Página de inicio Página de inicio Basílica de san Antonio

San Antonio
La espiritualidad
el hombre de Dios
convertirse en santos
el edificio espiritual
la humildad
la obediencia
la pobreza
la caridad

La Basílica
Mensajero de san Antonio
Querido San Antonio
Ofrendas y donaciones
Caridad antoniana
Oficina de prensa
Comunidad Web
Cultura y formación

La Basílica de San Antonio
www.caritasantoniana.org
Casa del Pellegrino

La probeza
 


S. Vecchiato, Sant'Antonio con un povero e il fuoco, 1997Con el entusiasmo que vuelve a sentir de la primavera franciscana, Antonio exalta la importancia de la pobreza en la vida espiritual. Él aspira sobre todo a la pobreza absoluta, vivida con tanto impulso personal por los primeros hijos del Poverello de Asís. La vocación por una vida según el Evangelio, cuyo inicio estaba marcado por la renuncia a todos los bienes terrenales, implicaba para Francisco también la vocación por una vida de pobreza absoluta.

De todos modos, por mucho que Francisco amara íntimamente esta pobreza aceptándola con todo el corazón, ésta para él no era el fin de sí misma, sino elemento esencial de la vida de un verdadero discípulo de Cristo. Con la pobreza él pretendía calcar literalmente las huellas de Cristo. La pobreza es sólo la vía que conduce a Cristo, una participación a su reino.

La pobreza posee valor de salvación para el hombre. Es la vía hacia la salvación, más aún, es la vía que lo conduce a la participación en la obra redentora del propio Cristo.

Esta colocación de la pobreza en la historia de la salvación, desarrollada en el Sacrum commercium en todas sus dimensiones, pierde su profundo significado si la pobreza se convierte a sí misma en la esposa con quien Francisco quiere celebrar las nupcias. La historia de las místicas nupcias de San Francisco con la virgen de la Pobreza, que se comenzó a elaborar (primero en la Orden y luego fuera, sobre todo en la obra de pintores y poetas) a partir de la mitad del siglo XIII, terminó por sofocar y falsear el genuino concepto bíblico de la pobreza franciscana". Si la vida en la pobreza se convierte en fin de sí misma, aun conservando su valor ascético, ya no estará dentro de la perspectiva de Francisco inspirada decididamente en la palabra del Señor: "Felices los que tienen espíritu de pobre, porque de ellos es el Reino de los Cielos" (Mt 5,3)

En la regla definitiva Francisco explica a sus frailes en forma clara e inequívoca su concepto de pobreza, cuáles son sus fundamentos y cuáles sus valores de salvación: "Que los frailes no se apropien de nada, ni casa, ni lugar, ni nada. Y como peregrinos y forasteros, sirviendo en este mundo al Señor en pobreza e humildad, vayan a pedir limosna con confianza; y no está bien que se avergüencen porque el Señor por amor a nosotros se hizo pobre en este mundo. Esta es la veta sublime de aquella altísima pobreza, que os ha hecho, queridísimos hermanos, herederos y reyes del Reino de los Cielos, y haciéndoos pobres de sustancia, os ha enriquecido de virtudes. Sea ésta vuestra porción que conduce a la tierra de los vivos; y en esa, amadísimos hermanos, estando totalmente unidos, no debéis jamás tratar de poseer nada más bajo el Cielo, por el nombre de Nuestro Señor Jesucristo."

Es ésta la pobreza que había impresionado la imaginación y atraído el corazón de Antonio desde que había visto los hijos del Poverello de Asís pedir limosna a las puertas del monasterio de Coimbra, donde entonces residía como canónigo agustiniano. Aquel vivir al día del trabajo y de la caridad, aquel no poseer nada, ni en forma individual ni en común, se alejaba sin lugar a dudas de la disciplina de las antiguas Órdenes monásticas y representaba un escalón más alto dentro de la escala de la perfección moral. Bastaba esto para que el Santo sintiera su fascinación.

En muchas páginas de los Sermones se respira la fuerte atracción de la virgen de la Pobreza, a la cual Antonio atribuía una radiante fecundidad elevadora y santificadora. La pobreza es la verdadera riqueza, custodia y genera la humildad, es la fuente de alegría espiritual; la pobreza libera de los deseos que atan al hombre a las cosas. Y de liberación en liberación, la pobreza conduce al hombre a la gloria del cielo, donde él se hunde en el misterio inefable de la divinidad.

El Santo contempla el ideal de la pobreza absoluta realizado en la vida del propio Jesús. Por eso no puede dejar de amarlo y hacerlo suyo.

Antonio siguió siendo fiel a su amor por la pobreza hasta la muerte. Pasó sus últimos días en Camposampiero, huésped del conde Tiso, feudatario del lugar, pero no en una habitación cualquiera de su rico castillo sino en la soledad de una celda pénsil preparada sobre un nogal secular que le recordaba las míseras cabañas de la ermita de Montepaolo.

Poco antes de morir, absorto en la escritura de sus Sermones festivos, el Santo se permitió escapar un lamento sobre la repugnancia que tantos mostraban por el ideal de la pobreza absoluta: "¡Cuántos son hoy - escribió - los que de buen grado y por largo tiempo vivirían en la estricta pobreza, si supieran con certeza el poder poseer en cambio un día el Reino de Francia o de España! En cambio no hay ninguno, hoy, que quiera vivir en la verdadera pobreza de Cristo, para ganarse el Reino de los Cielos".

Los adjetivos "estricta" y "verdadera", dados aquí a la pobreza, hacen pensar que el lamento haya sido provocado por la conducta de ciertos frailes. Las palabras son quizás un reflejo de las controversias surgidas en la Orden franciscana debido a la interpretación de la regla. Hacía sólo pocos meses que Fray Antonio había regresado del capítulo de Asís del 1230 y de la legación romana enviada por el mismo capítulo al Papa Gregorio IX, para que con su autoridad pusiera fin a la crisis en que había caído la Orden, debida a las dificultades de interpretación de la regla, sobre todo en materia de pobreza. La cuestión era de saber si la Orden debía continuar o no en la estricta observación de la pobreza, según el pensamiento expresado por San Francisco en su testamento.

Por una parte estaba quien quería permanecer severamente fiel a los ejemplos y a los preceptos de Francisco; pero ésta fidelidad traía consigo algo de indiscreto, de faccioso, con el peligro de que se cristalizara en la amargura y en la protesta, lejos de la realidad que es constante transformación. Por la otra parte, almas igualmente generosas se orientaban hacia una interpretación más dúctil y realista del mensaje franciscano, convencidas de que ninguna institución puede ser fecunda si no se mantiene actualizada, si no se adapta sabiamente a las circunstancias.

Gregorio IX con la bula Quo elongati del 28 de septiembre de 1230 moderó la primitiva observación y declaró para los frailes no obligatorio, sino sólo facultativo, el uniformarse al testamento del fundador.

San Antonio, quien por su temperamento y su formación ciertamente no se plegaba hacia compromisos resbaladizos de una vida cómoda, hizo uso de esta facultad para permanecer personalmente fiel al ideal de la más estricta pobreza. Él está fieramente por la fidelidad a los principios de San Francisco, pero su espiritualidad logra superar el rigorismo típico de los exaltados.

Lo prueba aquella sensación de equilibrio que acompañó siempre las actitudes también más resueltas a las que lo llevaba su fuerte naturaleza. Por ejemplo, jamás aplicó a los religiosos de las antiguas Órdenes, benedictinos y agustinianos, el criterio del despego absoluto de toda propiedad que él de modo entusiasta había abrazado entrando entre los frailes menores. Dirigiéndose a los monjes no excluía que pudieran poseer en común y sólo estigmatizaba que algunos lo hicieran también individualmente, pensando que podían conciliar la vida monástica con la secular. El estado religioso, decía, es un sendero angosto, y la profesión de pobreza es como un manto corto que basta sólo para una persona; no pueden cubrirse dos con él, quien lo posee y el pobre por propia decisión. Pero el Santo se erigió también en defensor de los bienes de los monasterios contra ciertos usureros que depauperaban con mohatra las comunidades religiosas.

Entonces Fray Antonio distinguía con sabiduría varios grados en la virtud de la pobreza. Él se mantuvo en el punto más alto y difícil y dejó que los demás se ejercitaran en lo que el Señor los había llamado.

 



 Vuelve al inicio de la página           Señala esta página



© 2008 PPFMC Messaggero di S.Antonio Editrice
Via Orto Botanico, 11 - 35123 Padova (Italy) - P.Iva 00226500288
email:info@santantonio.org