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La
vida del cristiano, observa poéticamente el
Santo, se desarrolla en la tierra como se abre majestuoso
el arco iris de un punto al otro del cielo. Son varios
los colores del iris, pero en él predominan el rojo
fuego y el cerúleo.
De igual modo la vida del buen cristiano se colorea de virtudes
que se fundan envueltas e iluminadas por la fulgurante llama
del amor de Dios y del amor del prójimo.
El
amor debe estar acompañado de todas las virtudes ya
que, apunta San Antonio con una imagen doméstica,
"como es pobre y desprovista la mesa sin el pan, así
son las virtudes sin el amor".
Es la intuición la que siempre ha acompañado
a los grandes santos, desde San Pablo hasta Santa Teresa
de Lisieux, que Juan Pablo II ha querido proclamar Doctora
de la Iglesia, como San Antonio: entendió que la Iglesia
tenía un Corazón y que éste Corazón
estaba encendido de Amor. Entendió que sólo
el amor hacía actuar a los miembros de la Iglesia [...]
Entendió que el Amor abarcaba todas las Vocaciones,
que el Amor lo era todo.
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