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La Basílica de San Antonio
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Casa del Pellegrino

La Trinidad
 


L. Seitz, Trinità, 1907-1908Con frecuencia el Santo evoca de nuevo en los Sermones el misterio inefable de la Trinidad.

No se trata de especulaciones abstractas, sino más bien de sublimes elevaciones de fray Antonio, que se sumerge en el esplendor de la luz trinitaria en mística contemplación y prorrumpe frecuentemente en cantos de alabanza.

Con el mismo espíritu con el cual la Iglesia en su liturgia, al finalizar cada salmo eleva la mente de los fieles al más augusto de los misterios de la fe cristiana, el Santo en los Sermones, y especialmente en las concisas fórmulas eucológicas u oraciones con que los termina, proyecta el pensamiento del creyente en la vida íntima de Dios.
En la reflexión teológica sobre la Trinidad, Antonio enuncia primero el dato y el orden de la fe, luego pasa a la demostración de la facultad humana. Primero la experiencia de la fe, de la cual forma parte esencialmente la Palabra de la revelación, y luego la especulación del intelecto, guiado y regido por el testimonio escriturístico.

Con toques de maestro, Antonio fija por doquier la doctrina trinitaria, con afirmaciones de admirable precisión. Comentando el texto eminentemente trinitario de Mateo: "Por eso, vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" (28,19), el Santo observa: "El Señor dijo "en el nombre" y no "en los nombres", para indicar la unidad de la esencia. Con los tres nombres que utiliza enseña que son tres las personas. La tesis fundamental que une y condiciona las diferentes afirmaciones sobre la Trinidad como misterio, es decir, la doctrina en relación con las tres personas divinas en su naturaleza, aparece aquí formulada en modo evidente: no un Dios triple, sino un Dios Trinidad.

Las divinas personas son absolutamente iguales. En la Trinidad, afirma Antonio, "no es necesario establecer grados, de manera que el Padre sea mayor que el Hijo y éste menor que el Padre, o que el Espíritu Santo sea menor que uno o el otro. Es necesario simplemente creer que como es el Padre, así es el Hijo y así el Espíritu Santo".

Antonio se muestra también un Maestro seguro cuando se detiene a hablar de las relaciones y procesiones de las tres divinas personas, cuando se introduce a reflexionar, con admirable claridad y profundidad, sobre las operaciones más íntimas y más vitales de la Trinidad. "El sumo origen, como dice Agustín en el libro De vera religione, es el Padre, de quien son todas las cosas y de quien proceden el Hijo y el Espíritu Santo. La perfectísima belleza es el Hijo, que es la verdad del Padre, en nada diferente a él. Y beatísimo elemento y bien supremo es el Espíritu Santo, que es el don recíproco del amor mutuo entre el Padre y el Hijo".

La revelación es la fuente y el punto de llegada de cualquier conocimiento del misterio de Dios. Sobre el dato revelado se ejercita la inteligencia humana. Ésta conoce verdaderamente a Dios en la manifestación que él hace de sí mismo, pero lo conoce con los límites de la capacidad humana.

El esfuerzo limitado del hombre ha seguido varias orientaciones y vías diversas, pero todos responden a un común y universal principio: la participación de las criaturas en el ser de Dios. La semejanza entre Dios y las criaturas es verdadera y nos enseña algo de Él realmente, pero en verdad no es una "demostración", sino más bien una "presentación" del Dios Trinidad.

Todo ser es tal en la medida de su participación en el ser absoluto de Dios. Hay pues en cada ser creado algo del propio ser de Dios. Todo esto, es pacífico, lleva una semejanza cualitativa y cuantitativa entre el ser absoluto, Dios, y el ser creado, la criatura, en la que aquel participa.

En este momento, la metafísica del ser divino, como enseña la revelación, es una metafísica en la cual la Trinidad no es algo añadido o accidental. En la última realidad de Dios la Trinidad es necesaria al igual que la unidad. Entonces, de esta estructura necesaria se deberá encontrar un reflejo, una imagen en todos los seres creados, que tienen una razón de su existencia en la participación en el ser divino. La criatura, fruto de la actividad creadora del Dios Uno y Trino, deberá testimoniar en algún modo la fuente de la cual proviene y el modelo que recalca.

De hecho, Antonio, siguiendo las huellas de San Agustín, su maestro preferido, encuentra una "trinidad creada" en la teoría psicológica agustiniana. En el alma humana él vislumbra un vestigio, aunque sea imperfecto, de la Santísima Trinidad. Si el Santo se dirige al alma del hombre para tratar de penetrar más profundamente en la inteligencia del misterio trinitario, es porque sabe que el hombre en su alma es imagen de Dios. Y la revelación enseña esto expresamente. Dios ha hecho del hombre su imagen y semejanza (cf. Gén 1,26)

Esta prerrogativa, que coloca al hombre por encima de todos los seres y como primero en la jerarquía de las cosas creadas, es constitutiva del alma humana. Por eso no es una suposición arbitraria o una aplicación artificial de una verdad filosófica o psicológica al misterio de la vida divina el basar el conocimiento del misterio divino en el conocimiento del alma humana. La mente humana tiene conciencia de su existencia, entiende y se ama a sí misma. Considerando esto, descubrimos una trinidad, no justamente Dios, sino una imagen de Dios. Esta especie de trinidad, es decir, memoria, intelecto y voluntad o amor, no son tres vidas, sino una sola vida; no tres almas sino una sola alma; no tres esencias sino una única esencia. Memoria, intelecto y voluntad o amor son tres términos distintos el uno del otro, pero que forman unidad, porque existen substancialmente en el espíritu. Este, reflexionando sobre sí, genera el pensamiento de sí mismo y del generador como del generado procede el tercer término, el amor. El alma, conociéndose, se ama a sí misma, en efecto, no podría amarse si no se conociera. El amor es una especie de abrazo que une al generador y al generado.

El análisis reflejado enseña que la memoria, el intelecto y la voluntad son tres facultades de un alma sola e idéntica. La revelación afirma que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son tres personas distintas en la unidad de una sola y misma esencia divina. Es cierto que el misterio no está explicado pero está atenuado en lo más desconcertante que podría existir para la mente humana.

Hablando del Padre, San Antonio no insiste en los atributos divinos de causalidad, de omnipotencia, de infinidad, antes bien subraya su bondad y su misericordia. La palabra "Padre" está íntimamente asociada en la mente del Santo al Dios amor, que salva a sus criaturas, que se regala a ellas. Dios Padre es amor, escribe Antonio; él solamente nos puede comunicar lo que es, el amor, con tal de que se lo pidamos en nuestras oraciones en el nombre de Cristo. El Padre es el Bien Supremo, que extiende su bondad a todos los seres existentes. Todo lo que hay sobre la tierra, en el aire, en el agua, todo lo que está en el cielo y entre los ángeles, todo lo que está dotado de inteligencia y razón, vive, se mueve y existe, todo proviene de Él, principio universal y fuente de bondad.

Entre Dios y el hombre hay una gran diferencia: el hombre se expresa en las obras para adquirir alguna cosa y aumentar la propia felicidad; Dios, a quien nada le falta, actúa exteriormente sólo para dar. El ser imperfecto, cuando se da, no puede prescindir de sí mismo, incluso en las efusiones de afecto más generosas el hombre es un poco egoísta. Sólo Dios, el Perfectísimo, la "fuente de bondad", obra gratuitamente por puro amor.

San Antonio retorna con frecuencia al tema de la misericordia del Padre, para infundir confianza en el pecador arrepentido. Él lo llama con la bella expresión de "Padre de Misericordia" porque a ninguno como a Él corresponde el atributo de la misericordia. Quien un día quiera participar al gozo del banquete celestial en el paraíso, que considere la potencia del Señor, la sabiduría de Dios, la misericordia del Padre, considere la potencia para temer, la sabiduría para conocer, la misericordia para confiar.

El Padre se conoce adecuadamente si lo contemplamos en el rostro del Hijo, el cual es la plena revelación de su amor aquí en el mundo. Antonio, denominando a Cristo Verbum Patris, Sermo Patris, Vox Patris, más que la esencia ontológica de la filiación divina del Verbo, quiere simbolizar la estrechísima relación entre el Padre y el Hijo en la historia de la salvación, historia que revela el amor y la misericordia del Padre. Podemos afirmar que en los Sermones el Santo desarrolla una teología funcional más que una teología del ser.

 



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