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La Basílica de San Antonio
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Casa del Pellegrino

Doctor evangélico
 
P. Veneziano, Sant'Antonio, sec. XIVSan Antonio fue el primer docente autorizado y el primer gran escritor de la Orden franciscana. Sus escritos redactados en forma de sermones - los Sermones dominicales con un apéndice de Sermones marianos y de Sermones de sanctis (estos últimos inconclusos) - reflejan el estado doctrinal de que fuera la primera manifestación de la teología franciscana, elaborada cuando San Francisco aún vivía, no sin una preocupación de su parte porque el estudio así favorecido no apagara el espíritu de la santa oración.

La enseñanza teológica de Antonio es una enseñanza esencialmente bíblica. Estudiar teología significa para él, como se expresaban entonces todos los teólogos, estudiar la Sagrada Escritura. Él se encarga de establecer el sentido literal y el sentido espiritual (alegórico, moral, anagógico) de la palabra de Dios revelada, tratando de agotar, como verdadero hijo de San Agustín, la plenitud de la Palabra de Dios.

En efecto, Antonio considera el sentido alegórico, moral, anagógico, como algo presente ya en el sentido literal de la Sagrada Escritura. Él considera el triple sentido espiritual como un proceso de crecimiento.

Del sentido literal nace el alegórico, del alegórico el moral, del moral el anagógico.

  • el alegórico "edifica la fe",
  • el moral "enseña a vivir honestamente y con su dulzura traspasa el ánimo y toca suavemente la mente de los oyentes",
  • el anagógico "trata de la plenitud del gozo y de la beatitud celestial".

Por la audaz libertad con que Antonio trata la Sagrada Escritura, se le puede aplicar lo que un autor escribe de San Bernardo: "No explica la Escritura, antes bien la aplica; no la ilumina, sino que lo ilumina todo con ella; y ante todo el corazón humano" (H. DE LUBAC).

Para el Santo toda la Sagrada Escritura es esencialmente historia de la salvación. Según el sentido literal ésta narra aquellas realidades que han salvado la humanidad. En el alegórico las realidades históricas no están excluidas, sino comprendidas en su pleno sentido; éste da la plena verdad y realidad de la historia que tiene su centro en Cristo. Del mismo modo que el alegórico se basa en el literario, así el moral se funda en el alegórico.

Ya que la moral es la fe vivida o la encarnación de la fe en la vida cristiana, el cristiano no se puede limitar a creer una verdad sin expresarla en su vida. El sentido moral después tiende al anagógico, cuyo objeto es la conclusión escatológica de la historia de la salvación. La anagogía es pues la última coronación, la verdadera llave para comprender la entera historia de la salvación.

Mientras Juan Cassiano en la comprensión espiritual de la Escritura pone el sentido moral antes del alegórico y del anagógico, y a la revelación hace preceder la moral natural, Antonio, en cambio, hace depender el sentido moral del alegórico.

La ley moral regula el desarrollo de la vida cristiana. Esta se tiende entre un ser y un devenir, entre una realidad y una esperanza, entre un "ya" y un "todavía no". Con el bautismo el ser natural del hombre se ha "revestido de Cristo" (cf. Gal 3,27). El hombre está "ya" en Cristo, pero todavía no es Cristo. Él debe transformarse en Jesús, debe convertirse en Jesucristo.

Esta es la esperanza, el "todavía no" de la vida cristiana, en continua tensión hacia la vida futura. Bajo este aspecto se puede comprender la importancia que el Santo da en su predicación al sentido moral, porque este mira al progreso de la vida espiritual. En efecto, en los Sermones él toma en consideración no la herejía sino la gran decadencia moral como el verdadero mal de su tiempo. Él ve todas las desviaciones en el campo de la fe como consecuencia de las desviaciones morales. "Mientras más guste la predicación moral, más aferra el espíritu del oyente, porque las costumbres son corruptas. Por eso se debe cuidar más la predicación moral, que conduce a predicar las virtudes morales, que la predicación alegórica que ofrece cognición sobre la fe. Por gracia de Dios, la fe ya está extendida por toda la tierra".

En la obra antoniana la Sagrada Escritura ocupa un puesto fundamental, también porque la usanza del tiempo hacía de la Escritura la fuente fundamental y casi exclusiva de la enseñanza teológica. La Sagrada Escritura era para los maestros de París la principal materia de la lectio, el objeto supremo de toda la hermenéutica teológica y la condensación de la verdadera ciencia.

Y así era para Antonio que en las aulas de Santa Cruz de Coimbra había aprendido a amar y a apreciar la Escritura; de ahí el alto concepto que el Santo tiene de la Palabra de Dios, hasta llegar a escribir que "en el Antiguo y en el Nuevo Testamento está la plenitud de toda aquella ciencia, la única que se debe saber, la única que hace sabios"; "del texto de las páginas sagradas emana la inteligencia de las Escrituras. Del mismo modo que el oro es más precioso que todos los otros metales, así la inteligencia de la Escritura supera a todas las demás ciencias. Quien no conoce la Escritura no sabe absolutamente nada".

El conocimiento que tenía de ésta era tan vasto y profundo que como decían las antiguas leyendas, si hubieran sido destruidos todos los libros sagrados habría bastado la memoria del Santo para volver a escribirlos.



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