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Con
frecuencia el Santo evoca de nuevo en los Sermones
el misterio inefable de la Trinidad.
No se trata de especulaciones abstractas, sino más
bien de sublimes elevaciones de fray Antonio, que se sumerge
en el esplendor de la luz trinitaria en mística contemplación
y prorrumpe frecuentemente en cantos de alabanza.
Con el mismo
espíritu con el cual la Iglesia en su liturgia, al
finalizar cada salmo eleva la mente de los fieles al más
augusto de los misterios de la fe cristiana, el Santo en los
Sermones, y especialmente en las concisas fórmulas
eucológicas u oraciones con que los termina, proyecta
el pensamiento del creyente en la vida íntima de Dios.
En la reflexión teológica sobre la Trinidad,
Antonio enuncia primero el dato y el orden de la fe, luego
pasa a la demostración de la facultad humana. Primero
la experiencia de la fe, de la cual forma parte esencialmente
la Palabra de la revelación, y luego la especulación
del intelecto, guiado y regido por el testimonio escriturístico.
Con toques
de maestro, Antonio fija por doquier la doctrina trinitaria,
con afirmaciones de admirable precisión. Comentando
el texto eminentemente trinitario de Mateo: "Por eso,
vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos.
Bautícenlos en el nombre del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo" (28,19), el Santo observa: "El
Señor dijo "en el nombre" y no "en los
nombres", para indicar la unidad de la esencia. Con los
tres nombres que utiliza enseña que son tres las personas.
La tesis fundamental que une y condiciona las diferentes afirmaciones
sobre la Trinidad como misterio, es decir, la doctrina en
relación con las tres personas divinas en su naturaleza,
aparece aquí formulada en modo evidente: no un Dios
triple, sino un Dios Trinidad.
Las divinas
personas son absolutamente iguales. En la Trinidad, afirma
Antonio, "no es necesario establecer grados, de manera
que el Padre sea mayor que el Hijo y éste menor que
el Padre, o que el Espíritu Santo sea menor que uno
o el otro. Es necesario simplemente creer que como es el Padre,
así es el Hijo y así el Espíritu Santo".
Antonio se muestra
también un Maestro seguro cuando se detiene a hablar
de las relaciones y procesiones de las tres divinas personas,
cuando se introduce a reflexionar, con admirable claridad
y profundidad, sobre las operaciones más íntimas
y más vitales de la Trinidad. "El sumo origen,
como dice Agustín en el libro De vera religione,
es el Padre, de quien son todas las cosas y de quien
proceden el Hijo y el Espíritu Santo. La perfectísima
belleza es el Hijo, que es la verdad del Padre, en nada
diferente a él. Y beatísimo elemento y bien
supremo es el Espíritu Santo, que es el don recíproco
del amor mutuo entre el Padre y el Hijo".
La revelación
es la fuente y el punto de llegada de cualquier conocimiento
del misterio de Dios. Sobre el dato revelado se ejercita la
inteligencia humana. Ésta conoce verdaderamente a Dios
en la manifestación que él hace de sí
mismo, pero lo conoce con los límites de la capacidad
humana.
El esfuerzo limitado del hombre
ha seguido varias orientaciones y vías diversas, pero
todos responden a un común y universal principio: la
participación de las criaturas en el ser de Dios.
La semejanza entre Dios y las criaturas es verdadera y nos
enseña algo de Él realmente, pero en verdad
no es una "demostración", sino más
bien una "presentación" del Dios Trinidad.
Todo
ser es tal en la medida de su participación en el ser
absoluto de Dios. Hay pues en cada ser creado algo del propio
ser de Dios. Todo esto, es pacífico, lleva una
semejanza cualitativa y cuantitativa entre el ser absoluto,
Dios, y el ser creado, la criatura, en la que aquel participa.
En
este momento, la metafísica del ser divino, como enseña
la revelación, es una metafísica en la cual
la Trinidad no es algo añadido o accidental. En la
última realidad de Dios la Trinidad es necesaria al
igual que la unidad. Entonces, de esta estructura necesaria
se deberá encontrar un reflejo, una imagen en todos
los seres creados, que tienen una razón de su existencia
en la participación en el ser divino. La criatura,
fruto de la actividad creadora del Dios Uno y Trino, deberá
testimoniar en algún modo la fuente de la cual proviene
y el modelo que recalca.
De
hecho, Antonio, siguiendo las huellas de San Agustín,
su maestro preferido, encuentra una "trinidad creada"
en la teoría psicológica agustiniana.
En el alma humana él vislumbra un vestigio, aunque
sea imperfecto, de la Santísima Trinidad. Si el Santo
se dirige al alma del hombre para tratar de penetrar más
profundamente en la inteligencia del misterio trinitario,
es porque sabe que el hombre en su alma es imagen de Dios.
Y la revelación enseña esto expresamente. Dios
ha hecho del hombre su imagen y semejanza (cf. Gén
1,26)
Esta
prerrogativa, que coloca al hombre por encima de todos los
seres y como primero en la jerarquía de las cosas creadas,
es constitutiva del alma humana. Por eso no es una suposición
arbitraria o una aplicación artificial de una verdad
filosófica o psicológica al misterio de la vida
divina el basar el conocimiento del misterio divino en el
conocimiento del alma humana. La mente humana tiene conciencia
de su existencia, entiende y se ama a sí misma. Considerando
esto, descubrimos una trinidad, no justamente Dios, sino una
imagen de Dios. Esta especie de trinidad, es decir, memoria,
intelecto y voluntad o amor, no son tres vidas, sino una sola
vida; no tres almas sino una sola alma; no tres esencias sino
una única esencia. Memoria, intelecto y voluntad
o amor son tres términos distintos el uno del otro,
pero que forman unidad, porque existen substancialmente en
el espíritu. Este, reflexionando sobre sí,
genera el pensamiento de sí mismo y del generador como
del generado procede el tercer término, el amor. El
alma, conociéndose, se ama a sí misma, en efecto,
no podría amarse si no se conociera. El amor es
una especie de abrazo que une al generador y al generado.
El
análisis reflejado enseña que la memoria, el
intelecto y la voluntad son tres facultades de un alma sola
e idéntica. La revelación afirma que el Padre,
el Hijo y el Espíritu Santo son tres personas distintas
en la unidad de una sola y misma esencia divina. Es cierto
que el misterio no está explicado pero está
atenuado en lo más desconcertante que podría
existir para la mente humana.
Hablando
del Padre, San Antonio no insiste en los atributos divinos
de causalidad, de omnipotencia, de infinidad, antes bien subraya
su bondad y su misericordia. La palabra "Padre"
está íntimamente asociada en la mente del Santo
al Dios amor, que salva a sus criaturas, que se regala a ellas.
Dios Padre es amor, escribe Antonio; él solamente
nos puede comunicar lo que es, el amor, con tal de que se
lo pidamos en nuestras oraciones en el nombre de Cristo.
El Padre es el Bien Supremo, que extiende su bondad a todos
los seres existentes. Todo lo que hay sobre la tierra, en
el aire, en el agua, todo lo que está en el cielo y
entre los ángeles, todo lo que está dotado de
inteligencia y razón, vive, se mueve y existe, todo
proviene de Él, principio universal y fuente de bondad.
Entre
Dios y el hombre hay una gran diferencia: el hombre se expresa
en las obras para adquirir alguna cosa y aumentar la propia
felicidad; Dios, a quien nada le falta, actúa exteriormente
sólo para dar. El ser imperfecto, cuando se da,
no puede prescindir de sí mismo, incluso en las efusiones
de afecto más generosas el hombre es un poco egoísta.
Sólo Dios, el Perfectísimo, la "fuente
de bondad", obra gratuitamente por puro amor.
San
Antonio retorna con frecuencia al tema de la misericordia
del Padre, para infundir confianza en el pecador arrepentido.
Él lo llama con la bella expresión de "Padre
de Misericordia" porque a ninguno como a Él corresponde
el atributo de la misericordia. Quien un día quiera
participar al gozo del banquete celestial en el paraíso,
que considere la potencia del Señor, la sabiduría
de Dios, la misericordia del Padre, considere la potencia
para temer, la sabiduría para conocer, la misericordia
para confiar.
El
Padre se conoce adecuadamente si lo contemplamos en el rostro
del Hijo, el cual es la plena revelación de su
amor aquí en el mundo. Antonio, denominando a Cristo
Verbum Patris, Sermo Patris, Vox Patris, más que la
esencia ontológica de la filiación divina del
Verbo, quiere simbolizar la estrechísima relación
entre el Padre y el Hijo en la historia de la salvación,
historia que revela el amor y la misericordia del Padre.
Podemos afirmar que en los Sermones el Santo desarrolla
una teología funcional más que una teología
del ser.
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