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La
obra maestra de la divina misericordia del Padre es la redención.
En efecto, es sólo por su misericordia que Cristo ha
sido dado a los hombres. "Entre nosotros y Dios - observa
San Antonio - reinaba una gran discordia, para hacer que desapareciera
era necesario que el Hijo de Dios se hiciera hombre, uniendo
su naturaleza con la nuestra.
Muchos internuncios e intercesores se presentaron a Dios,
e insistentemente le rogaron que se realizara la paz tan anhelada,
pero a duras penas pudieron ser escuchados. Por último,
el Padre condescendió y mandó a su Hijo, el
cual unió a su divina naturaleza la humana en el seno
virgen de María.
Nadie
podía reconciliar al hombre con Dios si no su Hijo.
Y
la razón de esto es intuitiva. "Si dos enemigos
- observa Antonio en modo genial - combatieran entre
sí espada en mano, ¿Quién podría
meterse entre los dos para frenarlos, si no aquel que tiene
afinidad tanto con uno como con el otro? Dios y el hombre
combatieron uno contra el otro: Dios con la espada de la pena,
el hombre con la espada de la culpa. Ninguno podía
dirimir la lid. Vino Cristo, afín a ambas partes por
ser Hijo de Dios y del hombre: Él intercedió
y frenó tanto a uno como al otro.
En
la encarnación, sin fundirse ni mezclarse, la naturaleza
divina y la naturaleza humana se encuentran y se unen en el
modo más íntimo: éstas forman unidad
substancial en la persona del Verbo, constituyendo un ser
unitario, el Hombre-Dios Jesús. Cada una de las dos
naturalezas conserva las propias características y
la propia actividad. La unión no substrae al Verbo
nada de las perfecciones divinas y deja intacta la realidad
de la naturaleza.
Pero
lo que hace a esta unión verdaderamente única
es el hecho de que la naturaleza humana de Jesús, aun
siendo perfecta e íntegra, no se posee a sí
misma. Lo más proprio, singular e incomunicable que
hay en cada hombre, es que como hombre puede decir "yo"
y se pertenece: es una persona. En Jesús no existe
una persona humana que rija la naturaleza humana, junto a
la persona del Verbo; pero el Verbo posee y hace suya la naturaleza
humana, le hace de sujeto. La unión se suelda así,
misteriosamente, en la persona del Verbo. La humanidad es
vivificada, ennoblecida por el Verbo, es su instrumento creado,
sensible. Es una naturaleza que pertenece personalmente a
Dios y, por la persona a que pertenece, forma en unión
con la naturaleza divina poseída por el Verbo, un solo
ser, Jesucristo.
Afirma
San Antonio con la imagen estupenda y bien apropiada del
sol: "Como el rayo solar descendiendo del sol ilumina
el mundo, y sin embargo no se aleja jamás del sol,
así el Hijo de Dios, descendiendo del Padre, iluminó
el mundo, y sin embargo no se separó nunca del Padre,
porque es una sola cosa con el Padre". Y haciendo
propias las palabras de Agustín, continúa: "Allá
donde se lee: "El Verbo se ha hecho carne", reconozco
en el Verbo al verdadero Hijo de Dios, y en la carne al verdadero
Hijo del hombre, los dos juntos en una sola persona: Dios
y hombre.
La
espléndida imagen del sol hace comprender, en la medida
en que es posible al intelecto humano, también la naturaleza
de la "misión" en el seno de la Trinidad:
como entidad es un acto eterno, en el sentido terminativo
es un acto temporal que no muta las divinas personas. Es un
nuevo modo de ser, y las personas enviadas están siempre
unidas íntimamente con la persona.
Desde
el momento que el Padre amaba con infinita predilección
al Hijo, ¿Por qué ha querido su muerte en
la cruz por nuestra redención? ¿No podía
perdonar los pecados de los hombres sin el sacrificio del
Hijo? Aquí se toca la cuestión de la necesidad
de la pasión de Cristo para la salvación del
hombre. Es inútil pretender por parte de Antonio
una solución satisfactoria a esto. El primero que
ha formuló en un modo sistemático y científico
el problema tratando de encontrarle una solución, fue
San Anselmo de Aosta, con la teoría de la satisfacción
penal.
Parece
cierto que la soteriología anselmiana, basada
en el presupuesto jurídico de que la justicia divina,
herida por el pecado, debía ser recompensada y revindicada
con la muerte del Hijo inocente, no haya prendido en el
ánimo de San Antonio. Aunque si habla del Padre
airado que Jesús aplaca con sus sufrimientos, está
claro que el Santo usa sólo un lenguaje antropomórfico
derivado de la Biblia. La reconciliación operada
por la pasión de Cristo no ha producido cambio alguno
en el Padre, que es Dios inmutable; en cambio, es en el hombre
redimido que se ha realizado una transformación radical,
porque con la reconciliación él regresa a Dios
y se abre nuevamente al amor.
Antonio
concibe la redención como nueva creación
(recreatio), como un rejuvenecimiento de la humanidad,
un retorno de la humanidad a la integridad de su vida primitiva
en los hermosos días de su adolescencia.
Sin
lugar a dudas, la redención humana es un incomparable
poema de amor. Así lo concebía Pablo (cf.
Ef 5,2) y así lo concibe Antonio. Este pensamiento,
que se da a querer por la escuela franciscana, lo ilustra
con dos palabras, una del Evangelio, la otra de la Passio
s. Sebastiani: la parábola de la mujer que había
perdido una de las diez dracmas que poseía (Lc 15,8-10)
y aquella dramática del rey que había extraviado
un anillo de oro con una piedra preciosa montada. Ambas tienen
como fin poner de relieve el disgusto de Dios por la pérdida
de la humanidad y su amor, que lo ha llevado hasta el sacrificio
para reencontrarla.
La
redención es fruto de amor. Al amor se responde con
el amor. Jesús ha amado al hombre hasta el sacrificio
de su vida, merece pues ser amado por el hombre.
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