época del Santo y durante siglos después, era un paraje
atormentado por una guerrilla civil endémica. Las facciones,
mayores y menores, envenenaban las ciudades y los clanes familiares, disgregaban
las estructuras comunales y sembraban por todas partes donde se sospechaba,
conjuros, golpes de mano, venganzas. Como si no fuese suficiente esta
maldición, también en el plano religioso se padecía
la calamidad de las sectas, la primera de todas, en sus ramificaciones,
la cátara.
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La vieja Iglesia reaccionaba escasamente y tarde, a causa de su mediocridad
espiritual. Tenían por lo tanto un buen juego los herejes que difundían
teorías falsas y dudas peligrosas.
Precisamente en Rimini tuvo lugar en 1223 el episodio que
nos ha hecho llegar la tradición, según el cual San Antonio
ganó la terquedad de un hereje que no quería creer en la
presencia real de Cristo en la Eucaristía.
Teólogo
en Boloña
Después
de la revelación de Forlí, después de que por invitación
de sus superiores fuese enviado a predicar por las ciudades y los pueblos
de Romaña, hacia finales de 1223 a Antonio se le pidió también
que enseñara teología en Boloña. Durante dos
años, a la edad de 28-30 años, enseñó como
teólogo las verdades de la fe al clero y a los laicos, a través
de un método simple y eficaz. Partía de la lectura del
texto sagrado para llegar a una interpretación que interpelara
y hablara a la fe y a la verdad de los que lo escuchaban.
San Antonio
es por lo tanto el primer enseñante de teología de la
recién nacida orden franciscana, el primer anillo de una cadena
de teólogos, predicadores y escritores, que a través de
los siglos dieron y dan honor a la Iglesia.
"Antonio, mi obispo"
Francisco
de Asís no quería que sus frailes se dedicaran al estudio
de la Teología. Esta indicación fue referida también
en la regla de vida. Pero para San Antonio, vistas su sólida fe
y su integridad moral, hizo una excepción concediéndole
enseñar a sus frailes.
Hoy en día está completamente probada la sustancial autenticidad
de la breve carta que el 'Pobrecillo' le hizo llegar.
He aquí
el texto.
"A Fray Antonio, mi Obispo, Fray Francisco le desea
salud. Me gusta que enseñes teología a
nuestros frailes, con la única condición
que el estudio no apague el espíritu de santa
oración y devoción, según está
escrito en la Regla. Cuídate".
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El
gran franciscanista Raoul Manselli, ve en esta carta que autorizaba a Antonio
a enseñar sagrada teología a los frailes, un "texto de
importancia" que "tiene un valor y un significado esencial para
toda la historia de la Orden, y hay que entenderlo y explicarlo, por lo
tanto, con toda su importancia".
Antonio en su apostolado itinerante, tanto en Italia como en Francia, unió
a la intensa predicación la formación catequista de las nuevas
quintas del movimiento de los menores: "tenía por lo tanto que
haber recibido ya la autorización que la breve carta de Francisco
concedió en términos tan sintéticos, rigurosos y muy
formales".
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Una
de las preocupaciones que llevaban a San Francisco a mirar con escepticismo
el estudio, estaba representada por la divergencia que él notaba,
entre lo que la cultura teológica enseñaba y cómo
se vivía de forma distinta.
Teólogo
por encargo de sus compañeros
Fueron
sus hermanos los que le pidieron a San Antonio que pusiese en marcha el
estudio de la teología y que enseñara.
Estos hermanos,
viviendo en contacto con las almas, estaban alarmados y disgustados por
la situación de inferioridad de la joven Orden franciscana, llamada
por un creciente grupo de fieles a cubrir, junto con los dominicos, los
grandes vacíos dejados por el clero diocesano en la guía
pastoral y en la catequesis.
La iniciativa
imitaba a la misma institución, aprobada por la Orden gemela de
los Predicadores, los cuales habían abierto en Boloña un
estudio teológico desde 1219, cuando todavía vivía
Santo Domingo.
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| Una
lección de San Antonio |
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Cómo eran las lecciones del teólogo Antonio?
Según
el método de la época, usado también por el Santo,
en sus explicaciones prevalecía el sentido alegórico.
También es constante la referencia a la Biblia.
LEl estilo se basaba en
- la claridad de los conceptos,
- la esencialidad de expresión que huía de inútiles
redundancias,
- la preocupación de ser persuasivo y práctico, el cuidado
de implicar por completo a la persona (además de la razón,
también el sentimiento y la imaginación)
- la traducción de los dictámenes en lo vivido cada día.
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Doctor de la Iglesia
Entre sus
contemporáneos y en las generaciones inmediatamente sucesivas,
el Santo fue considerado un maestro de sabiduría cristiana,
biblista incomparable, autor de obras ilustres.
Un historiador
dice que San Antonio poseía un talento tan eminente que podía
usar la memoria en lugar de los libros, y que sabía expresarse
con una gran abundancia de lenguaje místico [...]. La profundidad
insospechada de su hablar hacía que creciera el asombro de la gente
que lo escuchaba (Assidua). Toda la curia romana tuvo la oportunidad de
escucharlo y el mismísimo Gregorio IX lo llamó Arca del
Testamento.
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Fue en ocasión
del VII centenario de la muerte del Santo, 1931, cuando se inició
en la Congregación de los Ritos, en Roma, la investigación
y discusión sobre el doctorado de San Antonio, en los siguientes
términos:
"Se trata de confirmar el culto de Doctor tributado durante siglos a San
Antonio de Padua y se trata de extenderlo a la Iglesia universal...".
Tocó
al papa Pío XII el honor de concluir afirmativamente el proceso histórico-jurídico,
cosa que cumplió el 16 de enero de 1946 con el Breve Apostólico
Exsulta, Lusitania felix: San Antonio es Doctor de la Iglesia con el título
de "doctor evangelicus".
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No debe
parecernos raro el retraso, algo más de siete
siglos, sufrido por San Antonio antes de acceder al
culto de Doctor. De hecho, el reconocimiento apostólico
no era otra cosa que la confirmación de una praxis
consolidada en la Iglesia desde los años inmediatos
a la muerte del Santo.
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