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Antonio, hombre contemplativo
 
F. Zurbaran, Sant'Antonio col Bambino, sec. XVII Antonio es un enamorado de Jesucristo y, como Francisco, está encantado sobre todo por el misterio de la Navidad y de la Pasión. En el Niño de Belén Antonio contempla la Sabiduría que se hace balbuciente, la Potencia que se hace debilidad, la Majestad que se hace condescendencia, la Inmensidad que se hace niño, el Rico que se hace pobre, el Rey de los ángeles que se rebaja a un pesebre.

En la Navidad, escribe el Santo, resaltan "la humildad y la pobreza del Señor" (que constituyen los rasgos característicos del ser "frailes menores")

La misma iconografía que presenta a Antonio llevando en brazos al Niño Jesús, subraya la particular devoción del Santo hacia la Navidad del Señor.

La contemplación de la cruz, todavía, le revela todo el amor del Padre y del Hijo y le arranca un grito de angustia: "Mientras contemplo a la luz de la fe a mi Dios, mi Esposo, mi Jesús colgado de la cruz, traspasado por clavos, abrevado con hiel y vinagre, coronado de espinas, entonces veo que todo alarde, toda gloria, todo honor y toda ostentación efímera se extinguen, y para mí valen nada." Esta sensibilidad hacia la cruz es justamente "franciscana". Las Fuentes franciscanas subrayan la consonancia espiritual entre el alma de Francisco y la de Antonio allí donde cuentan que el seráfico padre se presenta milagrosamente entre los frailes en el Capítulo de Arlés y los bendice justamente mientras Antonio está hablándoles de la cruz del Señor.

Para Antonio la oración es ímpetu amoroso hacia el Amado y hablando de ésta, nos revela algo de su experiencia con Dios: "¡Oh, qué grande es en el corazón del creyente el ardor de la devoción, del estupor y del regocijo! Quien ora es transfigurado por obra de la gracia divina en un estado completamente nuevo, inaccesible a las fuerzas humanas".

Antonio es "franciscano" también en su devoción a María. Cuando se refiere a ella sus palabras se convierten en canto y poesía. Se ha escrito de Francisco que "rodeaba de un amor indecible a la Madre de Jesús porque había hecho del Señor de la majestad un hermano nuestro" y que "en su honor cantaba alabanzas especiales, elevaba oraciones, ofrecía tantos afectos, tales que no hay lengua humana que pudiera expresar". De estas oraciones han llegado dos bellísimas hasta nosotros… "Ave, Señora, Santa Reina…" y "Santa María Virgen, no hay ninguna como tú…".

En las páginas del Santo han sido contados aproximadamente 400 apelativos con los que Antonio saluda a María, algunos de los cuales muy conmovedores: Madre poverella, Virgen mendiga, humildísima Virgen, Madre piadosa, nuestra Reina, nuestra Señora, nuestra Mediadora…

Antonio es el cantor de la virginidad (física y espiritual) de María, de su divina maternidad (fundamento de cualquier otro privilegio mariano), de su asunción al cielo en cuerpo y alma, de su fe por la cual, en el momento de la turbación general ante la muerte del Señor, "sólo en ella quedó salvada toda la Iglesia", de su acción mediadora entre Dios y el hombre.

Con San Francisco, San Buenaventura y el beato Juan Duns Scoto, San Antonio se encuentra al inicio de aquella "veta de oro" mariana, como lo llama San Maximiliano Kolbe, que recorre toda la historia de la Orden minorítica.



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