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Revisemos
ahora las convergencias entre los dos Santos que las
Fuentes celebran en pareja, predicador y co-taumaturgo,
socius fiel del fundador, Antonio en la tradición
franciscana vive progresivamente asimilado a Francisco
en una carrera de conformitates que se acentúan
poco a poco en la medida en que la conciencia franciscana de
la primitiva Orden se consolida.
San Antonio es una figura esencial y decisiva de la afirmación
del movimiento franciscano.
¿Cuáles convergencias encontramos entonces?
El
amor por la pobreza evangélica: no poseen nada
propio ni en sentido primitivo ni en común. Conducen
una existencia consistente en ásperas privaciones,
que compromete irreparablemente su salud y los arruina en
la plena virilidad.
La
autoexclusión social para estar cerca de los pobres:
ambos se automarginan de la sociedad, uno renunciando al dinero
del padre mercader, el otro abandonando el bienestar de su
rango aristocrático. Se convirerten en compañeros
de los pobres, de los desvalidos, de los desventurados, con
lúcida decisión.
La
vida de evangelización y de contemplación:
comparten la orientación hacia la "vida mixta"
fundiendo la acción evangelizadora entre las
poblaciones con la contemplación, los períodos
de apostolado con las estancias en la ermita, el cuidado
del alma con la oración en el silencio.
El
rechazo de la violencia: ambos rechazan el recurso a la
violencia (estamos en la época de las Cruzadas y en
los albores de la nefasta Inquisición): la adhesión
a la fe no es resultado de coacción, sino de propuesta
y de convicción madurada en el respeto por el enigma
de cada persona. Si alguna violencia se permiten es la
del amor y de la confianza ("Paz y Bien"), la de
la penitencia personal durísima.
Fieles
a la jerarquía eclesiástica: son fieles,
sin oscilaciones, con perfecta lealtad, al papado y en general
a la jerarquía eclesiástica. Aunque muy radicales
(como se ha visto, en formas divergentes), no yerran en
la ortodoxia, no se solidarizan ni explícita ni
implícitamente con las desviaciones heréticas.
Serán en verdad estos católicos de acero, junto
a toda la escuadra de sus hermanos, quienes devolverán
la credibilidad y el atractivo a la vida católica,
alejándola de todo compromiso o concesión con
otras "vías".
El
primado de Dios: ambos ofrecen el ejemplo constante de
la dimensión vertical que sostiene y califica la
horizontal: Dios es el primer servido, su conocimiento,
su amor, su servicio, ocupan los espacios preeminentes y privilegiados.
Contemplari, et contemplata aliis tradere (participar
a los demás los frutos de la contemplación),
como dice Santo Tomás de Aquino. En la relación
con Dios nace y crece la actividad apostólica.
Es Él la fuente del perdón, de la paz, de la
salvación. La misión evangélica tiene
como único fin conducir las almas a Dios, único
verdadero pastor del rebaño.
Cristo
al centro: en el centro de su espiritualidad está
el Hijo de Dios hecho hombre, con particular atención
a ciertas fases de su vida terrenal, como la Navidad
y la Pasión. Una espiritualidad muy concreta,
que va directamente a los ojos y al corazón del pueblo.
La
presencia de María:
junto al papel privilegiado que, en armonía con su
tiempo, conceden al misterio eucarístico, emerge la
presencia de María, de la cual es exaltada la divina
maternidad y la valerosa pobreza, la humildad conmovedora
y la gloria exaltante.
El
papel de la naturaleza:
también su actitud ante la creación es común,
aunque sea con importantes coloraciones originales. La
naturaleza es revelación del omnipotente amor de Dios,
como un coro de hermanos y hermanas que nos enseñan
a vivir de fe y de bondad, reflejo como de la belleza maravillosa
y terrible del Creador. Sorprendemos a Antonio en alegre
contemplación de la llanura paduana, desde lo alto
de una de las colinas Eugáneas: el Taumaturgo prorrumpe
en elogios del paisaje, regocijado en el verde y la fecundidad.
Otra pincelada: el nogal de Camposampiero. El intelectual
etéreo de Antonio que se enamora de una gigantesca
planta y sueña con construir en el abrazo de aquellas
ramas una celdilla de madera y esteras a donde subir a una
quietud de mayor regocijo. Libros sí, pero también
poesía; austeridad sí, pero también estro
e imaginación. Sus propios Escritos dan testimonio
de su lirismo, de su capacidad de transfiguración de
la prosaica realidad. Un paralelo: la prédica a
los peces. "Aquél que había llamado
la atención de los pájaros a la predicación
del santísimo padre Francisco, reunió los peces
y llamó su atención a la predicación
de su hijo Antonio". Una implicación del mundo
animal, en ambos casos, originado por el rechazo del hombre
a escuchar la Palabra. Esta sintonía con las bellezas
de la naturaleza es muy de sabor franciscano.
El
encuentro cantado con la hermana muerte: nada de depresiones,
murrias, toques macabros, antes bien alegría e inspiración.
Recibió la muerte cantando, exactamente como el
Poverello. Antonio ve a su Señor avanzar hacia
él, invitarlo a las nupcias celestiales, y alza el
vuelo de esta tierra aclamando a la Asunción.
Es el triunfo sobre la muerte lo que él celebra.
En esta perspectiva Antonio está en la misma longitud
de onda de Francisco.
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