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Más en profundidad, ¿quién era San Antonio?
En
el perfil espiritual resalta en seguida su apasionada
constancia, desde la adolescencia, al silencio, al
recogimiento, a la vida interior, a la oración.
Sobre esto, los antiguos biógrafos concuerdan. Su vida
es la historia de un gran orador. Lo testimonia su compañero,
el beato Lucas: "Verdaderamente este santo fue hombre
de gran oración". De la casa paterna a la
canónica de São Vicente, desde aquí a
Santa Cruz de Coimbra, desde aquí a la ermita de Olivãis,
y después, a continuación de la experiencia
misionera, en el eremitorio de Montepaolo. Su vida de apóstol
está constelada por paréntesis de retiro y de
eremitorio: la cueva de Brive, la Verna, el nogal de Camposampiero.
Fue un hombre de vastas y constantes soledadesi.
Él,
después, fue una boca cosida.
Fue un hombre lleno de sorpresas. En las ordenaciones
de Forlí, el solitario de la cueva de los Apeninos
demuestra lo que es: un prodigio de ciencia sagrada, un incomparable
comunicador. Sus hermanos, asombrados y confundidos, a partir
de aquel momento se sentirán autorizados a pedir a
Antonio cualquier prestación.
El hecho de que consiguiera hacer todo lo que se proponía
de forma excelente, era considerado una cosa natural.
No podía no ser políglota, un revolucionario
en la pastoral (cuaresma diaria predicada, confesiones personales
frecuentes y extendidas a todo el mundo), profesor de teología
bíblica, escritor, superior, revisor de estatutos comunales,
fundador de conventos, líder religioso aureolado por
fenómenos sobrenaturales... Seguramente provocó
confusión y sujeción; en él los extremos
se juntan a la perfección, de la penumbra a la deslumbrante
luz, del olvido a la más alta notoriedad. Siempre solo.
¿Cuánta gente, incluso entre sus colaboradores
más íntimos, habrá intuido su profundidad
interior?
Penetrando
cada vez más en la órbita divina, San Antonio
se abandona a la madurez de la fe. Se convierte en
niño en los brazos del Padre que ve y provee. Renuncia
a proyectar una vida suya, una santidad suya. Es el famoso
principio de pasividad, de esconderse, que madura en
él después del fracaso sufrido en Marrakesh.
En
Asís calla, se queda escondido, no se
ocupa para nada de sí mismo. Es pura, adorante, alegre
dependencia de la voluntad del Altísimo. Es fray Graciano
que interviene y se lo lleva a Romaña. En Forlí
es el superior local quien lo recluta para improvisar la conferencia
espiritual a los sacerdotes recién ordenados, es el
ministro provincial el que le da el encargo de la predicación.
Será el ministro general quien lo enviará a
las zonas deterioradas por la herejía, el capítulo
general el que le confiere el encargo de dirigirse al papa
Gregorio IX para resolver cuestiones candentes, y será
de nuevo el ministro general quien lo elegirá provincial.
Quiso casi borrarse de lo visible para respirar sólo
lo invisible.
San
Antonio fue hombre de arriba en cualquier parte donde
se encontrase, en el lugar predilecto de Santa María
o en los parajes de la Marca Trevisana, él aparecía
como un hombre celeste.
Según la ardua formula él estaba en
este mundo, pero no era de este mundo. Se
sumergía en la realidad histórica, sin dejarse
encarcelar. Sabía hacerse todo a todos, y sin embargo
espiritualmente estaba ya inserido en modo consciente en la
órbita divina, viviendo una relación real
y absorbente con Dios. No que, afectado por una atrofia
de la sensibilidad humana, él rechace el riesgo, el
empeño, pagando de persona, todo lo demás. No
se deja sin embargo encarcelar por la ambigüedad, la
solidaridad, porque su espíritu vive de fe en "otro
lugar" sobrehumano. Así, desencarnado, irreal,
se les aparece a los contemporáneos, de una interioridad
tan exigente y dulce, como uno que es un común habitante
de otro mundo.
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