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Con
el entusiasmo que vuelve a sentir de la primavera franciscana,
Antonio exalta la importancia de la pobreza en la vida
espiritual. Él aspira sobre todo a la pobreza absoluta,
vivida con tanto impulso personal por los primeros hijos del
Poverello de Asís. La vocación por una vida
según el Evangelio, cuyo inicio estaba marcado por
la renuncia a todos los bienes terrenales, implicaba para
Francisco también la vocación por una vida de
pobreza absoluta.
De
todos modos, por mucho que Francisco amara íntimamente
esta pobreza aceptándola con todo el corazón,
ésta para él no era el fin de sí misma,
sino elemento esencial de la vida de un verdadero discípulo
de Cristo. Con la pobreza él pretendía calcar
literalmente las huellas de Cristo. La pobreza es sólo
la vía que conduce a Cristo, una participación
a su reino.
La pobreza posee valor de salvación para el hombre.
Es la vía hacia la salvación, más aún,
es la vía que lo conduce a la participación
en la obra redentora del propio Cristo.
Esta colocación de
la pobreza en la historia de la salvación, desarrollada
en el Sacrum commercium en todas sus dimensiones, pierde
su profundo significado si la pobreza se convierte a sí
misma en la esposa con quien Francisco quiere celebrar las
nupcias. La historia de las místicas nupcias de San
Francisco con la virgen de la Pobreza, que se comenzó
a elaborar (primero en la Orden y luego fuera, sobre todo
en la obra de pintores y poetas) a partir de la mitad del
siglo XIII, terminó por sofocar y falsear el genuino
concepto bíblico de la pobreza franciscana". Si
la vida en la pobreza se convierte en fin de sí misma,
aun conservando su valor ascético, ya no estará
dentro de la perspectiva de Francisco inspirada decididamente
en la palabra del Señor: "Felices los que tienen
espíritu de pobre, porque de ellos es el Reino de los
Cielos" (Mt 5,3)
En
la regla definitiva Francisco explica a sus
frailes en forma clara e inequívoca su concepto de
pobreza, cuáles son sus fundamentos y cuáles
sus valores de salvación: "Que los frailes
no se apropien de nada, ni casa, ni lugar, ni nada. Y
como peregrinos y forasteros, sirviendo en este mundo al Señor
en pobreza e humildad, vayan a pedir limosna con confianza;
y no está bien que se avergüencen porque el Señor
por amor a nosotros se hizo pobre en este mundo. Esta es la
veta sublime de aquella altísima pobreza, que os ha
hecho, queridísimos hermanos, herederos y reyes del
Reino de los Cielos, y haciéndoos pobres de sustancia,
os ha enriquecido de virtudes. Sea ésta vuestra porción
que conduce a la tierra de los vivos; y en esa, amadísimos
hermanos, estando totalmente unidos, no debéis jamás
tratar de poseer nada más bajo el Cielo, por el nombre
de Nuestro Señor Jesucristo."
Es ésta la pobreza que había impresionado
la imaginación y atraído el corazón de
Antonio desde que había visto los hijos del Poverello
de Asís pedir limosna a las puertas del monasterio
de Coimbra, donde entonces residía como canónigo
agustiniano. Aquel vivir al día del trabajo y de la
caridad, aquel no poseer nada, ni en forma individual ni en
común, se alejaba sin lugar a dudas de la disciplina
de las antiguas Órdenes monásticas y representaba
un escalón más alto dentro de la escala de la
perfección moral. Bastaba esto para que el Santo sintiera
su fascinación.
En
muchas páginas de los Sermones se respira
la fuerte atracción de la virgen de la Pobreza, a la
cual Antonio atribuía una radiante fecundidad elevadora
y santificadora. La pobreza es la verdadera riqueza, custodia
y genera la humildad, es la fuente de alegría espiritual;
la pobreza libera de los deseos que atan al hombre a las cosas.
Y de liberación en liberación, la pobreza conduce
al hombre a la gloria del cielo, donde él se hunde
en el misterio inefable de la divinidad.
El
Santo contempla el ideal de la pobreza absoluta realizado
en la vida del propio Jesús. Por eso
no puede dejar de amarlo y hacerlo suyo.
Antonio
siguió siendo fiel a su amor por la pobreza hasta la
muerte. Pasó sus últimos días en Camposampiero,
huésped del conde Tiso, feudatario del lugar, pero
no en una habitación cualquiera de su rico castillo
sino en la soledad de una celda pénsil preparada
sobre un nogal secular que le recordaba las míseras
cabañas de la ermita de Montepaolo.
Poco
antes de morir, absorto en la escritura de sus Sermones
festivos, el Santo se permitió escapar un lamento
sobre la repugnancia que tantos mostraban por el ideal de
la pobreza absoluta: "¡Cuántos son hoy -
escribió - los que de buen grado y por largo tiempo
vivirían en la estricta pobreza, si supieran con certeza
el poder poseer en cambio un día el Reino de Francia
o de España! En cambio no hay ninguno, hoy, que quiera
vivir en la verdadera pobreza de Cristo, para ganarse el Reino
de los Cielos".
Los
adjetivos "estricta" y "verdadera", dados
aquí a la pobreza, hacen pensar que el lamento haya
sido provocado por la conducta de ciertos frailes. Las palabras
son quizás un reflejo de las controversias surgidas
en la Orden franciscana debido a la interpretación
de la regla. Hacía sólo pocos meses que Fray
Antonio había regresado del capítulo de Asís
del 1230 y de la legación romana enviada por el mismo
capítulo al Papa Gregorio IX, para que con su autoridad
pusiera fin a la crisis en que había caído la
Orden, debida a las dificultades de interpretación
de la regla, sobre todo en materia de pobreza. La cuestión
era de saber si la Orden debía continuar o no en la
estricta observación de la pobreza, según el
pensamiento expresado por San Francisco en su testamento.
Por
una parte estaba quien quería permanecer severamente
fiel a los ejemplos y a los preceptos de Francisco; pero ésta
fidelidad traía consigo algo de indiscreto, de faccioso,
con el peligro de que se cristalizara en la amargura y en
la protesta, lejos de la realidad que es constante transformación.
Por la otra parte, almas igualmente generosas se orientaban
hacia una interpretación más dúctil
y realista del mensaje franciscano, convencidas de que
ninguna institución puede ser fecunda si no se mantiene
actualizada, si no se adapta sabiamente a las circunstancias.
Gregorio
IX con la bula Quo elongati del 28 de septiembre de 1230
moderó la primitiva observación y declaró
para los frailes no obligatorio, sino sólo facultativo,
el uniformarse al testamento del fundador.
San
Antonio, quien por su temperamento y su formación
ciertamente no se plegaba hacia compromisos resbaladizos de
una vida cómoda, hizo uso de esta facultad para
permanecer personalmente fiel al ideal de la más estricta
pobreza. Él está fieramente por la fidelidad
a los principios de San Francisco, pero su espiritualidad
logra superar el rigorismo típico de los exaltados.
Lo
prueba aquella sensación de equilibrio que acompañó
siempre las actitudes también más resueltas
a las que lo llevaba su fuerte naturaleza. Por ejemplo,
jamás aplicó a los religiosos de las antiguas
Órdenes, benedictinos y agustinianos, el criterio del
despego absoluto de toda propiedad que él de modo entusiasta
había abrazado entrando entre los frailes menores.
Dirigiéndose a los monjes no excluía que pudieran
poseer en común y sólo estigmatizaba que algunos
lo hicieran también individualmente, pensando que podían
conciliar la vida monástica con la secular. El estado
religioso, decía, es un sendero angosto, y la profesión
de pobreza es como un manto corto que basta sólo para
una persona; no pueden cubrirse dos con él, quien lo
posee y el pobre por propia decisión. Pero el Santo
se erigió también en defensor de los bienes
de los monasterios contra ciertos usureros que depauperaban
con mohatra las comunidades religiosas.
Entonces
Fray Antonio distinguía con sabiduría varios
grados en la virtud de la pobreza. Él se mantuvo
en el punto más alto y difícil y dejó
que los demás se ejercitaran en lo que el Señor
los había llamado.
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