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La Basílica de San Antonio
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Casa del Pellegrino

La propuesta de san Antonio
 


P. Annigoni, San Antonio predica desde el nogal, 1981, detalle, Padua, Basílica de San Antonio, controfachada

Según los pensadores antiguos, desde Aristóteles a Cicerone y más tarde los teólogos medievales, la virtud principal de la vida moral, que en su significado más general sintetiza las otras virtudes éticas es la justicia.

En el ámbito del contenido jurídico minimal de justicia, entendida como voluntad firme y constante "suum unicuique ius tribuens", Antonio enriquece el significado con préstamos derivados de Cicerone y de San Agustín y con una sobredeterminación de elementos bíblicos. La justicia, por lo tanto, en su comentario a las palabras de Jesús en el sermón de la montaña, se perfila como la disposición del ánimo a reconocer a cada persona la dignidad que le espera, disposición que se expresa


  • en el temor de Dios
  • en el culto de la religión,
  • de la piedad,
  • de la humanidad,
  • en el gozar de lo justo y del bien,
  • en el odiar el mal,
  • en el empeño del reconocimiento.

De tal amplitud de aspectos él critica la pseudojusticia mundana y la farisaica, que son puramente exteriores e individualistas, pero no llegan a lo íntimo del corazón ni transforman los sentimientos malvados respecto al prójimo. La observancia farisaica de una multiplicidad de leyes y de prescripciones no está en condiciones de llevar al hombre a la "iustitia vere poenitentium", que consiste en la humildad del corazón, en la apertura a los hermanos, en la dulzura del amor contemplativo.

Ésta es, en efecto, la justicia de los santos, que se puede comparar con un hilo de plomo con el que podemos medir e informar a nuestra vida sobre su santidad. A la plenitud moral conseguida por los santos, con una descripción analítica potente Antonio opone la terrificante figura del tirano, que parecida al mítico basilisco aterroriza y destruye toda la vida que le rodea y puede ser afrontado y derrotado únicamente por el verdadero pobre de espíritu, mandado por los otros a su propia madriguera por que, siendo pobre, no tiene nada que perder.

Convendrá releer atentamente esta página que, según algunos estudiosos, nos acerca quizás a un corte autobiográfico de nuestro Santo añadido a sus Sermones probablemente en Camposampiero pocas semanas antes de su muerte. Acababa de volver de la infructuosa misión en Verona, donde había inútilmente intentado persuadir al feroz Ezzelino para que liberara a los prisioneros guelfos que estaban retenidos en las cárceles lombardas.


"También un cierto tirano de estos tiempos, corrompido por el veneno de la violencia, como el basilisco, extermina las hierbas con el soplo de su maldad, oprime a los pobres; mata a las plantas, o sea los ricos de este mundo, los mercaderes, los usureros; suprime y quema los animales, o sea a sus familiares.

Contamina incluso el aire, desconcierta la vida de los religiosos: alza su boca hasta el cielo y su lengua recorre la tierra (cf. Sal 72,9). Su silbido hace horrorizar incluso a los otros reptiles, o sea a sus amigos y compañeros, que conocen bien sus atrocidades.
P. Annigoni, San Antonio con Ezzelino da Romano, 1981, detalle, Padua, Basílica de San Antonio, Capilla de las Bendiciones

Y cuando su ira explota, todos escapan y se precipitan a esconderse donde sea, aunque sea en la pocilga de los cerdos. Un tirano si es feroz, está fuera de sí y lleno del espíritu diabólico, puede ser derrotado sin embargo por las comadrejas, o sea por los pobres de espíritu, que no temen nada porque no tiene nada que perder. Y los hombres, esclavos de las riquezas terrenales, no teniendo el valor de acercársele, mandan a los pobres a la cueva donde el tirano se esconde. "¡Habladle vosotros -dicen-, porque nosotros no osamos hacerlo!".

La absoluta falta de la justicia y del derecho hace imposible cualquier forma de convivencia civil, destruye completamente la vida. Más que sobre las leyes humanas, Antonio pone como fundamento y norma última de la moralidad la justicia bíblica, generada por la ley nueva del Espíritu, perfeccionada por las bienaventuranzas del Evangelio, ejemplada en la vida de los santos; entonces casi de forma espontánea observaremos los mandamientos divinos, rectificando con una no sufrida ascésis el ejercicio puro de los cinco sentidos proclives a la solicitación del mal.

La inteligencia humana lleva imprimida en sí misma el sello de la Trinidad que la lleva siempre hacia la verdad y hacia el bien. Si la voluntad lo permite con correcta intención y se abre al amor, entonces Dios viene a vivir entre nosotros, para que también nosotros aprendamos de él a ser buenos, justos y misericordiosos. La cosa más importante que hay que pedir a Dios en la oración es el amor, porque así el Padre celeste, que es el amor, nos dará lo que él es, o sea el amor, con el que cuidaremos también nosotros a nuestros hermanos más débiles y enfermos, como hijos del mismo Padre.

El ethos de Antonio se refiere aquí a las alturas del evangelio de Juan, porque en esta nueva justicia el hombre llega a la perfecta libertad, aquella rara y envidiable condición espiritual, en la que siguiendo dulcemente los dictámenes de la razón y acogiendo en el corazón la caridad divina trinitaria, se gana al temor servil, se hace libre en el amor y en la ley a sí mismo, yendo donde quiere y haciendo lo que quiere.

No existe una alegría tan grande como la admirable de la perfecta libertad interior, que libremente ha sacrificado con la humildad y la mortificación el hinchazón pasional de la soberbia y de la carne: "Si el hombre se somete a la razón, encuentra la gracia, se hace libre, tiene la posibilidad de ir donde quiere y de hacer lo que quiere. -¡Oh libre esclavitud y esclava libertad! No es el temor que hace esclavo o el amor que hace libre, sino más bien el temor que hace libre y el amor que hace esclavo. Al justo no se le impone la ley, porque es justamente él la ley. De hecho tiene la caridad, vive sometido a la razón, y por lo tanto va donde quiere y hace lo que quiere... No hay alegría más grande que la libertad: pero no podrás disfrutarla si no doblarás el cuello a la soberbia a la cadena de la humildad, y no cerrarás los pies de los afectos carnales en los cepos de la esclavitud ".

En esta última etapa de la vida moral que abre ya el inicio de una experiencia mística, nuestro Santo ve el compenetrarse recíproco de la ley, de la libertad, del amor, porque es justamente el amor de Dios que libera al hombre de cualquier tipo de esclavitud y lo hace plenamente libre en el bien.



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