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La
obediencia está íntimamente ligada a la humildad,
como su más inmediato descendiente.
El ver clara la propia miseria, la propia nulidad ante
Dios no debilita el intelecto ni atrofia las energías
de la voluntad.
¡Todo lo contrario! San Antonio enseña que la
humildad ejerce un fuerte dominio sobre las pasiones.
El
funcionario real, bajando a Cafarnaúm, luego de haberse
postrado a los pies de Jesús para pedir que sanara
al hijo, no perdió autoridad sobre los siervos que
le salieron a su encuentro para anunciar la curación
del hijo.
Por el contrario, la engrandeció al punto de participarles
su misma fe. Observa el Santo:"Desciende también
tú. ¿De dónde? Del monte al valle, es
decir, de la soberbia a la humildad
Los siervos son
los cinco sentidos del cuerpo, que deben estar sometidos a
la razón. Si tú desciendes, los siervos te salen
al encuentro y te obedecen.
Si el corazón es humilde, los sentidos del cuerpo son
obedientes. De la humildad nace la obediencia.
Pensemos en uno de los episodios destacados de la vida de
Fray Antonio, en el cual estas dos virtudes resplandecieron
maravillosamente. Durante su permanencia en Montepaolo,
cuando se percató de que los pocos frailes realizaban
un trabajo manual para procurar lo necesario para la vita
de la pequeña comunidad, no quiso ser dispensado, aún
siendo un sacerdote. Le pareció sentirse indigno del
pan que comía si no hubiera contribuido con su fatiga.
Antonio pidió al superior lavar las pocas vajillas
del convento. Con serenidad y precisión el Santo
realizó los trabajos que se le asignaron en la ermita.
Ningún gesto, ninguna palabra que revelara los recursos
de su alma, la potencia de su ingenio, la sabiduría
de su mente.
Pero
el 24 de septiembre de 1222, coincidiendo con las sagradas
ordenaciones que se conferían en Forlí, el
Señor llamó al hermano Antonio a aquel apostolado
de predicación que quizás no estaba en los proyectos
del Santo y que sus hermanos de Montepaolo no sospechaban
en lo absoluto.
Sucedió
que de modo imprevisto faltó el orador oficial y Fray
Graziano, ministro provincial de Romaña, invitó
a Antonio a dirigir la palabra a los asistentes. Todos aguardaban
curiosos cómo se las arreglaría aquel fraile
tan modesto y desprovisto. La obediencia del Santo reveló
la sabiduría asimilada en años de estudio y
de meditación, iluminando y fascinando las mentes de
los presentes.
La
obediencia, escribe el Santo, enaltece al hombre
por encima de sí mismo y le ilumina el camino de
la santidad, aunque si entre sus dotes la obediencia debe
incluir la de ser "ciega".
La
ceguera se refiere más bien a la actitud de la voluntad
ante la orden del superior; pero los ojos cerrados a la
propia voluntad, observa Antonio con singular intuición,
se abren por gracia divina a las visiones del cielo: "No
lograrás ver nunca si no eres obediente. Si serás
sordo a la voz de quien manda serás también
ciego. Obedece pues con el afecto del corazón para
poder ver a la luz de la contemplación
Dios
lleva la luz al corazón, cuando en quien obedece infunde
la luz de la contemplación".
Giovanni
Rigauld, con la concisión que lo caracteriza, escribe
del superiorato de Fray Antonio: "Elevado a la
dignidad de superior, Antonio no era ambicioso, sino
que se esforzaba por pasar más bien por un simple súbdito.
Por eso Dios hizo de él un fiel custodio de su rebaño,
y él siempre supo defender las ovejas a él confiadas
de las mordidas de los lobos y de las serpientes".
Y
con evidente alusión a la Orden Franciscana,
en la cual por mérito de San Francisco y de sus primeros
simples discípulos comenzaban ya a entrar personas
cultas, el Santo concluye: "Si en una comunidad hay
inteligentes, Dios para llamarlos se ha servido de los simples.
Él ha escogido lo que en el mundo es necio e ínfimo,
débil e innoble, para asociar a sí mismo los
sabios, los fuertes y los nobles, para que ningún hombre
pueda vanagloriarse en sí mismo, sino en aquel que
regresó a Nazaret y estaba sometido a ellos."
En
los escritos franciscanos de la primera época
no se da ninguna importancia a la distinción por clases
sociales o por las diferentes profesiones que ejercían
los frailes. En la nueva fraternitas de San Francisco
la condición social y la nobleza de los nativos no
contaban para nada. De este modo quedaba arrancada de raíz
la mentalidad clasista medieval que pretendía basar
la discriminación de los diferentes estados entonces
en vigor incluso en la voluntad de Dios. Baste leer lo que
Celano escribe sobre la convivencia de los primeros frailes
con San Francisco. Estos estaban radiantes de alegría
"cuando alguien - quien quiera que fuera, independientemente
de su condición social, fiado, rico, pobre, noble o
no, de poco valor, estimado, prudente, simple, clérigo,
iletrado, laico - guiado por el Espíritu Santo, venía
para vestir el hábito de la Santa Orden".
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