Fernando
el agustiniano, solicitando hacerse fraile menor pone una
condición: que se le permita ir como misionario
a Marruecos. Le arde en el corazón la esperanza
de derramar su sangre por Cristo como los primeros
franciscanos que ha conocido.
Según
los estudiosos franciscanos, la regla no bulada, aprobada
oficialmente por la Orden en el Capítulo General de
1221, se remonta en verdad al período anterior a la
entrada de Antonio en la familia minorítica.
Por
lo tanto es probable que los frailes le hayan leído
su forma vitae, incluyendo el capítulo 16 que
reza así: "Cualquier fraile que quiera ir entre
los sarracenos y otros infieles que vaya con el permiso de
su ministro y siervo
Que luego el ministro les dé el permiso y no los obstáculos,
se verá que son idóneos para ser mandados",
y que Antonio haya "aprovechado" de esto inmediatamente
para poner aquella cláusula precisa suya al paso entre
los menores. Antonio, como Francisco, se va como misionario
entre los sarracenos, pero también para él
el Señor prevé otro campo de trabajo: ser
misionario-predicador en las tierras cristianas, especialmente
allá donde se anida la herejía. ¿Cómo
llega Antonio a asumir este papel? Él recuerda su experiencia:
la imposibilidad del sueño de martirio, reasumir la
propia identidad de discípulo del franciscanismo, releyéndola
en el interior de un proyecto que aún no está
completamente claro, en espera de un signo. Y esto
sucedió en la Asamblea de Forlí, en septiembre
de 1222, cuando, aunque no estaba formado para ser predicador
itinerante, es obligado por la obediencia - gesto
que caracteriza más la vida monástico-canonical,
que no la vitalidad del movimiento del pauperismo franciscano
- a frecuentar los caminos de la predicación del Evangelio.
El
fervor arde en el corazón de Antonio. Su predicación
itinerante es incansable. Los días no bastan para
escuchar las confesiones de los penitentes. Como testimonian
las fuentes biográficas y como ha resultado del reciente
reconocimiento del cuerpo del Santo: "Antonio murió
por agotamiento debido a exceso de trabajo y por escasa e
inadecuada nutrición y reposo" (V. Gamboso).
Francisco
"estaba acostumbrado a dividir y destinar su tiempo,
una parte para el bien del prójimo y la otra
a la contemplación solitaria" y "elogiaba
a aquel predicador que a veces se preocupa por sí mismo
y se nutre personalmente de la sabiduría" (Celano).
Como el seráfico padre, también Antonio alterna
las obligaciones apostólicas con largos períodos
de silencio y de oración contemplativa. Al silencio
de Montepaolo siguen los retiros en los eremitorios de Brive,
en Francia, y de Camposampiero (por citar dos lugares donde
ha quedado la memoria de la contemplación del Santo);
la predicación diurna se alterna con las noches pasadas
en oración.
Francisco
señala a los frailes en la carta al Capítulo
que el Señor "los ha mandado por el mundo entero,
para que testimonien su voz con la palabra y con las obras".
Antonio se siente investido de esta misión y anuncia
con la palabra y con la vida, convencido como está
de que "inútilmente ostenta del conocimiento de
la Escritura aquel que con las obras destruye su doctrina"
y que "podemos hablar a los demás de humildad,
de pobreza, de paciencia y obediencia cuando las mostramos
presentes en nosotros mismos".
Si
bien recibe del franciscanismo los ideales de pobreza y de
la condición de misionario, Antonio vive como por connaturalidad
otros valores presentes en Francisco. De ellos subraya dos
en particular: el espíritu de oración y el amor
por la Iglesia.
|