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San
Antonio es el gran apóstol de la conversión. Siembra
la Palabra de Dios para invitar a cambiar de vida y a esperar
en la infinita misericordia de Dios.
No
quisiéramos insinuar concepciones inexactas. Tanto
del lado del sacerdote como del lado del penitente, en la
"penitencia" y en la reconciliación cristiana
siempre el protagonista es la gracia divina. Es ésta
la que incita al predicador a hablar del pecado, de su gravedad,
de la necesidad de renegarlo pidiendo su perdón. De
igual modo, no es un hombre que nos hace pasar de la muerte
a la vida.
Quien abre
el corazón a la conversión es el omnipotente
amor misericordioso y misterioso del Padre.
Segunda premisa. De un temple como el de nuestro Santo y en
un concepto de predicación severa y penitencial como
el suyo no esperaremos la nota de la alegría.
Sin embargo, ésta no falta. Se encuentra allí
donde el taumaturgo exhorta al predicador a soportar con resignación
y con gozo (¡Es una forma de perfecta leticia franciscana!)
las dificultades con que tropieza en el ejercicio de su ministerio.
Pero también en otros lugares el austero Santo sonríe:
cuando piensa en el premio eterno, fijando la luz de la fe
en el paraíso, cuando dice que la iglesia al traer
un hijo al mundo in praedicatione vel peccatorum compassione
(en la prédica o en la compasión de los pecados)
está en la angustia, pero olvida el dolor pues ve que
ha nacido un hombre al mundo, es decir, rebosa de felicidad
abrazando al pecador convertido.
La
penitencia (como virtud y como sacramento) es el argumento
dominante en los Sermones del Doctor evangelicus.
Son raras las páginas en las que no se sienta al menos
un eco. También cuando recomienda al predicador la
santidad de la vida, el buen ejemplo constante, la pericia
en la ciencia sagrada, la libertad y la energía de
la palabra, lo hace en función de la finalidad principal:
es decir, llevar al oyente a una conversión sincera,
plena y duradera. La concepción moral-penitencial
es considerada como la idea fundamental, la idea madre de
la doctrina antoniana.
La
prédica posee también una eficacia preservadora,
una acción terapéutica de prevención
y de mantenimiento. De todos modos y sobre todo es a quienes
yacen en el pecado y en el vicio que la palabra: ¡Conviértanse!
va dirigida. Antonio escribe que es necesario sacudir
del letargo espiritual todo género de pecador:
soberbios, envidiosos, iracundos, vanagloriosos, avaros, golosos,
lujuriosos, y hacerlo con apremiante urgencia y prontitud,
porque toda dilación lleva consigo el peligro. Además,
el mensajero de Dios no debería tener ni siquiera el
tiempo para saludar por el camino o para responder al saludo.
La
red hundida en el mar y que captura todo tipo de pez
es para el Santo una eficaz metáfora de la prédica.
Esta debe hacer que muera todo el mal del mundo, ofrecer el
arrepentido a Dios como una víctima viva, volver a
admitirlo en la unidad de la iglesia. Allí donde
el pecado más pervierte y destruye, más debe
trabajar el misionero. Dice el Santo, anticipando a Alighieri,
que el mundo es una selva obscura, fría e infectada
de fieras, de las cuales las más tremendas son la gula,
la lujuria, la avaricia y el robo. De todos modos, ante corazones
de traquita o basalto, el misionero no debe derramar lágrimas
ni anunciar la Palabra: ¡Sería como tirar las
perlas a los cerdos! Los soberbios y los avaros que despiadados
como prensas, aplastan y exprimen a los pobres y los miserables,
les arrancan con violencia la piel, les devoran las carnes,
les trituran los huesos, son inconvertibles y por tanto deben
ser abandonados a si mismos.
Del
mismo modo que los pecados son multiformes, debe ser multiforme
la prédica evangélica. Hay pecadores enredados
en las cosas temporales, aquellos que han roto el pacto estrecho
con el Señor, aquellos a quienes concede la gracia,
estériles de buenas obras
A todos va dirigida,
bien calibrada, la Palabra de vida: "Y si Jesús
ha caído en el pecado en alguna de sus partes, debemos
aliviarlo con las palabras y la oración". De la
prédica no menos que de la corrección paterna
y de la compasión fraterna, nace en el corazón
del errante la contrición que lo hará romper
en lágrimas.
Se
sabe que la palabra que muerde el vicio se hace indigesta
y desagradable a los malvados. Y antipático es
el predicador, acusado de estar ligado a abstracciones ya
superadas, un despojo de edades anteriores a la civilización.
La prédica hace aún más ásperos
a los pérfidos, avaros y usureros, cuando proclama
que el rico Epulón fue sepultado en el infierno y que
es imposible, para un camello, pasar por el hueco de una aguja,
es decir, introducirse en el reino de los cielos, y que todo
esplendor y gloria mundana desaparecerán en la nada.
No
hay que maravillarse, apunta el nuestro, de que la Palabra
de Dios aflija y desconcierte porque anuncia que todas
las presentes realidades temporales son pasajeras, que la
vida mortal es una cosa bien mezquina, que la muerte nos acecha
a todos ("de la que ningún hombre vivo se puede
librar"), que los sufrimientos del infierno son dolorosos.
Palabra que, tomada superficialmente, se hace insoportable,
pero que estimula al arrepentimiento.
Son
bellos todos los artículos de fe que enunciamos en
el Credo; de todos modos, el más incisivo para la conversión
es el que trae a la mente la venida de Jesús para el
juicio universal y la condena de los pecadores endurecidos
en el mal en el infierno. Antonio nos parecerá aferrado
a una catequesis popular, muy elemental y rústica,
pero así es: su experiencia afirma que es el temor
el que hace volver en si a los desviados. ¿Qué
diría hoy viendo que ciertos predicadores se cuidan
bien de hablar de argumentos difíciles, desconcertantes
y comprometedores y poco propicios a la popularidad de baja
ley, como el fin del mundo, la muerte, el más allá
de gloria o de castigo?
El
Padre Samuel Doimi, repasando metódicamente los Sermones
página por página, hace llegar a 38 el número
de las veces en que el Evangélico subraya que la conversión
no debe quedarse en un estadio de vaga indeterminada ansiedad
interior, sino traducirse en actos concretos. No efímera,
sino duradera, debe ser la conversión, que se debe
nutrir de perseverancia hasta el final: no son aquellos que
bien comienzan, sino los que se mantienen firmes entre las
dificultades y las cruces los que llegarán a la beatitud
eterna.
Es
natural que el predicador debe acompañar al convertido
a través de las principales fases de la nueva vida,
no abandonarlo en el período que no falta en que se
presentan las pruebas provocadas por el Maligno, de la carne
frágil y falsa, del mundo que ensordece y engaña.
En el huerto de Dios no sólo las plantas fructíferas
deben cuidarse a sí mismas, sino que reciben además
las atenciones del hortelano, que es Dios con su gracia, y
se sirven de sus colaboradores, los pastores del alma.
En
varias ocasiones San Antonio se detiene en la "respuesta"
del alma que se convierte. Se entiende que nos movemos
en el cuadro de la penitencia-sacramento, por añadidura
en su forma personal (dicha menos propiamente "privada":
no, como la rescisión de Dios y de la Iglesia es un
gesto público, así la penitencia compromete
a todos, mediante la relación restablecida con Dios
y con la Iglesia). En la actitud de María Magdalena
que, abatida por el dolor, se detiene junto a la tumba vacía
llorando, inclinándose, fijando la mirada, Antonio
toma los momentos sustanciales:
- la
contrición (o el dolor puro),
- la
confesión,
- la
reparación del mal cometido y del bien abandonado.
En
otro lugar (primer domingo de cuaresma) él se pregunta:
"¿Cómo debe ser la contrición?
Escuchad al salmista: "Un espíritu contrito
es sacrificio a Dios; Oh Dios, no desprecies un corazón
abatido y humillado". En este versículo están
señaladas la contrición de un espíritu
que se aflige por sus pecados, la reconciliación del
pecador, el arrepentimiento universal de sus pecados, la humillación
perseverante del arrepentido. Por eso el espíritu
del penitente, cuando está como traspasado y herido
por el dolor, es un sacrificio agradable a Dios, que hace
las paces con este pecador, el que a la vez se reconcilia
con el Señor""
"Como
quiera que la contrición debe ser universal, el corazón
debe estar contrito. No solamente "quebrado" (tritum),
sino "triturado, deshecho" (contritum).
Ambas cosas son necesarias. Quebrado: el pecador debe despedazar
el corazón con los martillazos de la contrición,
con la espada del dolor debe hacerlo pedazos, un pedazo por
cada pecado mortal. Que llore sufriendo y que llorando sufra
(dolendo defleat et deflendo doleat). Que esté
más adolorado por un solo pecado mortal cometido que
si hubiera perdido el dominio del mundo y de todas las cosas
que en él se encuentran. En verdad, a causa del
pecado mortal ha perdido al Hijo de Dios, que es la realidad
más sublime, amada y preciosa de todas las criaturas.
Debe tener, además, el corazón deshecho, porque
debe sufrir contemporáneamente por todas las culpas
cometidas, omitidas, olvidadas"(11, 65-66)
La
contrición debe extenderse a todos los pecados cometidos,
con sus circunstancias, y al bien abandonado. El pecado
ha corrompido:
- la
conciencia permitiendo el mal,
- la
persona con el acto pecaminoso,
- la
reputación con el escándalo que ha
surgido.
La
contrición, por si sola, perdona todos los pecados,
pero para que sea verdadera y operativa implica el propósito
de confesarse.
"El
pecador que se arrepiente y que tiene la intención
de confesarse, es absuelto inmediatamente de su culpa por
el Señor, y la pena eterna es transformada en pena
del purgatorio. La contrición debería ser tan
fuerte como la de María Magdalena o la del buen ladrón:
en caso de muerte nos conduciría directamente al
cielo. Confesándonos al sacerdote, éste
impone una pena temporal en la cual se transforma la pena
del purgatorio en que hemos incurrido; cumplida con diligencia
ésta nos guía a la gloria eterna. Es así
que Dios y el sacerdote perdonan y absuelven los pecados"(1,
239)
La
que también San Antonio llama segunda tabla de salvación
después del naufragio tiene su manifestación
regular en la exposición de los pecados realizada al
sacerdote. Según los sermones, cambiando las perspectivas
y el tono de la exposición se pone el acento en
uno o en el otro aspecto de la confesión.
Esta
tiene cuatro enemigos que derrocados se convierten en
cuatro amigos:
- el
amor del pecado (su detestación),
- la
vergüenza al denunciarlo (el sereno coraje de
decir la verdad)
- el
miedo de la penitencia (el coraje de asumirse
la responsabilidad y las consecuencias),
- la
desesperación por obtener perdón (la
confianza en la misericordia divina). .
Entretanto
han transcurrido siglos, ha cambiado el peso de la penitencia.
En los tiempos de San Antonio era muy severa, la pena del
talión o, a la dantesca, la pena igual al delito.
Entonces
hace falta humildad. Si no se siente vergüenza al
provocar desórdenes, no se ve porqué haya que
enrojecerse al desenmascararlos, tanto más cuando
el confesor debe guardar gravemente el silencio. Está
claro que confesarse bien requiere fatiga:
-
preparación,
-
acusación,
- vergüenza...
Surgen
también valores más positivos, como
- la
esperanza del perdón liberador
-
el odio del mal,
- la
fuerza del propósito
- el
compromiso de obedecer al confesor
El
Santo cita dos veces el célebre verso nemotécnico,
que enumera las circunstancias de los pecados: quien, qué
cosa, dónde, por medio de quién, a quién,
en qué modo, cuándo. Circunstancias que hay
que aplicar en la denuncia de cada pecado mortal, como el
odio, la difamación y la calumnia, la hipocresía
y la falsedad, la lujuria, el orgullo, la avaricia y la usura,
la negligencia de los deberes del propio estado, y así
sucesivamente.
Confesarse
bien, confesarse a menudo. Ya en sus tiempos estaba en
vigor el canon 21 del IV Concilio de Letrán (1215)
que prescribe la confesión anual. Antonio deplora que
numerosos creyentes se atengan a este mínimo: "Si
tú bebes cada día el veneno del pecado, debes
aceptar cada día el antídoto de la confesión"
(1, 467) ¡Habla un gran conocedor de conciencias!
No
olvida detenerse en el deber de la discretio (discreción,
discernimiento, equilibrio) especialmente por parte del
sacerdote. Es cierto que la confesión asemeja al
penitente, pero más aún posee los tratos, la
atmósfera religiosa, el sentimiento moral, el estilo
que le imprime el sacerdote. La absolución no funciona
en modo mecánico: su eficacia depende también
de las disposiciones del fiel, especialmente de la seriedad
de la determinación.
La
"satisfacción" es hoy menos sentida que en
la edad medieval. La tercera etapa de la penitencia sacramental.
Antes de afirmarse la Escolástica (segunda mitad del
siglo XIII) imperaba mucha severidad en este campo. ¡Rigaldi,
autor de una antigua leyenda de San Antonio, refiere que el
Taumaturgo impuso doce peregrinajes, a pie hasta Roma, a un
latro et raptor (ladrón y atracador) convertido!
Siendo
nosotros pobres pecadores ("quien afirma que está
libre de pecado es un mentiroso": I carta de Juan,
1, 10), nuestro estado terrenal es de incurable fragilidad,
de inexhausto arrepentimiento y de incesante confesión
y conversión, así como de reparación.
No basta con arrepentirse, es necesario, dentro de los
límites de la posibilidad, restablecer los equilibrios
comprometidos, los daños causados. San Antonio
insiste en el poder expiatorio de la oración a Dios,
limosna hacia el prójimo, ayuno hacia si mismo.
La
satisfacción (llamada hoy, de modo simple pero
inexacto: penitencia) debe ser proporcional al pecado,
de manera que la pena corresponda a la culpa que nos mancha.
Claro está, ésta tiene valor sólo
si se cumple en el espíritu de la fe. Entonces
es Jesús quien se inmola en nosotros, quien repara
junto a nosotros, es su gracia omnipotente que pone orden
y armonía donde ha estado la devastadora acción
del mal.
"Entonces
nosotros, que nos decimos cristianos por el nombre de Cristo,
unánimes con mente devota oramos al hijo mismo de Dios,
a Jesucristo, y con insistencia pedimos que nos
conceda pasar del espíritu de contrición al
desierto de la confesión para que podamos recibir el
perdón de nuestras iniquidades y, renovados y purificados,
merezcamos disfrutar las alegrías de su resurrección
y alcanzar la gloria de la eterna beatitud, con la ayuda de
su gracia: ¡A Él todo honor y gloria por los
siglos de los siglos, Amén!"
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