¿Cómo
se puede llegar a ser santos, hombres de Dios? ¿Cuáles
etapas es necesario recorrer? ¿Qué virtudes
cultivar?
San
Antonio ofrece múltiples y notables puntos de partida
para una teología del devenir espiritual.
Si la comunión con Dios es un "estado"
del cristiano, no se puede ignorar que este nuevo estado es
una "vida" (la vida nueva, cf. Rm 6,4). Como
toda vida, supone un nacimiento, un desarrollo. Los
sacramentos presiden en el origen y el devenir de esta
vida y ofrecen luego la trama dinámica de la espiritualidad
cristiana.
Pero no
hay vida cristiana si el hombre no añade la propia
colaboración a la acción de Dios. Al salir
del bautismo como un niño en la vida cristiana, el
cristiano debe después desarrollarla para alcanzar
la madurez que es la vida eterna.
El
santo pone particularmente en evidencia el aspecto psicológico-ético
de las fases del camino de la perfección:
- la
dinámica del organismo de las virtudes,
- Un
itinerario de vida espiritual capaz de reflexionar
y afrontar enormes desarrollos.
De
la doctrina de Antonio sobre las virtudes se trasluce la que
podría llamarse una verdadera dialéctica
del devenir espiritual.
El
camino hacia la verdadera perfección espiritual
es uno en la sustancia, aunque versátil en las etapas.
San Antonio no lo presenta teóricamente o en abstracto,
como hacen los tratados de teología ascética
y mística, sino concretamente en el cristiano,
que recorre aquel camino con dificultades, a veces cojeando
y también resbalando.
En
relación con la intervención divina, la perfección
presenta los tres momentos característicos,
que corresponden a los tres clásicos grados
de la vida espiritual cristiana: el de los incipientes,
el de los proficientes y el de los perfectos.
- En
el primer grado - de los incipientes - predomina
la purificación;
- · en
el segundo - de los proficientes - la apertura
del alma a la verdad y su revestimiento de virtudes;
- · en
el tercero - de los perfectos - el alma abre
las puertas de par en par a la comunión con Dios,
de la cual siente con frecuencia dulces efusiones.
El primer grado
coincide al inicio con el retorno a Dios a partir de una vida
de pecado, y absorbe al hombre en una labor lenta y penosa
de lucha y de purificación. Al salir del lodo del
pecado lleva aún consigo los estigmas de una triste
herencia: malas costumbres que superar, un pasado que expiar.
Al disenso interior entre cuerpo y espíritu se añade
el asecho exterior del mundo y del demonio. Dos "amigotes"
que actúan de común acuerdo para el daño
espiritual del creyente. Virtudes necesarias: la vigilancia
y la constancia. |