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La redención
 


P. Annigoni, Crocifisso, 1981La obra maestra de la divina misericordia del Padre es la redención.

En efecto, es sólo por su misericordia que Cristo ha sido dado a los hombres. "Entre nosotros y Dios - observa San Antonio - reinaba una gran discordia, para hacer que desapareciera era necesario que el Hijo de Dios se hiciera hombre, uniendo su naturaleza con la nuestra.

Muchos internuncios e intercesores se presentaron a Dios, e insistentemente le rogaron que se realizara la paz tan anhelada, pero a duras penas pudieron ser escuchados. Por último, el Padre condescendió y mandó a su Hijo, el cual unió a su divina naturaleza la humana en el seno virgen de María.

Nadie podía reconciliar al hombre con Dios si no su Hijo.

Y la razón de esto es intuitiva. "Si dos enemigos - observa Antonio en modo genial - combatieran entre sí espada en mano, ¿Quién podría meterse entre los dos para frenarlos, si no aquel que tiene afinidad tanto con uno como con el otro? Dios y el hombre combatieron uno contra el otro: Dios con la espada de la pena, el hombre con la espada de la culpa. Ninguno podía dirimir la lid. Vino Cristo, afín a ambas partes por ser Hijo de Dios y del hombre: Él intercedió y frenó tanto a uno como al otro.

En la encarnación, sin fundirse ni mezclarse, la naturaleza divina y la naturaleza humana se encuentran y se unen en el modo más íntimo: éstas forman unidad substancial en la persona del Verbo, constituyendo un ser unitario, el Hombre-Dios Jesús. Cada una de las dos naturalezas conserva las propias características y la propia actividad. La unión no substrae al Verbo nada de las perfecciones divinas y deja intacta la realidad de la naturaleza.

Pero lo que hace a esta unión verdaderamente única es el hecho de que la naturaleza humana de Jesús, aun siendo perfecta e íntegra, no se posee a sí misma. Lo más proprio, singular e incomunicable que hay en cada hombre, es que como hombre puede decir "yo" y se pertenece: es una persona. En Jesús no existe una persona humana que rija la naturaleza humana, junto a la persona del Verbo; pero el Verbo posee y hace suya la naturaleza humana, le hace de sujeto. La unión se suelda así, misteriosamente, en la persona del Verbo. La humanidad es vivificada, ennoblecida por el Verbo, es su instrumento creado, sensible. Es una naturaleza que pertenece personalmente a Dios y, por la persona a que pertenece, forma en unión con la naturaleza divina poseída por el Verbo, un solo ser, Jesucristo.

Afirma San Antonio con la imagen estupenda y bien apropiada del sol: "Como el rayo solar descendiendo del sol ilumina el mundo, y sin embargo no se aleja jamás del sol, así el Hijo de Dios, descendiendo del Padre, iluminó el mundo, y sin embargo no se separó nunca del Padre, porque es una sola cosa con el Padre". Y haciendo propias las palabras de Agustín, continúa: "Allá donde se lee: "El Verbo se ha hecho carne", reconozco en el Verbo al verdadero Hijo de Dios, y en la carne al verdadero Hijo del hombre, los dos juntos en una sola persona: Dios y hombre.

La espléndida imagen del sol hace comprender, en la medida en que es posible al intelecto humano, también la naturaleza de la "misión" en el seno de la Trinidad: como entidad es un acto eterno, en el sentido terminativo es un acto temporal que no muta las divinas personas. Es un nuevo modo de ser, y las personas enviadas están siempre unidas íntimamente con la persona.

Desde el momento que el Padre amaba con infinita predilección al Hijo, ¿Por qué ha querido su muerte en la cruz por nuestra redención? ¿No podía perdonar los pecados de los hombres sin el sacrificio del Hijo? Aquí se toca la cuestión de la necesidad de la pasión de Cristo para la salvación del hombre. Es inútil pretender por parte de Antonio una solución satisfactoria a esto. El primero que ha formuló en un modo sistemático y científico el problema tratando de encontrarle una solución, fue San Anselmo de Aosta, con la teoría de la satisfacción penal.

Parece cierto que la soteriología anselmiana, basada en el presupuesto jurídico de que la justicia divina, herida por el pecado, debía ser recompensada y revindicada con la muerte del Hijo inocente, no haya prendido en el ánimo de San Antonio. Aunque si habla del Padre airado que Jesús aplaca con sus sufrimientos, está claro que el Santo usa sólo un lenguaje antropomórfico derivado de la Biblia. La reconciliación operada por la pasión de Cristo no ha producido cambio alguno en el Padre, que es Dios inmutable; en cambio, es en el hombre redimido que se ha realizado una transformación radical, porque con la reconciliación él regresa a Dios y se abre nuevamente al amor.

Antonio concibe la redención como nueva creación (recreatio), como un rejuvenecimiento de la humanidad, un retorno de la humanidad a la integridad de su vida primitiva en los hermosos días de su adolescencia.

Sin lugar a dudas, la redención humana es un incomparable poema de amor. Así lo concebía Pablo (cf. Ef 5,2) y así lo concibe Antonio. Este pensamiento, que se da a querer por la escuela franciscana, lo ilustra con dos palabras, una del Evangelio, la otra de la Passio s. Sebastiani: la parábola de la mujer que había perdido una de las diez dracmas que poseía (Lc 15,8-10) y aquella dramática del rey que había extraviado un anillo de oro con una piedra preciosa montada. Ambas tienen como fin poner de relieve el disgusto de Dios por la pérdida de la humanidad y su amor, que lo ha llevado hasta el sacrificio para reencontrarla.

La redención es fruto de amor. Al amor se responde con el amor. Jesús ha amado al hombre hasta el sacrificio de su vida, merece pues ser amado por el hombre.

 



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