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San Antonio defensor
de la dignidad humana |
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Este aparato teológico no quedó en
Antonio como un ideal puramente abstracto, lejos
de la vida concreta de la gente y de la sociedad de
su tiempo. Reconducir al hombre desfigurado por el pecado,
acechado por Satanás, desfigurado por las pasiones
del dinero, del orgullo, de la sensualidad hacia esta
nueva justicia y suprema libertad que es la salvación
en Cristo por el Padre, fue el compromiso radical de
su vida, de su agotador ministerio pastoral. |
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Discípulo
de Francisco de Asís, quiso vivir junto a las capas más
humildes y pobres de la sociedad, haciendo suyos los sufrimientos y las
contradicciones en las que el pueblo gemía abandonado a la prepotencia
de los más fuertes, no protegido por los violentos. Como las
fuentes biográficas y los cronistas del tiempo nos informan, Antonio
luchó con mucho coraje para devolver a cada uno su originaria
imagen y parecido con Dios, abriéndoles el corazón a
la buena nueva del Reino dada por el Salvador.
No es posible
aquí olvidar lo que de tal apasionado testimonio documenta
la primera biografía con alusiones claramente bíblicas:
"Llevaba
a paz fraterna los desacuerdos; devolvía la libertad a los detenidos,
hacía devolver lo que había sido robado con la usura o la
violencia; se llegó a un clima tal que, hipotecadas las casas y
los terrenos, se les ponía precio ante el Santo, y bajo su consejo
se devolvía a los que habían sufrido robos. Liberaba a las
prostitutas del indigno mercado, y a los ladrones famosos por sus acciones
los alejaba de poner las manos en las cosas de los demás ".
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| En
esta incansable obra de paz, de justicia, de reconciliación y de
respeto por todo el mundo, en especial hacia los más débiles,
indefensos y explotados, encontramos dos episodios muy emblemáticos
que nos muestran cuánto se empeñó Antonio en la tutela
de los derechos humanos y de la dignidad de las personas: dos momentos de
su vida en los que, según los testimonios antiguos, se encontró
directamente delante del poder político: me refiero a su objeción
contra la dureza de los estatutos del Ayuntamiento de Padua y su
resistencia a la crueldad de Ezzelino en el trato dado a los prisioneros
de guerra. |
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Repetimos brevemente el contexto para que asome por sí sola la actitud
del Santo delante de las leyes humanas, que revelaban la terrible injusticia
respecto a la verdadera justicia de las divinas, decayendo de su originaria
legitimidad de ponerse como un alargamiento actuativo de la ley natural
y de valer como una "ordinatio rationis", para convertirse,
, al contrario, en disposiciones irracionales e instrumentos de desorden
social, poniéndose contra el bien del hombre. |
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El 17
de marzo de 1231, casi al final de la famosa cuaresma diaria que había
galvanizado la vida ciudadana, Antonio se presentó al alcalde
de Padua y a su Consejo pidiendo una reforma del código penal acerca
de los deudores insolventes, que eran regularmente mandados a pudrirse
en cárceles terribles y deshumanas, tratados como animales
más que como seres humanos.
Obtuvo efectivamente la conmutación de la cárcel por el
embargo de los bienes y el exilio de la ciudad. En los antiguos estatutos
comunales el notario puso una premisa a la nueva disposición jurídica
que decía: "ad postulacionem venerabilis fratris Antonii,
de ordine fratrum minorum".
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El otro episodio tuvo lugar unos dos meses más tarde, hacia finales
de mayo de 1231, cuando exhausto de fuerzas y cerca de la muerte aceptó,
bajo presión de las familias interesadas, ir a Verona para suplicar
la liberación del conde Rizzardo di San Bonifacio y de otros compañeros
guelfos, prisioneros en las cárceles lombardas, yendo de un sitio
a otro durante días, de los jefes de la Lega lombarda, al alcalde
de Verona, a la corte de Ezzelino da Romano, con peticiones conmovedoras
para llegar al corazón endurecido de aquellos hombres, venciendo
la inexorabilidad de la razón política. El cronista Rolandino
escribe de forma desencantada que, a pesar de la justicia de la causa, Antonio
tuvo que volver "in nullo penitus exauditus", o sea
sin haber obtenido nada, porque ni siquiera la petición pudo
dar sus frutos al faltar el más mínimo sentimiento de humanidad
("ubi nullus est ramunculus caritatis").
Este duelo
desarmado delante de un terrible tirano como Ezzelino y su ley militar,
demuestra lo mucho que sentía nuestro Santo la defensa del derecho,
la responsabilidad hacia las personas aplastadas por la prepotencia de
los injustos; también entonces Antonio se erigía intrépido
en defensa del derecho más difícil: el de los vencidos.
Los dos episodios
biográficos que hemos recordado nos sirven como ejemplos de
la preocupación y de la solicitud del Santo de Padua para recuperar
a cualquier persona que se encontrase prisionera de alguna esclavitud,
custodiar la dignidad criatura y promover la plena expansión hacia
el destino sobrenatural que había sido llamado. Además
de la recomposición del derecho y la pura legalidad, es ésta
la justicia más grande que él buscaba, promoviendo en las
ciudades y sobre todo en las familias la reconciliación, la amistad,
la paz, según el modelo de una verdadera comunión de los
hijos de Dios que responde al proyecto divino sobre la humanidad y sobre
la Iglesia.
Basando
su pensamiento y su acción en la autoridad de aquel proyecto, Antonio
gozaba de una fuerza crítica invencible delante de todas las autoridades
e instituciones humanas, tomando inmediatamente las distancias de exigencias
terrenas que veía en conflicto con las de la ley de Dios, revelada
o natural.
El altísimo
ideal ético y místico que animaba su ministerio pastoral
y se enfrentaba a menudo con la dureza de la situación de pecado
y de injusticia que gravaba sobre las estructuras familiares, sociales
y políticas de las ciudades y campos que atravesaba. Nuestro
Santo no perdía los ánimos y quemó su breve existencia
en pos de la renovación de la vida de las masas más marginadas
y de las instituciones contrarias a la dignidad y al bien de las personas
humanas. Este empeño suyo se ve claramente también en la
serie de milagros enviados al pontífice para la canonización
de Antonio: milagros dirigidos sobre todo a la protección de
los pobres y al alivio de los enfermos que no tenían ayuda humana,
y de forma especial a salvaguardar la familia, con una gran ternura hacia
los niños, el consuelo de las esposas maltratadas y ofendidas por
maridos brutales, el sostén del vínculo familiar en las
distintas dificultades.
Es este
el evangelio de Antonio, evangelio que repite el de Cristo, anunciando
el amor y la fe que Dios todavía hoy tiene respecto al hombre desvelando
las posibilidades de una humanidad nueva y distinta donde cada persona,
que en su riqueza nativa es cifra del Altísimo, puede hacerse solidaria
con los demás y llevar juntos el peso de la vida, continuamente
venciendo aquel instinto egoísta que cierra a los unos contra los
otros y aquel cinismo mortífero que desde hace demasiado tiempo
predomina en cierta cultura.
Texto de
Antonino Poppi, adaptado por Paolo Floretta
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