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El
Antonio teólogo, deudor de San Agustín en el
pensamiento, pero muy personal y original, sabe conjugar la
luz de la inteligencia y el afecto del corazón,
la búsqueda de la especulación con el ejercicio
de la virtud, el estudio con la oración, como decía
su seráfico Padre.
Este método, introducido tan sabiamente en las
escuelas del Santo, será más tarde reconocido
por San Buenaventura como propio de la Orden franciscana.
Una vez alcanzada la verdad por medio de la fe, Antonio, siguiendo
las huellas de Agustín y de Anselmo, emplea incesantemente
la razón para "entender", para recoger
la verdad abrazada y amada mediante el don de la fe (fides
quaerens intellectum). Para el Santo, creer no es
abandonarse en el sentido nirvánico, sino la aceptación
de un continuo diálogo dialéctico entre la fe
y la razón, entre el hombre y Dios.
El
Antonio teólogo sigue siendo el Antonio de la profunda
exigencia racional, pero es también el mejor Antonio.
Por una parte, la exigencia de una racionalidad lógica
se abre a la pura gratuidad de la gracia que revela y salva
al hombre; por la otra, la racionalidad de Antonio se
expresa en entusiasmo, en admiración, en emoción,
según la más genuina tradición de la teología
monástica y de San Bernardo. La
especulación mística antoniana es, como
la define el propio Santo, una conversación o especulación
sutil sobre las verdades celestiales, traducidas en deseo
y aspiración de Dios; el acto que le permite al justo
elevarse hacia el horizonte de la realidad de Dios. Un Dios
que no es el filosófico, sino el Dios de la historia
real del hombre, suspendida entre el pecado y la gracia,
entre la salvación y la perdición, entre el odio
y el amor; pero en la que la gracia, la salvación y el
amor son la realidad que verdaderamente cuenta y tiene peso.
Antonio
amaba meditar sobre Dios no por un ejercicio puramente intelectual.
Lo testimonia el grito de "Video Dominum meum",
que ponía como un sello a toda su vida. Dios es
el ideal hacia el cual se orientaba toda su vida.
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