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Denuncia la ambigüedad de la ley positiva,
de las prescripciones y tradiciones humanas, con facilidad
transformadas en instrumentos de dinero, de violencia
sobre los débiles, de un utilitarismo individualista,
con una especie de cortocircuito.
Antonio concentra toda su preocupación en
la ley de Dios, en la nueva justicia del Reino que
consiste en la santidad de una vida regenerada por el
bautismo, fortalecida por los dones del Espíritu
Santo, serenada por la práctica de las bienaventuranzas
evangélicas siguiendo el ejemplo de la vida de
Cristo y de la "forma vivendi" de los santos.
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San Antonio
no quiere con esto hacer una imposible superación de las leyes
y de las instituciones humanas. Más bien quiere testimoniar
su íntima esencia y finalidad, con la apertura y la obediencia
a la ley divina: aquella no escrita, pero sigilada en la conciencia de
cada uno de nosotros con la luz de la razón, y aquella revelada
por Dios en la Biblia.
Desde este punto de vista Antonio aparece, por lo tanto, como
un hombre "impolítico". Ciertamente, conocía
muy bien los mecanismos de la sociedad de su tiempo, los caminos tortuosos
del poder, las fuerzas políticas y militares en juego en el tablero
europeo, el dinamismo de las nuevas clases burguesas ciudadanas en las
incipientes transacciones económico-financieras.
Con la impoliticidad típica de los santos, como hoy en día
el mundo ha podido admirar en la humilde sierva de los pobres Teresa de
Calcuta, Antonio quiere hacer comprender que no bastan las leyes de
los hombres para salvaguardar a las personas y a los estados de su derrota.
Es necesario, antes que nada, una conversión profunda del
corazón a Dios, la reconciliación con su amor de Padre,
del que brota la fuerza del amor y de la paz con el prójimo y con
toda la creación.
Más
allá de la restricción del derecho y de las leyes positivas,
es necesario mirar hacia una reforma moral de las personas que toque lo
íntimo de las conciencias, encienda las instituciones con nuevos
valores, sostenga la alegría de las prácticas virtuosas.
Nuestro Santo no podía hacerse muchas ilusiones sobre la capacidad
de los ordenamientos exteriores, puramente legales; entonces, como hoy,
una praxis basada en una mera justicia procesual no garantiza relaciones
humanas correctas y fraternas si no está acompañada
y sostenida por una profunda transformación del corazón,
por el que el obrar virtuosamente brote espontáneamente de la amistad
y de la bondad hacia los demás.
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Este nuevo
modelo de vida moral y espiritual se puede adquirir sólo con el
ejercicio de la razón y con el don de la gracia divina, que
nos dan la fuerza para observar los mandamientos de Dios venciendo las
sugestiones de la tentación, que de las "aguas superiores"
de la comunión divina nos quieren llevar a las "aguas inferiores"
de la sensualidad y del pecado.
Antes del pecado, de hecho, la naturaleza humana era hermosa en sus dotes
naturales, fértiles como una planta de olivo por los dones de la
gracia, espléndida en su alegría y pureza celeste;
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pero engañada
por la sugestión diabólica que prometió una ilusoria
afinidad con Dios, se hizo estéril como un desierto, incurriendo
en la triple maldición autodestructiva de la soberbia, de la avaricia,
de la lujuria.
En esta
obra de saneamiento de la naturaleza herida e inclinada al mal, el
primer teólogo franciscano con gran equilibrio pide la intervención
y la decisión de la voluntad individual y pide cooperar
con la ayuda de la inspiración y de la gracia divina.
Dios, de hecho, proporciona ayuda, pero no quiere relevarnos en nuestro
libre albedrío. Nuestra justificación es el resultado
de dos causas que confluyen: de nuestra aprobación voluntaria
y de la cooperación divina.
La ética antoniana no tiene el sello kantiano de la ley, la obsesión
del deber por el deber. Mira más bien al nacimiento y al desarrollo
de las virtudes, haciendo fuerza en el profundo deseo de felicidad
y de autoperfeccionamiento que está en la base de todos los
hombres, aspirando a una vida hermosa y completa, como era en la implantación
de la ética clásica y medieval, de Aristóteles a
San Agustín y Santo Tomás.
El final
de nuestra vida no es la sumisión a las leyes, sino la adquisición
de aquella alegría que surge de la plena realización de
nuestro ser en la libertad y en la comunión con el bien supremo
que nos viene dado por el mismo Dios. En este sentido Antonio, a pesar
de no ser un jurista ni un filósofo, se pone al lado del más
reciente descubrimiento y rehabilitación de la ética de
las virtudes, que marca una ruptura y una superación del pensamiento
moral de la modernidad, tanto del subjetivismo relativista, como del rigorismo
kantiano.
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