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El 5 de febrero,
el Santo interrumpió el esfuerzo de papel, pluma y tintero. La
ciudad vivía una mágica tregua de paz tanto dentro como
fuera de sus fronteras. Se difundió la voz de que San Antonio
tenía la intención de predicar cada día, aprovechando
la ocasión de los textos ofrecidos por la liturgia. Muy pronto,
no sólo la pequeña iglesia de Santa María, sino las
más grandes iglesias de la ciudad resultaron incapaces de contener
a esa multitud que crecía continuamente. La gente llegaba en grandes
multitudes, ¿dónde se podía acoger? La voz no era
un problema, ya que Antonio estaba dotado de un volumen vocal excepcional.
Se reunían en las plazas. Pero éstas pronto se quedaron
pequeñas. También en Padua, como había ocurrido en
Francia, el apóstol se vio obligado a hablar fuera de la ciudad,
en medio de los campos. Nobles y gente de pueblo, mujeres y hombres, jóvenes
y ancianos, fervorosos practicantes y personas indiferentes o "lejanas",
caballeros y rateros, eclesiásticos y laicos, esperaban con paciencia
la llegada del hombre de Dios. El obispo Jacobo junto con un grupo
del clero tomaba parte personalmente del camino cuaresmal, por
él mismo autorizado y seguido con la joya del pastor que ve reunido
a su rebaño en pastos fértiles.
De sermón
en sermón se hacía cada vez más grande la fama de
lo que estaba ocurriendo en Padua, lo que provocaba un continuo crecimiento
de los que lo oían. Una multitud incesante se reunía
alrededor de su confesionario. Era imposible ocuparse de todos a pesar
de que algunos hermanos sacerdotes y un grupo de presbíteros de
la ciudad intentaban reducirle el esfuerzo. No le quedaba otra cosa que
esperar el flujo de penitentes y la llegada de la noche. La Assidua informa
que estaba en ayunas hasta el crepúsculo. Algunos se precipitaban
al sacramento de la penitencia declarando que una aparición los
había empujado a la confesión y a cambiar de vida.
La Assidua,
13,11-13, testimonia: "Llevaba a la concordia fraterna a los enemistados;
devolvía la libertad a los encarcelados; hacía devolver
lo robado con usura o violencia".
Y esto de
tal modo, que, a las casas y fincas hipotecadas se imponía precio
ante él, y, por su consejo, se devolvía a los expoliados
lo que se les había sacado por las buenas o por las malas. Rescataba
a las meretrices de su infamante trato; y mantenía alejados de
poner la mano sobre lo ajeno a ladrones famosos por sus delitos. Y así,
transcurridos felizmente los cuarenta días, fue grande la cosecha
de mies, agradable a los ojos de Dios, que con su celo recolectó.
Creo que
no se puede pasar por alto cómo inducía a confesar los
pecados a una multitud tan grande de hombres y mujeres, que no daban
abasto a confesarlos ni los frailes ni los otros sacerdotes que lo acompañaban".
Antonio
intervino también para modificar la legislación comunal
de Padua. Se trata de un estatuto relativo a los deudores insolventes,
fechado el 17 de marzo de 1231, el lunes santo.
He aquí
traducido del original en latín.
"Por
petición del venerable hermano Antonio, de la Orden de los hermanos
Menores, fue establecido y ordenado que nadie fuera detenido en la
cárcel, por tener simplemente algunas deudas de dinero, del pasado,
del presente o del futuro, si quiere ceder sus bienes. Y esto vale
tanto para los deudores como para los que avalan. Pero si una renuncia
o cesión o un alienación está hecha con engaño,
tanto por parte de los deudores como por parte de los avaladores, ésta
no tiene ningún valor y no proporciona daño a los creditores.
Cuando el fraude no pueda ser demostrado claramente, del asunto que sea
juez el corregidor. A este estatuto no se le pueden hacer modificaciones
de forma, que quede así para siempre".
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