| |
Pasado
de la clausura de los ricos monasterios de Portugal al "vasto
claustro del mundo", Antonio abraza hasta el fondo
la pobreza de la familia minorítica. Experimenta
el abandono confiado en las manos de la Providencia
cuando parte para el África sólo con la túnica,
sin dinero, bajo la enseña de la más total incertidumbre
humana y de la más total certeza de la asistencia del
Padre celestial.
(Apenas
algunos años más tarde, cuando aún vivía
Francisco, el papa Honorio III autorizaba a los frailes menores
misionarios en Marruecos a utilizar el dinero, a llevar el
hábito del lugar, a interrumpir la tonsura, ¡Y
a dejarse crecer la barba!). Sólo con la riqueza de
la pobreza Antonio sube por Italia hasta Asís y luego
se retira a Montepaolo.
En
sus Sermones, Antonio se convierte en el cantor de la pobreza:
"Oh pobreza, tus delicias ofrecen un sabor de eterna
dulzura a quienes te aman".
Como Francisco,
Antonio encuentra motivo para amar la pobreza en el hecho
de que Jesucristo ha sido el primer pobre. Escribe:
"En Cristo hubo pobreza, obediencia y humildad
¡La beata Virgen, al traer al mundo al Hijo de Dios,
lo envolvió en los pañales de la áurea
pobreza. ¡Cómo es fino el oro de la pobreza!
Quien no lo posee, aunque tuviera todos los bienes del mundo,
nada tiene
En la tierra de la pobreza, de la humildad
y de la postración crece el amor de la divina Majestad
"
Como Francisco,
Antonio quiere vivir la pobreza con regocijo: "En
la pobreza está el regocijo
La verdadera pobreza
es siempre alegre
La pobreza alegre y voluntaria da
fuerza
"
Al
amor por la pobreza y por los pobres, como le había
transmitido la familia franciscana, Antonio añade
su encendida defensa de los pobres (que llama "los
pobres de Cristo" y "los hermanos de Cristo pobre")
contra los prepotentes, los usureros, los ricos aprovechadores.
El autor de la primera Vida de Antonio escribe: "Hacía
restituir lo que había sido tomado con la usura y con
la violencia. Se llegó a tal punto que, habiendo hipotecado
casas y terrenos, se ponía el precio a sus pies y por
su consejo era restituido cuanto había sido tomado,
reembolsando su valor o suplicando su condonación".
Fray Juan de la Rochelle, fraile menor fallecido en
1245, afirma: "En nuestros tiempos jamás
hemos escuchado uno que consolara a los pobres tan dulcemente
y que tan duramente acusara a los poderosos."
|