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San Antonio defensor de la dignidad humana
 


F. Vecellio, El milagro del corazón del avaro, 1511-12, Padua, Scoletta del Santo

Este aparato teológico no quedó en Antonio como un ideal puramente abstracto, lejos de la vida concreta de la gente y de la sociedad de su tiempo. Reconducir al hombre desfigurado por el pecado, acechado por Satanás, desfigurado por las pasiones del dinero, del orgullo, de la sensualidad hacia esta nueva justicia y suprema libertad que es la salvación en Cristo por el Padre, fue el compromiso radical de su vida, de su agotador ministerio pastoral.


Discípulo de Francisco de Asís, quiso vivir junto a las capas más humildes y pobres de la sociedad, haciendo suyos los sufrimientos y las contradicciones en las que el pueblo gemía abandonado a la prepotencia de los más fuertes, no protegido por los violentos. Como las fuentes biográficas y los cronistas del tiempo nos informan, Antonio luchó con mucho coraje para devolver a cada uno su originaria imagen y parecido con Dios, abriéndoles el corazón a la buena nueva del Reino dada por el Salvador.

No es posible aquí olvidar lo que de tal apasionado testimonio documenta la primera biografía con alusiones claramente bíblicas:

"Llevaba a paz fraterna los desacuerdos; devolvía la libertad a los detenidos, hacía devolver lo que había sido robado con la usura o la violencia; se llegó a un clima tal que, hipotecadas las casas y los terrenos, se les ponía precio ante el Santo, y bajo su consejo se devolvía a los que habían sufrido robos. Liberaba a las prostitutas del indigno mercado, y a los ladrones famosos por sus acciones los alejaba de poner las manos en las cosas de los demás ".


En esta incansable obra de paz, de justicia, de reconciliación y de respeto por todo el mundo, en especial hacia los más débiles, indefensos y explotados, encontramos dos episodios muy emblemáticos que nos muestran cuánto se empeñó Antonio en la tutela de los derechos humanos y de la dignidad de las personas: dos momentos de su vida en los que, según los testimonios antiguos, se encontró directamente delante del poder político: me refiero a su objeción contra la dureza de los estatutos del Ayuntamiento de Padua y su resistencia a la crueldad de Ezzelino en el trato dado a los prisioneros de guerra. G. de' Manabuoi, Vista de Padua del  siglo XIV, 1384, Padua, Basílica de San Antonio, Capilla del Beato Lucas

Repetimos brevemente el contexto para que asome por sí sola la actitud del Santo delante de las leyes humanas, que revelaban la terrible injusticia respecto a la verdadera justicia de las divinas, decayendo de su originaria legitimidad de ponerse como un alargamiento actuativo de la ley natural y de valer como una "ordinatio rationis", para convertirse, , al contrario, en disposiciones irracionales e instrumentos de desorden social, poniéndose contra el bien del hombre.

Tiziano, El marido celoso apuñala a la mujer, 1511, Padua, Scoletta del Santo

El 17 de marzo de 1231, casi al final de la famosa cuaresma diaria que había galvanizado la vida ciudadana, Antonio se presentó al alcalde de Padua y a su Consejo pidiendo una reforma del código penal acerca de los deudores insolventes, que eran regularmente mandados a pudrirse en cárceles terribles y deshumanas, tratados como animales más que como seres humanos.
Obtuvo efectivamente la conmutación de la cárcel por el embargo de los bienes y el exilio de la ciudad.
En los antiguos estatutos comunales el notario puso una premisa a la nueva disposición jurídica que decía: "ad postulacionem venerabilis fratris Antonii, de ordine fratrum minorum".


El otro episodio tuvo lugar unos dos meses más tarde, hacia finales de mayo de 1231, cuando exhausto de fuerzas y cerca de la muerte aceptó, bajo presión de las familias interesadas, ir a Verona para suplicar la liberación del conde Rizzardo di San Bonifacio y de otros compañeros guelfos, prisioneros en las cárceles lombardas, yendo de un sitio a otro durante días, de los jefes de la Lega lombarda, al alcalde de Verona, a la corte de Ezzelino da Romano, con peticiones conmovedoras para llegar al corazón endurecido de aquellos hombres, venciendo la inexorabilidad de la razón política. El cronista Rolandino escribe de forma desencantada que, a pesar de la justicia de la causa, Antonio tuvo que volver "in nullo penitus exauditus", o sea sin haber obtenido nada, porque ni siquiera la petición pudo dar sus frutos al faltar el más mínimo sentimiento de humanidad ("ubi nullus est ramunculus caritatis").

Este duelo desarmado delante de un terrible tirano como Ezzelino y su ley militar, demuestra lo mucho que sentía nuestro Santo la defensa del derecho, la responsabilidad hacia las personas aplastadas por la prepotencia de los injustos; también entonces Antonio se erigía intrépido en defensa del derecho más difícil: el de los vencidos.

Los dos episodios biográficos que hemos recordado nos sirven como ejemplos de la preocupación y de la solicitud del Santo de Padua para recuperar a cualquier persona que se encontrase prisionera de alguna esclavitud, custodiar la dignidad criatura y promover la plena expansión hacia el destino sobrenatural que había sido llamado. Además de la recomposición del derecho y la pura legalidad, es ésta la justicia más grande que él buscaba, promoviendo en las ciudades y sobre todo en las familias la reconciliación, la amistad, la paz, según el modelo de una verdadera comunión de los hijos de Dios que responde al proyecto divino sobre la humanidad y sobre la Iglesia.

Basando su pensamiento y su acción en la autoridad de aquel proyecto, Antonio gozaba de una fuerza crítica invencible delante de todas las autoridades e instituciones humanas, tomando inmediatamente las distancias de exigencias terrenas que veía en conflicto con las de la ley de Dios, revelada o natural.

El altísimo ideal ético y místico que animaba su ministerio pastoral y se enfrentaba a menudo con la dureza de la situación de pecado y de injusticia que gravaba sobre las estructuras familiares, sociales y políticas de las ciudades y campos que atravesaba. Nuestro Santo no perdía los ánimos y quemó su breve existencia en pos de la renovación de la vida de las masas más marginadas y de las instituciones contrarias a la dignidad y al bien de las personas humanas. Este empeño suyo se ve claramente también en la serie de milagros enviados al pontífice para la canonización de Antonio: milagros dirigidos sobre todo a la protección de los pobres y al alivio de los enfermos que no tenían ayuda humana, y de forma especial a salvaguardar la familia, con una gran ternura hacia los niños, el consuelo de las esposas maltratadas y ofendidas por maridos brutales, el sostén del vínculo familiar en las distintas dificultades.

Es este el evangelio de Antonio, evangelio que repite el de Cristo, anunciando el amor y la fe que Dios todavía hoy tiene respecto al hombre desvelando las posibilidades de una humanidad nueva y distinta donde cada persona, que en su riqueza nativa es cifra del Altísimo, puede hacerse solidaria con los demás y llevar juntos el peso de la vida, continuamente venciendo aquel instinto egoísta que cierra a los unos contra los otros y aquel cinismo mortífero que desde hace demasiado tiempo predomina en cierta cultura.

Texto de Antonino Poppi, adaptado por Paolo Floretta



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