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El fundamento de la ley
 


A. Briosco, La justicia, 1515, Detalle del candelabro, Padua, Basílica de San Antonio

Denuncia la ambigüedad de la ley positiva, de las prescripciones y tradiciones humanas, con facilidad transformadas en instrumentos de dinero, de violencia sobre los débiles, de un utilitarismo individualista, con una especie de cortocircuito.

Antonio concentra toda su preocupación en la ley de Dios, en la nueva justicia del Reino que consiste en la santidad de una vida regenerada por el bautismo, fortalecida por los dones del Espíritu Santo, serenada por la práctica de las bienaventuranzas evangélicas siguiendo el ejemplo de la vida de Cristo y de la "forma vivendi" de los santos.


San Antonio no quiere con esto hacer una imposible superación de las leyes y de las instituciones humanas. Más bien quiere testimoniar su íntima esencia y finalidad, con la apertura y la obediencia a la ley divina: aquella no escrita, pero sigilada en la conciencia de cada uno de nosotros con la luz de la razón, y aquella revelada por Dios en la Biblia.
Desde este punto de vista Antonio aparece, por lo tanto, como un hombre "impolítico". Ciertamente, conocía muy bien los mecanismos de la sociedad de su tiempo, los caminos tortuosos del poder, las fuerzas políticas y militares en juego en el tablero europeo, el dinamismo de las nuevas clases burguesas ciudadanas en las incipientes transacciones económico-financieras.

Con la impoliticidad típica de los santos, como hoy en día el mundo ha podido admirar en la humilde sierva de los pobres Teresa de Calcuta, Antonio quiere hacer comprender que no bastan las leyes de los hombres para salvaguardar a las personas y a los estados de su derrota. Es necesario, antes que nada, una conversión profunda del corazón a Dios, la reconciliación con su amor de Padre, del que brota la fuerza del amor y de la paz con el prójimo y con toda la creación.

Más allá de la restricción del derecho y de las leyes positivas, es necesario mirar hacia una reforma moral de las personas que toque lo íntimo de las conciencias, encienda las instituciones con nuevos valores, sostenga la alegría de las prácticas virtuosas. Nuestro Santo no podía hacerse muchas ilusiones sobre la capacidad de los ordenamientos exteriores, puramente legales; entonces, como hoy, una praxis basada en una mera justicia procesual no garantiza relaciones humanas correctas y fraternas si no está acompañada y sostenida por una profunda transformación del corazón, por el que el obrar virtuosamente brote espontáneamente de la amistad y de la bondad hacia los demás.


 

Este nuevo modelo de vida moral y espiritual se puede adquirir sólo con el ejercicio de la razón y con el don de la gracia divina, que nos dan la fuerza para observar los mandamientos de Dios venciendo las sugestiones de la tentación, que de las "aguas superiores" de la comunión divina nos quieren llevar a las "aguas inferiores" de la sensualidad y del pecado.


Antes del pecado, de hecho, la naturaleza humana era hermosa en sus dotes naturales, fértiles como una planta de olivo por los dones de la gracia, espléndida en su alegría y pureza celeste;


G. de' Manabuoi, El Espíritu Santo, 1384, Padua, Basílica de San Antonio, Capilla del Beato Lucas

pero engañada por la sugestión diabólica que prometió una ilusoria afinidad con Dios, se hizo estéril como un desierto, incurriendo en la triple maldición autodestructiva de la soberbia, de la avaricia, de la lujuria.

En esta obra de saneamiento de la naturaleza herida e inclinada al mal, el primer teólogo franciscano con gran equilibrio pide la intervención y la decisión de la voluntad individual y pide cooperar con la ayuda de la inspiración y de la gracia divina.

Dios, de hecho, proporciona ayuda, pero no quiere relevarnos en nuestro libre albedrío.
Nuestra justificación es el resultado de dos causas que confluyen: de nuestra aprobación voluntaria y de la cooperación divina.

La ética antoniana no tiene el sello kantiano de la ley, la obsesión del deber por el deber.
Mira más bien al nacimiento y al desarrollo de las virtudes, haciendo fuerza en el profundo deseo de felicidad y de autoperfeccionamiento que está en la base de todos los hombres, aspirando a una vida hermosa y completa, como era en la implantación de la ética clásica y medieval, de Aristóteles a San Agustín y Santo Tomás.

El final de nuestra vida no es la sumisión a las leyes, sino la adquisición de aquella alegría que surge de la plena realización de nuestro ser en la libertad y en la comunión con el bien supremo que nos viene dado por el mismo Dios. En este sentido Antonio, a pesar de no ser un jurista ni un filósofo, se pone al lado del más reciente descubrimiento y rehabilitación de la ética de las virtudes, que marca una ruptura y una superación del pensamiento moral de la modernidad, tanto del subjetivismo relativista, como del rigorismo kantiano.



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