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Contemplar
a Cristo, probarlo y vivirlo, pero tomándolo de
los misterios de su Evangelio. Ésta era la gran fuerza
que atraía a fray Antonio al amor seráfico,
éste era su único deseo.
Algunos
misterios, aquellos en los que Jesús se había
más circunscrito, eran sus preferidos.
Aquellos en los que abrazaba mejor en lo visible la vastedad
de lo invisible. Entre éstos el primero es el misterio
de Belén.
Misterio
profundo, insondable, el de la infancia de Jesús, pero
seguramente el más tierno, el más convidante de
los misterios cristológicos. En la gruta de Belén
todo hombre encuentra no un Dios que amenaza y condena como
en el Paraíso terrenal, no un Dios fulgurante entre rayos
y truenos como en el Sinaí, sino un débil niño,
el incircunscrito reclinado en un angosto pesebre.
Por muchas razones el Verbo se ha presentado como un niñito.
"Pero yo - afirma el Santo - por amor a la brevedad indico
una sola de ellas. Si injurias a un mozuelo, si lo provocas
con villanías, si lo golpeas, pero después le
muestras y ofreces una flor, una rosa o cualquier cosa similar,
él olvida rápidamente la ofensa, abandona la ira
y corre a abrazarte. De igual modo, si has ofendido a Cristo
pecando mortalmente, o lo has injuriado, si le ofreces la flor
del arrepentimiento, la rosa de una confesión llena de
lágrimas, que son la sangre del alma, Él, Cristo,
ya no se acordará de tu ofensa, te perdonará la
culpa y correrá a abrazarte y a besarte". No
hay cosa en el mundo que cautive tanto al hombre como la amabilidad
del niño, éste carece de elegancia, no inspira
temor, es tierno y dulce como la leche que lo nutre. Tiene una
gracia espontánea y una simpatía confiada para
quienquiera que se le acerque. Amante
de lo concreto, la espiritualidad franciscana invita sobre
todo a "vivir" el misterio de la pasión con
la meditación y el sacrificio cotidiano. En efecto,
el valor salvador de la redención se basa en la incorporación
del hombre a Cristo, en la solidaridad con su sacrificio,
en el cual el dolor humano, espiritualizado por la gracia
divina, va ascendiendo progresivamente y transporta al hombre
hacia Dios.
Debido
a la construcción interior de este misterio cristológico,
la espiritualidad franciscana sigue la dirección de
San Pablo, el teólogo por excelencia de la pasión.
Él enseña al hombre a preocuparse por tener
"los mismos sentimientos presentes en Jesucristo"
(Fil 2,5). Es decir, a no cuidarse de saber otra cosa que
Jesucristo y Cristo crucificado (1Cor 2,2), a decidir participar
con total abnegación "a sus sufrimientos para
participar también en su gloria" (Rom 8,17) y
llevar "siempre y en todo lugar en nuestro cuerpo la
muerte de Jesús, para que también la vida de
Jesús se manifieste en nuestro cuerpo" (2Cor 4,10).
San
Francisco no sigue otro método: su meditación
preferida es la pasión de Jesús y su ardiente
anhelo ser crucificado con Él.
Fiel
a la enseñanza del Padre, Antonio considera la pasión
fuerza elevadora y purificadora. Cristo, según
un hermoso pensamiento del Santo, ha tenido siempre la cruz
en las manos: antes de la pasión la cruz fue su arduo
trabajo; durante la pasión sus manos le fueron atadas;
después de la resurrección ésta le ha
dejado sus huellas en los estigmas. Un verdadero cristiano
no puede dejar de tener presente en la mente y en el corazón
esta misma cruz". Antonio invita a los justos a componer,
como la esposa del Cantar, un ramillete de mirra con los principales
hechos de la vida y de la pasión dolorosa de Jesús.
Su recuerdo mantiene viva la devoción y la compasión
hacia aquel que tanto ha amado a los hombres.
Se
dirá que todo esto es bello, pero que en el fondo,
se trata de elevaciones místicas más que de
teología. Pero si bien la teología es, según
la definición de San Anselmo, fides quaerens intellectum,
es decir, la fe que trata de entender la ciencia de la revelación,
Antonio se nos presenta más teólogo de lo
que podría parecernos a primera vista. Para
hacer teología no hacen falta polémicas, controversias,
que algunos consideran como notas propias del teólogo.
La controversia, más que una parte integrante de la
teología, es una función del teólogo.
Se puede hacer óptima teología sin discutir.
Al contrario, la teología irénica es, por su
naturaleza, superior a la teología apologética.
Así pensaba San Agustín y toda la tradición
agustiniana, es decir, la gran mayoría de los padres
de la iglesia latina.
Y
el hecho de que la exposición irénica de la
revelación se haga con fervor de alma, como sucede
a los teólogos de tradición agustiniana, nada
resta a su valor.
En
los Sermones Antonio se revela como un gran teólogo
cuando se adentra en el campo vivificador del amor de Dios,
pero siempre respetando los derechos de la inteligencia.
Es ésta la teología que él llama "nuevo
cantar que resuena dulcemente a los oídos del Señor
y renueva nuestro espíritu". Aquella teología
que, transformando su corazón lo elevó hasta
la intuición de Dios mismo a través de la humanidad
de Cristo, que la Virgen santísima regaló a
los hombres.
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