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Convertirse en santos
 


Miniatuta dal manoscritto 78 della Biblioteca Antoniana¿Cómo se puede llegar a ser santos, hombres de Dios? ¿Cuáles etapas es necesario recorrer? ¿Qué virtudes cultivar?

San Antonio ofrece múltiples y notables puntos de partida para una teología del devenir espiritual.

Si la comunión con Dios es un "estado" del cristiano, no se puede ignorar que este nuevo estado es una "vida" (la vida nueva, cf. Rm 6,4). Como toda vida, supone un nacimiento, un desarrollo. Los sacramentos presiden en el origen y el devenir de esta vida y ofrecen luego la trama dinámica de la espiritualidad cristiana.

Pero no hay vida cristiana si el hombre no añade la propia colaboración a la acción de Dios. Al salir del bautismo como un niño en la vida cristiana, el cristiano debe después desarrollarla para alcanzar la madurez que es la vida eterna.

El santo pone particularmente en evidencia el aspecto psicológico-ético de las fases del camino de la perfección:

    • la dinámica del organismo de las virtudes,
    • Un itinerario de vida espiritual capaz de reflexionar y afrontar enormes desarrollos.

De la doctrina de Antonio sobre las virtudes se trasluce la que podría llamarse una verdadera dialéctica del devenir espiritual.

El camino hacia la verdadera perfección espiritual es uno en la sustancia, aunque versátil en las etapas. San Antonio no lo presenta teóricamente o en abstracto, como hacen los tratados de teología ascética y mística, sino concretamente en el cristiano, que recorre aquel camino con dificultades, a veces cojeando y también resbalando.

En relación con la intervención divina, la perfección presenta los tres momentos característicos, que corresponden a los tres clásicos grados de la vida espiritual cristiana: el de los incipientes, el de los proficientes y el de los perfectos.

  • En el primer grado - de los incipientes - predomina la purificación;
  • · en el segundo - de los proficientes - la apertura del alma a la verdad y su revestimiento de virtudes;
  • · en el tercero - de los perfectos - el alma abre las puertas de par en par a la comunión con Dios, de la cual siente con frecuencia dulces efusiones.

El primer grado coincide al inicio con el retorno a Dios a partir de una vida de pecado, y absorbe al hombre en una labor lenta y penosa de lucha y de purificación. Al salir del lodo del pecado lleva aún consigo los estigmas de una triste herencia: malas costumbres que superar, un pasado que expiar. Al disenso interior entre cuerpo y espíritu se añade el asecho exterior del mundo y del demonio. Dos "amigotes" que actúan de común acuerdo para el daño espiritual del creyente. Virtudes necesarias: la vigilancia y la constancia.



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