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El apóstol de la conversión
 
P. Annigoni, Il ritorno del figliol prodigo, part., 1985San Antonio es el gran apóstol de la conversión. Siembra la Palabra de Dios para invitar a cambiar de vida y a esperar en la infinita misericordia de Dios.

No quisiéramos insinuar concepciones inexactas. Tanto del lado del sacerdote como del lado del penitente, en la "penitencia" y en la reconciliación cristiana siempre el protagonista es la gracia divina. Es ésta la que incita al predicador a hablar del pecado, de su gravedad, de la necesidad de renegarlo pidiendo su perdón. De igual modo, no es un hombre que nos hace pasar de la muerte a la vida.

Quien abre el corazón a la conversión es el omnipotente amor misericordioso y misterioso del Padre.

Segunda premisa. De un temple como el de nuestro Santo y en un concepto de predicación severa y penitencial como el suyo no esperaremos la nota de la alegría. Sin embargo, ésta no falta. Se encuentra allí donde el taumaturgo exhorta al predicador a soportar con resignación y con gozo (¡Es una forma de perfecta leticia franciscana!) las dificultades con que tropieza en el ejercicio de su ministerio. Pero también en otros lugares el austero Santo sonríe: cuando piensa en el premio eterno, fijando la luz de la fe en el paraíso, cuando dice que la iglesia al traer un hijo al mundo in praedicatione vel peccatorum compassione (en la prédica o en la compasión de los pecados) está en la angustia, pero olvida el dolor pues ve que ha nacido un hombre al mundo, es decir, rebosa de felicidad abrazando al pecador convertido.

La penitencia (como virtud y como sacramento) es el argumento dominante en los Sermones del Doctor evangelicus. Son raras las páginas en las que no se sienta al menos un eco. También cuando recomienda al predicador la santidad de la vida, el buen ejemplo constante, la pericia en la ciencia sagrada, la libertad y la energía de la palabra, lo hace en función de la finalidad principal: es decir, llevar al oyente a una conversión sincera, plena y duradera. La concepción moral-penitencial es considerada como la idea fundamental, la idea madre de la doctrina antoniana.

La prédica posee también una eficacia preservadora, una acción terapéutica de prevención y de mantenimiento. De todos modos y sobre todo es a quienes yacen en el pecado y en el vicio que la palabra: ¡Conviértanse! va dirigida. Antonio escribe que es necesario sacudir del letargo espiritual todo género de pecador: soberbios, envidiosos, iracundos, vanagloriosos, avaros, golosos, lujuriosos, y hacerlo con apremiante urgencia y prontitud, porque toda dilación lleva consigo el peligro. Además, el mensajero de Dios no debería tener ni siquiera el tiempo para saludar por el camino o para responder al saludo.

La red hundida en el mar y que captura todo tipo de pez es para el Santo una eficaz metáfora de la prédica. Esta debe hacer que muera todo el mal del mundo, ofrecer el arrepentido a Dios como una víctima viva, volver a admitirlo en la unidad de la iglesia. Allí donde el pecado más pervierte y destruye, más debe trabajar el misionero. Dice el Santo, anticipando a Alighieri, que el mundo es una selva obscura, fría e infectada de fieras, de las cuales las más tremendas son la gula, la lujuria, la avaricia y el robo. De todos modos, ante corazones de traquita o basalto, el misionero no debe derramar lágrimas ni anunciar la Palabra: ¡Sería como tirar las perlas a los cerdos! Los soberbios y los avaros que despiadados como prensas, aplastan y exprimen a los pobres y los miserables, les arrancan con violencia la piel, les devoran las carnes, les trituran los huesos, son inconvertibles y por tanto deben ser abandonados a si mismos.

Del mismo modo que los pecados son multiformes, debe ser multiforme la prédica evangélica. Hay pecadores enredados en las cosas temporales, aquellos que han roto el pacto estrecho con el Señor, aquellos a quienes concede la gracia, estériles de buenas obras… A todos va dirigida, bien calibrada, la Palabra de vida: "Y si Jesús ha caído en el pecado en alguna de sus partes, debemos aliviarlo con las palabras y la oración". De la prédica no menos que de la corrección paterna y de la compasión fraterna, nace en el corazón del errante la contrición que lo hará romper en lágrimas.

Se sabe que la palabra que muerde el vicio se hace indigesta y desagradable a los malvados. Y antipático es el predicador, acusado de estar ligado a abstracciones ya superadas, un despojo de edades anteriores a la civilización. La prédica hace aún más ásperos a los pérfidos, avaros y usureros, cuando proclama que el rico Epulón fue sepultado en el infierno y que es imposible, para un camello, pasar por el hueco de una aguja, es decir, introducirse en el reino de los cielos, y que todo esplendor y gloria mundana desaparecerán en la nada.

No hay que maravillarse, apunta el nuestro, de que la Palabra de Dios aflija y desconcierte porque anuncia que todas las presentes realidades temporales son pasajeras, que la vida mortal es una cosa bien mezquina, que la muerte nos acecha a todos ("de la que ningún hombre vivo se puede librar"), que los sufrimientos del infierno son dolorosos. Palabra que, tomada superficialmente, se hace insoportable, pero que estimula al arrepentimiento.

Son bellos todos los artículos de fe que enunciamos en el Credo; de todos modos, el más incisivo para la conversión es el que trae a la mente la venida de Jesús para el juicio universal y la condena de los pecadores endurecidos en el mal en el infierno. Antonio nos parecerá aferrado a una catequesis popular, muy elemental y rústica, pero así es: su experiencia afirma que es el temor el que hace volver en si a los desviados. ¿Qué diría hoy viendo que ciertos predicadores se cuidan bien de hablar de argumentos difíciles, desconcertantes y comprometedores y poco propicios a la popularidad de baja ley, como el fin del mundo, la muerte, el más allá de gloria o de castigo?

El Padre Samuel Doimi, repasando metódicamente los Sermones página por página, hace llegar a 38 el número de las veces en que el Evangélico subraya que la conversión no debe quedarse en un estadio de vaga indeterminada ansiedad interior, sino traducirse en actos concretos. No efímera, sino duradera, debe ser la conversión, que se debe nutrir de perseverancia hasta el final: no son aquellos que bien comienzan, sino los que se mantienen firmes entre las dificultades y las cruces los que llegarán a la beatitud eterna.

Es natural que el predicador debe acompañar al convertido a través de las principales fases de la nueva vida, no abandonarlo en el período que no falta en que se presentan las pruebas provocadas por el Maligno, de la carne frágil y falsa, del mundo que ensordece y engaña. En el huerto de Dios no sólo las plantas fructíferas deben cuidarse a sí mismas, sino que reciben además las atenciones del hortelano, que es Dios con su gracia, y se sirven de sus colaboradores, los pastores del alma.

En varias ocasiones San Antonio se detiene en la "respuesta" del alma que se convierte. Se entiende que nos movemos en el cuadro de la penitencia-sacramento, por añadidura en su forma personal (dicha menos propiamente "privada": no, como la rescisión de Dios y de la Iglesia es un gesto público, así la penitencia compromete a todos, mediante la relación restablecida con Dios y con la Iglesia). En la actitud de María Magdalena que, abatida por el dolor, se detiene junto a la tumba vacía llorando, inclinándose, fijando la mirada, Antonio toma los momentos sustanciales:

  • la contrición (o el dolor puro),
  • la confesión,
  • la reparación del mal cometido y del bien abandonado.

En otro lugar (primer domingo de cuaresma) él se pregunta: "¿Cómo debe ser la contrición? Escuchad al salmista: "Un espíritu contrito es sacrificio a Dios; Oh Dios, no desprecies un corazón abatido y humillado". En este versículo están señaladas la contrición de un espíritu que se aflige por sus pecados, la reconciliación del pecador, el arrepentimiento universal de sus pecados, la humillación perseverante del arrepentido. Por eso el espíritu del penitente, cuando está como traspasado y herido por el dolor, es un sacrificio agradable a Dios, que hace las paces con este pecador, el que a la vez se reconcilia con el Señor""

"Como quiera que la contrición debe ser universal, el corazón debe estar contrito. No solamente "quebrado" (tritum), sino "triturado, deshecho" (contritum). Ambas cosas son necesarias. Quebrado: el pecador debe despedazar el corazón con los martillazos de la contrición, con la espada del dolor debe hacerlo pedazos, un pedazo por cada pecado mortal. Que llore sufriendo y que llorando sufra (dolendo defleat et deflendo doleat). Que esté más adolorado por un solo pecado mortal cometido que si hubiera perdido el dominio del mundo y de todas las cosas que en él se encuentran. En verdad, a causa del pecado mortal ha perdido al Hijo de Dios, que es la realidad más sublime, amada y preciosa de todas las criaturas. Debe tener, además, el corazón deshecho, porque debe sufrir contemporáneamente por todas las culpas cometidas, omitidas, olvidadas"(11, 65-66)

La contrición debe extenderse a todos los pecados cometidos, con sus circunstancias, y al bien abandonado. El pecado ha corrompido:

  • la conciencia permitiendo el mal,
  • la persona con el acto pecaminoso,
  • la reputación con el escándalo que ha surgido.

La contrición, por si sola, perdona todos los pecados, pero para que sea verdadera y operativa implica el propósito de confesarse.

"El pecador que se arrepiente y que tiene la intención de confesarse, es absuelto inmediatamente de su culpa por el Señor, y la pena eterna es transformada en pena del purgatorio. La contrición debería ser tan fuerte como la de María Magdalena o la del buen ladrón: en caso de muerte nos conduciría directamente al cielo. Confesándonos al sacerdote, éste impone una pena temporal en la cual se transforma la pena del purgatorio en que hemos incurrido; cumplida con diligencia ésta nos guía a la gloria eterna. Es así que Dios y el sacerdote perdonan y absuelven los pecados"(1, 239)

La que también San Antonio llama segunda tabla de salvación después del naufragio tiene su manifestación regular en la exposición de los pecados realizada al sacerdote. Según los sermones, cambiando las perspectivas y el tono de la exposición se pone el acento en uno o en el otro aspecto de la confesión.

Esta tiene cuatro enemigos que derrocados se convierten en cuatro amigos:

  • el amor del pecado (su detestación),
  • la vergüenza al denunciarlo (el sereno coraje de decir la verdad)
  • el miedo de la penitencia (el coraje de asumirse la responsabilidad y las consecuencias),
  • la desesperación por obtener perdón (la confianza en la misericordia divina). .

Entretanto han transcurrido siglos, ha cambiado el peso de la penitencia. En los tiempos de San Antonio era muy severa, la pena del talión o, a la dantesca, la pena igual al delito.

Entonces hace falta humildad. Si no se siente vergüenza al provocar desórdenes, no se ve porqué haya que enrojecerse al desenmascararlos, tanto más cuando el confesor debe guardar gravemente el silencio. Está claro que confesarse bien requiere fatiga:

  • preparación,
  • acusación,
  • vergüenza...

Surgen también valores más positivos, como

  • la esperanza del perdón liberador
  • el odio del mal,
  • la fuerza del propósito
  • el compromiso de obedecer al confesor…

El Santo cita dos veces el célebre verso nemotécnico, que enumera las circunstancias de los pecados: quien, qué cosa, dónde, por medio de quién, a quién, en qué modo, cuándo. Circunstancias que hay que aplicar en la denuncia de cada pecado mortal, como el odio, la difamación y la calumnia, la hipocresía y la falsedad, la lujuria, el orgullo, la avaricia y la usura, la negligencia de los deberes del propio estado, y así sucesivamente.

Confesarse bien, confesarse a menudo. Ya en sus tiempos estaba en vigor el canon 21 del IV Concilio de Letrán (1215) que prescribe la confesión anual. Antonio deplora que numerosos creyentes se atengan a este mínimo: "Si tú bebes cada día el veneno del pecado, debes aceptar cada día el antídoto de la confesión" (1, 467) ¡Habla un gran conocedor de conciencias!

No olvida detenerse en el deber de la discretio (discreción, discernimiento, equilibrio) especialmente por parte del sacerdote. Es cierto que la confesión asemeja al penitente, pero más aún posee los tratos, la atmósfera religiosa, el sentimiento moral, el estilo que le imprime el sacerdote. La absolución no funciona en modo mecánico: su eficacia depende también de las disposiciones del fiel, especialmente de la seriedad de la determinación.

La "satisfacción" es hoy menos sentida que en la edad medieval. La tercera etapa de la penitencia sacramental. Antes de afirmarse la Escolástica (segunda mitad del siglo XIII) imperaba mucha severidad en este campo. ¡Rigaldi, autor de una antigua leyenda de San Antonio, refiere que el Taumaturgo impuso doce peregrinajes, a pie hasta Roma, a un latro et raptor (ladrón y atracador) convertido!

Siendo nosotros pobres pecadores ("quien afirma que está libre de pecado es un mentiroso": I carta de Juan, 1, 10), nuestro estado terrenal es de incurable fragilidad, de inexhausto arrepentimiento y de incesante confesión y conversión, así como de reparación. No basta con arrepentirse, es necesario, dentro de los límites de la posibilidad, restablecer los equilibrios comprometidos, los daños causados. San Antonio insiste en el poder expiatorio de la oración a Dios, limosna hacia el prójimo, ayuno hacia si mismo.

La satisfacción (llamada hoy, de modo simple pero inexacto: penitencia) debe ser proporcional al pecado, de manera que la pena corresponda a la culpa que nos mancha. Claro está, ésta tiene valor sólo si se cumple en el espíritu de la fe. Entonces es Jesús quien se inmola en nosotros, quien repara junto a nosotros, es su gracia omnipotente que pone orden y armonía donde ha estado la devastadora acción del mal.

"Entonces nosotros, que nos decimos cristianos por el nombre de Cristo, unánimes con mente devota oramos al hijo mismo de Dios, a Jesucristo, y con insistencia pedimos que nos conceda pasar del espíritu de contrición al desierto de la confesión para que podamos recibir el perdón de nuestras iniquidades y, renovados y purificados, merezcamos disfrutar las alegrías de su resurrección y alcanzar la gloria de la eterna beatitud, con la ayuda de su gracia: ¡A Él todo honor y gloria por los siglos de los siglos, Amén!"



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