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Vivir a Cristo
 


Giusto de' Menabuoi, Cristo Redentore, 1382Contemplar a Cristo, probarlo y vivirlo, pero tomándolo de los misterios de su Evangelio. Ésta era la gran fuerza que atraía a fray Antonio al amor seráfico, éste era su único deseo.

Algunos misterios, aquellos en los que Jesús se había más circunscrito, eran sus preferidos.

Aquellos en los que abrazaba mejor en lo visible la vastedad de lo invisible
. Entre éstos el primero es el misterio de Belén.

Misterio profundo, insondable, el de la infancia de Jesús, pero seguramente el más tierno, el más convidante de los misterios cristológicos. En la gruta de Belén todo hombre encuentra no un Dios que amenaza y condena como en el Paraíso terrenal, no un Dios fulgurante entre rayos y truenos como en el Sinaí, sino un débil niño, el incircunscrito reclinado en un angosto pesebre.

Por muchas razones el Verbo se ha presentado como un niñito
. "Pero yo - afirma el Santo - por amor a la brevedad indico una sola de ellas. Si injurias a un mozuelo, si lo provocas con villanías, si lo golpeas, pero después le muestras y ofreces una flor, una rosa o cualquier cosa similar, él olvida rápidamente la ofensa, abandona la ira y corre a abrazarte. De igual modo, si has ofendido a Cristo pecando mortalmente, o lo has injuriado, si le ofreces la flor del arrepentimiento, la rosa de una confesión llena de lágrimas, que son la sangre del alma, Él, Cristo, ya no se acordará de tu ofensa, te perdonará la culpa y correrá a abrazarte y a besarte". No hay cosa en el mundo que cautive tanto al hombre como la amabilidad del niño, éste carece de elegancia, no inspira temor, es tierno y dulce como la leche que lo nutre. Tiene una gracia espontánea y una simpatía confiada para quienquiera que se le acerque.

Amante de lo concreto, la espiritualidad franciscana invita sobre todo a "vivir" el misterio de la pasión con la meditación y el sacrificio cotidiano. En efecto, el valor salvador de la redención se basa en la incorporación del hombre a Cristo, en la solidaridad con su sacrificio, en el cual el dolor humano, espiritualizado por la gracia divina, va ascendiendo progresivamente y transporta al hombre hacia Dios.

Debido a la construcción interior de este misterio cristológico, la espiritualidad franciscana sigue la dirección de San Pablo, el teólogo por excelencia de la pasión. Él enseña al hombre a preocuparse por tener "los mismos sentimientos presentes en Jesucristo" (Fil 2,5). Es decir, a no cuidarse de saber otra cosa que Jesucristo y Cristo crucificado (1Cor 2,2), a decidir participar con total abnegación "a sus sufrimientos para participar también en su gloria" (Rom 8,17) y llevar "siempre y en todo lugar en nuestro cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo" (2Cor 4,10).

San Francisco no sigue otro método: su meditación preferida es la pasión de Jesús y su ardiente anhelo ser crucificado con Él.

Fiel a la enseñanza del Padre, Antonio considera la pasión fuerza elevadora y purificadora. Cristo, según un hermoso pensamiento del Santo, ha tenido siempre la cruz en las manos: antes de la pasión la cruz fue su arduo trabajo; durante la pasión sus manos le fueron atadas; después de la resurrección ésta le ha dejado sus huellas en los estigmas. Un verdadero cristiano no puede dejar de tener presente en la mente y en el corazón esta misma cruz". Antonio invita a los justos a componer, como la esposa del Cantar, un ramillete de mirra con los principales hechos de la vida y de la pasión dolorosa de Jesús. Su recuerdo mantiene viva la devoción y la compasión hacia aquel que tanto ha amado a los hombres.

Se dirá que todo esto es bello, pero que en el fondo, se trata de elevaciones místicas más que de teología. Pero si bien la teología es, según la definición de San Anselmo, fides quaerens intellectum, es decir, la fe que trata de entender la ciencia de la revelación, Antonio se nos presenta más teólogo de lo que podría parecernos a primera vista. Para hacer teología no hacen falta polémicas, controversias, que algunos consideran como notas propias del teólogo. La controversia, más que una parte integrante de la teología, es una función del teólogo. Se puede hacer óptima teología sin discutir. Al contrario, la teología irénica es, por su naturaleza, superior a la teología apologética. Así pensaba San Agustín y toda la tradición agustiniana, es decir, la gran mayoría de los padres de la iglesia latina.

Y el hecho de que la exposición irénica de la revelación se haga con fervor de alma, como sucede a los teólogos de tradición agustiniana, nada resta a su valor.

En los Sermones Antonio se revela como un gran teólogo cuando se adentra en el campo vivificador del amor de Dios, pero siempre respetando los derechos de la inteligencia. Es ésta la teología que él llama "nuevo cantar que resuena dulcemente a los oídos del Señor y renueva nuestro espíritu". Aquella teología que, transformando su corazón lo elevó hasta la intuición de Dios mismo a través de la humanidad de Cristo, que la Virgen santísima regaló a los hombres.

 



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