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En Padua
 


El gran momento paduano

P. Annigoni, San Antonio predica desde el nogal, detalle, 1985


En Padua, Antonio estuvo durante dos periodos cercanos: el primero, entre 1229 y 1230; el segundo, entre 1230 y 1231, durante la cual murió prematuramente. Sumando los dos periodos, se llega a unos 12 meses o un poco más. Esto significa que el misionero no transcurrió en su patria de elección más de un año, en dos etapas.

¿Qué Padua lo atraía, lo esperaba y lo acogió? Toda entera.
La encontramos unánime, algunos meses después, a los pies de su púlpito y de su confesionario; y después comprometida de forma apasionada en su glorificación cultural. Padua le sirvió de nuevo como scriptorium de sus comentarios bíblico-litúrgicos.

Podemos hipotizar que encontró además una gran ayuda en las bibliotecas, con los colaboradores a nivel de escribanos y quizás de ayudantes.

Los Sermones antonianos se consideran la obra literaria de carácter religioso más importante escrita en Padua durante la época medieval.
Y más todavía, la ciudad eugánea interesaba a Antonio por su universidad. Antonio tenía una debilidad por los grandes centros de estudio (Bolonia, Montpellier, Toulouse, Vercelli...). Él mismo era, aunque fuera de las estructuras burocráticas, un emérito catedrático. Pero decir universidad era sobretodo sinónimo de concentración de gente joven. Antonio era un experto "pescador de jóvenes".

Presintiendo o no que su peregrinación en la tierra estaba llegando a su fin, aspiraba a reclutar nuevas quintas para la difícil y apasionada tarea de ser transmisores del Evangelio. Además, la tierra véneta vivía una paz inestable. Antonio sentía muy fuerte la invitación de intervenir para solucionar los conflictos. También en aquellos momentos había en Padua adeptos a la herejía.

Los días de la salvación    

El 5 de febrero, el Santo interrumpió el esfuerzo de papel, pluma y tintero. La ciudad vivía una mágica tregua de paz tanto dentro como fuera de sus fronteras. Se difundió la voz de que San Antonio tenía la intención de predicar cada día, aprovechando la ocasión de los textos ofrecidos por la liturgia. Muy pronto, no sólo la pequeña iglesia de Santa María, sino las más grandes iglesias de la ciudad resultaron incapaces de contener a esa multitud que crecía continuamente. La gente llegaba en grandes multitudes, ¿dónde se podía acoger? La voz no era un problema, ya que Antonio estaba dotado de un volumen vocal excepcional. Se reunían en las plazas. Pero éstas pronto se quedaron pequeñas. También en Padua, como había ocurrido en Francia, el apóstol se vio obligado a hablar fuera de la ciudad, en medio de los campos. Nobles y gente de pueblo, mujeres y hombres, jóvenes y ancianos, fervorosos practicantes y personas indiferentes o "lejanas", caballeros y rateros, eclesiásticos y laicos, esperaban con paciencia la llegada del hombre de Dios. El obispo Jacobo junto con un grupo del clero tomaba parte personalmente del camino cuaresmal, por él mismo autorizado y seguido con la joya del pastor que ve reunido a su rebaño en pastos fértiles.

De sermón en sermón se hacía cada vez más grande la fama de lo que estaba ocurriendo en Padua, lo que provocaba un continuo crecimiento de los que lo oían. Una multitud incesante se reunía alrededor de su confesionario. Era imposible ocuparse de todos a pesar de que algunos hermanos sacerdotes y un grupo de presbíteros de la ciudad intentaban reducirle el esfuerzo. No le quedaba otra cosa que esperar el flujo de penitentes y la llegada de la noche. La Assidua informa que estaba en ayunas hasta el crepúsculo. Algunos se precipitaban al sacramento de la penitencia declarando que una aparición los había empujado a la confesión y a cambiar de vida.

La Assidua, 13,11-13, testimonia: "Llevaba a la concordia fraterna a los enemistados; devolvía la libertad a los encarcelados; hacía devolver lo robado con usura o violencia".

Y esto de tal modo, que, a las casas y fincas hipotecadas se imponía precio ante él, y, por su consejo, se devolvía a los expoliados lo que se les había sacado por las buenas o por las malas. Rescataba a las meretrices de su infamante trato; y mantenía alejados de poner la mano sobre lo ajeno a ladrones famosos por sus delitos. Y así, transcurridos felizmente los cuarenta días, fue grande la cosecha de mies, agradable a los ojos de Dios, que con su celo recolectó.

Creo que no se puede pasar por alto cómo inducía a confesar los pecados a una multitud tan grande de hombres y mujeres, que no daban abasto a confesarlos ni los frailes ni los otros sacerdotes que lo acompañaban".

Antonio intervino también para modificar la legislación comunal de Padua. Se trata de un estatuto relativo a los deudores insolventes, fechado el 17 de marzo de 1231, el lunes santo.

He aquí traducido del original en latín.

"Por petición del venerable hermano Antonio, de la Orden de los hermanos Menores, fue establecido y ordenado que nadie fuera detenido en la cárcel, por tener simplemente algunas deudas de dinero, del pasado, del presente o del futuro, si quiere ceder sus bienes. Y esto vale tanto para los deudores como para los que avalan. Pero si una renuncia o cesión o un alienación está hecha con engaño, tanto por parte de los deudores como por parte de los avaladores, ésta no tiene ningún valor y no proporciona daño a los creditores. Cuando el fraude no pueda ser demostrado claramente, del asunto que sea juez el corregidor. A este estatuto no se le pueden hacer modificaciones de forma, que quede así para siempre".



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