En
la construcción del edificio espiritual Antonio
sugiere una máxima de gran valor práctico: evitar
lo más posible toda distracción que aleje el
pensamiento de Dios y del paraíso.
Otro sentimiento que también debe guiar al hombre en
el camino de la perfección y mantenerlo en la prudencia
para no seguir siendo víctima de los peligros es el
temor a caer.
Esto
lo hace proceder cauto y circunspecto: "¡Cuán
difícil es ascender y con cuánta facilidad se
cae! En breve tiempo el hombre llega a perder cuanto había
ganado con un trabajo largo y penoso".
A lo largo del camino de la perfección el hombre
jamás está solo. En su esfuerzo acudirá
a ayudarlo la gracia de Dios (la formación
agustiniana de San Antonio resulta aquí evidente).
La
lucha contra el pecado y las pasiones es un trabajo incesante
que compromete, de lo contrario se corre el riesgo de regresar
a las miserias del pasado y de ver renacer la hierba del mal
en el campo abandonado del alma. San Antonio escribe que
nuestra alma es como un terreno en el cual es necesario estar
siempre ocupados, porque en el entorpecimiento de la pereza
y de la falta de voluntad crecen las afiladas espinas de los
malos pensamientos. Nosotros debemos tirar allí
las semillas de la Palabra divina, plantar allí los
árboles de las virtudes, producir tintas y perfumes
con la imitación de la conducta de los santos.
Un
programa vasto y fatigoso, como se ve, pero el cristiano
no debe asustarse. Allí se llega paso a paso,
porque nadie llega a ser perfecto en un segundo.
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