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Francisco
ha dejado como testamento a sus frailes que amen la Iglesia
y "sean fieles súbditos de los prelados y clérigos
de la santa romana Iglesia" afirmando que él "quiere
temer, amar y honrar como sus señores" a todos los
sacerdotes, también a los pobres y pecadores.
En
Francisco no se encuentra jamás una sola palabra de
impugnación o de crítica o de reproche hacia
los hombres de la Iglesia. ¡En ellos "ve al hijo
de Dios" y basta! Quiere entre sus frailes este amor
filial por la Iglesia.
También en este aspecto Antonio es "franciscano".
Ama la Iglesia y se pone totalmente a su disposición.
Para él, la Iglesia es la familia en la que los creyentes
tienen la vida: "Quien quiere poseer a Dios y encontrar
el camino seguro de la intimidad con Él debe quedarse
en su familia, hacer vida de familia, porque en ésta
las relaciones con el Padre celestial y con los hermanos tienen
lugar en la fe y en el amor". Este amor por la Iglesia
urge en el corazón del Santo y lo empuja a las fatigas
de la evangelización.
Pero
él vive este amor con su propio temperamento y
si en Francisco éste se expresa como veneración
filial y sometida hacia la jerarquía, en Antonio se
convierte también en reproche fuerte y e impactante.
El Santo no escatima palabras duras y cortantes a los hombres
de la Iglesia que no representan dignamente a Jesucristo,
ya sean estos simples sacerdotes y religiosos u obispos y
cardenales: "Las estrellas de la Iglesia son todas ciegas,
carecen de la luz de la vida y de la ciencia, perros mudos,
incapaces de ladrar. Venden fantasmas porque predican por
dinero
Arzobispos, obispos y prelados de la Iglesia
van y vienen, compran y venden y revenden la verdad con mentiras
y oprimen la justicia con simonía
La familia
de los fieles se separa de la estabilidad de la fe y de la
santidad de la vida a causa del ejemplo de los prelados malvados
".
Es
el amor por la Iglesia, es el fervor por la salvación
de los hermanos, los que ponen en boca de Antonio palabras
de fuego, que arden e inciden en lo que vive, provocando a
menudo la conversión y la contrición, y hacen
de él un profeta franco y libre. El corazón
de Antonio pulsa al unísono con el de Jesús
y la amargura del Señor ante la dureza del corazón
de los fariseos es su propia amargura:¡Ay de mi!
Hoy se cae un asno y hay quien lo levante, perece un alma
y no hay quien la ayude!".
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