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Antonio
es un enamorado de Jesucristo y, como Francisco, está
encantado sobre todo por el misterio de la Navidad y de la Pasión.
En el Niño de Belén Antonio contempla la Sabiduría
que se hace balbuciente, la Potencia que se hace debilidad,
la Majestad que se hace condescendencia, la Inmensidad que se
hace niño, el Rico que se hace pobre, el Rey de los ángeles
que se rebaja a un pesebre.
En la Navidad, escribe el Santo, resaltan "la humildad
y la pobreza del Señor" (que constituyen los rasgos
característicos del ser "frailes menores")
La
misma iconografía que presenta a Antonio llevando en
brazos al Niño Jesús, subraya la particular
devoción del Santo hacia la Navidad del Señor.
La contemplación de la cruz, todavía,
le revela todo el amor del Padre y del Hijo y le arranca un
grito de angustia: "Mientras contemplo a la luz de la
fe a mi Dios, mi Esposo, mi Jesús colgado de la cruz,
traspasado por clavos, abrevado con hiel y vinagre, coronado
de espinas, entonces veo que todo alarde, toda gloria, todo
honor y toda ostentación efímera se extinguen,
y para mí valen nada." Esta sensibilidad hacia
la cruz es justamente "franciscana". Las Fuentes
franciscanas subrayan la consonancia espiritual entre el alma
de Francisco y la de Antonio allí donde cuentan
que el seráfico padre se presenta milagrosamente entre
los frailes en el Capítulo de Arlés y los bendice
justamente mientras Antonio está hablándoles
de la cruz del Señor.
Para
Antonio la oración es ímpetu amoroso
hacia el Amado y hablando de ésta, nos revela algo
de su experiencia con Dios: "¡Oh, qué grande
es en el corazón del creyente el ardor de la devoción,
del estupor y del regocijo! Quien ora es transfigurado por
obra de la gracia divina en un estado completamente nuevo,
inaccesible a las fuerzas humanas".
Antonio
es "franciscano" también en su devoción
a María. Cuando se refiere a ella sus palabras se convierten
en canto y poesía. Se ha escrito de Francisco que
"rodeaba de un amor indecible a la Madre de Jesús
porque había hecho del Señor de la majestad
un hermano nuestro" y que "en su honor cantaba alabanzas
especiales, elevaba oraciones, ofrecía tantos afectos,
tales que no hay lengua humana que pudiera expresar".
De estas oraciones han llegado dos bellísimas hasta
nosotros
"Ave, Señora, Santa Reina
"
y "Santa María Virgen, no hay ninguna como tú
".
En
las páginas del Santo han sido contados aproximadamente
400 apelativos con los que Antonio saluda a
María, algunos de los cuales muy conmovedores: Madre
poverella, Virgen mendiga, humildísima Virgen, Madre
piadosa, nuestra Reina, nuestra Señora, nuestra Mediadora
Antonio
es el cantor de la virginidad (física y espiritual)
de María, de su divina maternidad (fundamento de cualquier
otro privilegio mariano), de su asunción al cielo en
cuerpo y alma, de su fe por la cual, en el momento de la turbación
general ante la muerte del Señor, "sólo
en ella quedó salvada toda la Iglesia", de su
acción mediadora entre Dios y el hombre.
Con
San Francisco, San Buenaventura y el beato Juan Duns Scoto,
San Antonio se encuentra al inicio de aquella "veta
de oro" mariana, como lo llama San Maximiliano Kolbe,
que recorre toda la historia de la Orden minorítica.
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