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La Basílica de San Antonio
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Casa del Pellegrino

La humildad
 


Anonimo, Sant'Antonio legge la Parola di Dio, sec. XVIIIEntre tantas virtudes que componen la estructura del edificio espiritual, San Antonio se detiene franciscanamente en cuatro que revelan su espiritualidad: la humildad, la obediencia, la pobreza y la caridad.

En la base de su elevación mística, el Santo coloca a la humildad, raíz y madre de todas las virtudes. La humildad se ha convertido en su propio "yo", la esencia de su modo de pensar y de actuar, como se desprende claramente de los Sermones antonianos.

Ésta es la consecuencia de la reflexión sobre la abyección y sobre la nulidad de la naturaleza humana.

Considerando las consecuencias fisiológicas de la nutrición y de la digestión del cuerpo humano obligado a la defecación, San Antonio afirma que ante tal trivialidad cada hombre debe humillarse profundamente. Hasta la concepción y el nacimiento son para San Antonio un motivo para abandonar cualquier sentimiento de soberbia.

La humildad lleva al hombre a conocerse a sí mismo y a Dios. Al igual que el fuego reduce a cenizas y baja las cosas altas, la humildad obliga al soberbio a plegarse y a humillarse, repitiendo las palabras del libro de Génesis: "Eres polvo y al polvo volverás" (3,19). El verdadero humilde se considera un gusano, un hijo de gusano y podredumbre. El desprecio de sí (contemptus sui) es la principal virtud del hombre justo, con la cual él como lombriz de tierra se contrae y se alarga para alcanzar los bienes celestiales. La soberbia es el más grave pecado ante Dios y la humildad la más noble de las virtudes. Ésta soporta con modestia las cosas innobles y deshonestas y es ayudada por la gracia divina.

La humildad está comparada a una flor, porque como una flor posee la belleza del color, la suavidad del perfume y la esperanza del fruto. "Cuando veo una flor - observa San Antonio - espero en el fruto, así como cuando veo un humilde, yo espero en su beatitud celestial".

El Santo coloca en el corazón la sede de la virtud de la humildad. Del mismo modo en que el corazón regula la vida del cuerpo, la humildad preside la vida del alma. Igual que el corazón es el primer órgano que vive y el último que abandona la existencia, así la virtud de la humildad muere junto a él. Si el músculo cardíaco no puede soportar ni un dolor ni una grave enfermedad para no comprometer la vida de los demás órganos, la virtud de la humildad no puede ni lamentarse de las ofensas recibidas ni molestarse por el bienestar de demás, porque si ésta falta se arruina el edificio de las demás virtudes.

Fray Antonio distingue diez grados de humildad que sintetizan todo el camino de la perfección.

    1. La humildad exige que el hombre tenga presente el origen humilde de su cuerpo.
    2. su gestación en el seno materno,
    3. su sencillo nacimiento,
    4. su penoso peregrinaje terrenal,
    5. sus debilidades
    6. y tenga presente el pensamiento de la muerte, "más amarga que cualquier otra amargura".
    7. Además, la humildad, estimula al hombre a entrar en el misterio del Cristo humilde,
    8. que se ha hecho su siervo y redentor
    9. testimonio del amor llevado hasta la locura.
    10. El avance del hombre en el camino de la perfección es proporcional a su postración, porque todo hombre que se alza será descendido y quien se humilla será glorificado.

A través de estos diez escalones, consciente de su enfermedad y de su pobreza, entra por la gracia de Dios en la vida espiritual, se libera de las cosas peligrosas que lo hacen pesado, contempla más claramente su naturaleza auténtica como persona y en las profundidades más íntimas de su alma descubre a Dios presente. La humildad mueve al Santo para que descienda, a fin de que luego ascienda más hacia lo alto y Dios crezca en él.

No hay página de los Sermones que descubra, no digo un principio de vanagloria, incompatible con la santidad, sino ni siquiera que revele la consciencia de su valor real, que podría también conciliarse con la humildad. En Antonio está viva la preocupación de "empequeñecerse", de poner a la sombra sus méritos y sacar a la luz sus defectos, por precaver cualquier ataque de soberbia.

"Tú, ceniza y polvo, ¿De qué te vanaglorias? ¿De la santidad de la vida? Pero es el espíritu el que santifica; no el tuyo, sino el de Dios. ¿Quizás te infunde placer el elogio que el pueblo reserva a tus discursos? Pero es el Señor quien concede el don de la elocuencia y la sabiduría. ¿Qué cosa es tu lengua, si no una pluma en manos de un escribano?". Si un adulador te dice: "Eres experto y sabes muchas cosas", es como si te dijera: "Eres un endemoniado" (los griegos llaman daimonion a un profundo conocedor de las cosas). Tú debes responderles con Cristo: "No estoy endemoniado", porque de mí mismo no sé nada y nada bueno hay en mí; glorifico a mi Dios, le atribuyo todas las cosas y le doy gloria. Él es el principio de toda sabiduría y de toda ciencia".

Naturalmente, el hombre presta su cooperación a la divina bondad. De esta es imposible no tener consciencia. De todos modos, al valorar sus méritos personales el Santo procede con cautela. Los desestima más que exagerar su importancia. Sobre todo, no divide jamás los aspectos positivos de la vida de los negativos. El hombre virtuoso "junto con las cosas bellas que hace, considera los defectos para su humillación; y el no saber vencerlos, a pesar de su pequeñez, es para él un continuo reproche para vivir en la humildad".

El patrimonio de virtudes que Fray Antonio veía crecer de continuo, se unía a una profunda sabiduría. Los Sermones demuestran espléndidamente la excepcional cultura de Fray Antonio de Padua.

De sus escritos, si no emergen las raras cualidades del genio, resultan estas especialísimas dotes:

    • una mente especulativa,
    • una fuerte memoria,
    • una laboriosa imaginación,
    • una aguda capacidad de observación,
    • una delicata sensibilidad
    • y una indómita voluntad de aprendizaje. El primer biógrafo de San Antonio no olvidó poner de relieve estas singulares prerrogativas del joven franciscano de Padua.

El Santo no considera que sea alguien ni tampoco asume la actitud del erudito; por el contrario, se declara discípulo de los más ilustres maestros. En el campo de la sabiduría Fray Antonio se compara a Rut la espigadora. El vendrá detrás de los "grandes" tratando de recoger las migajas de su enseñanza.

Hablando de su ciencia, al inicio de los Sermones, y consciente de su propia pobreza, la define con cuatro palabras, cada una de las cuales constituye un acto de humildad: arroyuelo de una pequeña ciencia pobre. Y no se trata de frases de cumplido ante la grave tarea que emprendía con temor y sentido de discreción, porque al concluir la obra él se considera el más insignificante de los frailes.

Invita a sus hermanos lectores a atribuir toda alabanza y honor a Cristo por todo lo edificante que haya escrito y a su ignorancia los defectos observados en su obra; confía a los superiores de la Orden la tarea de revisar, corregir y precisar sus páginas.



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