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San
Antonio fue el primer docente autorizado y el primer gran
escritor de la Orden franciscana. Sus escritos redactados
en forma de sermones - los Sermones dominicales
con un apéndice de Sermones marianos y
de Sermones de sanctis (estos últimos inconclusos)
- reflejan el estado doctrinal de que fuera la primera manifestación
de la teología franciscana, elaborada cuando San Francisco
aún vivía, no sin una preocupación de su
parte porque el estudio así favorecido no apagara el
espíritu de la santa oración.
La
enseñanza teológica de Antonio es una enseñanza
esencialmente bíblica. Estudiar teología significa
para él, como se expresaban entonces todos los teólogos,
estudiar la Sagrada Escritura. Él se encarga de
establecer el sentido literal y el sentido espiritual
(alegórico, moral, anagógico) de la palabra
de Dios revelada, tratando de agotar, como verdadero hijo
de San Agustín, la plenitud de la Palabra de Dios.
En
efecto, Antonio considera el sentido alegórico, moral,
anagógico, como algo presente ya en el sentido literal
de la Sagrada Escritura. Él considera el triple sentido
espiritual como un proceso de crecimiento.
Del
sentido literal nace el alegórico, del alegórico
el moral, del moral el anagógico.
-
el alegórico "edifica la fe",
-
el moral "enseña a vivir honestamente
y con su dulzura traspasa el ánimo y toca suavemente
la mente de los oyentes",
- el
anagógico "trata de la plenitud del
gozo y de la beatitud celestial".
Por
la audaz libertad con que Antonio trata la Sagrada Escritura,
se le puede aplicar lo que un autor escribe de San Bernardo:
"No explica la Escritura, antes bien la aplica; no la
ilumina, sino que lo ilumina todo con ella; y ante
todo el corazón humano" (H. DE LUBAC).
Para el Santo toda la Sagrada Escritura es esencialmente historia
de la salvación. Según el sentido literal ésta
narra aquellas realidades que han salvado la humanidad. En
el alegórico las realidades históricas no están
excluidas, sino comprendidas en su pleno sentido; éste
da la plena verdad y realidad de la historia que tiene su
centro en Cristo. Del mismo modo que el alegórico se
basa en el literario, así el moral se funda en el alegórico.
Ya
que la moral es la fe vivida o la encarnación de la
fe en la vida cristiana, el cristiano no se puede limitar
a creer una verdad sin expresarla en su vida. El sentido
moral después tiende al anagógico, cuyo objeto
es la conclusión escatológica de la historia
de la salvación. La anagogía es pues la última
coronación, la verdadera llave para comprender la entera
historia de la salvación.
Mientras
Juan Cassiano en la comprensión espiritual de la Escritura
pone el sentido moral antes del alegórico y del anagógico,
y a la revelación hace preceder la moral natural, Antonio,
en cambio, hace depender el sentido moral del alegórico.
La
ley moral regula el desarrollo de la vida cristiana. Esta
se tiende entre un ser y un devenir, entre una realidad y
una esperanza, entre un "ya" y un "todavía
no". Con el bautismo el ser natural del hombre se ha
"revestido de Cristo" (cf. Gal 3,27). El hombre
está "ya" en Cristo, pero todavía
no es Cristo. Él debe transformarse en Jesús,
debe convertirse en Jesucristo.
Esta
es la esperanza, el "todavía no" de la vida
cristiana, en continua tensión hacia la vida futura.
Bajo este aspecto se puede comprender la importancia
que el Santo da en su predicación al sentido moral,
porque este mira al progreso de la vida espiritual. En
efecto, en los Sermones él toma en consideración
no la herejía sino la gran decadencia moral como el
verdadero mal de su tiempo. Él ve todas las desviaciones
en el campo de la fe como consecuencia de las desviaciones
morales. "Mientras más guste la predicación
moral, más aferra el espíritu del oyente, porque
las costumbres son corruptas. Por eso se debe cuidar más
la predicación moral, que conduce a predicar las virtudes
morales, que la predicación alegórica que ofrece
cognición sobre la fe. Por gracia de Dios, la fe ya
está extendida por toda la tierra".
En
la obra antoniana la Sagrada Escritura ocupa un puesto
fundamental, también porque la usanza del tiempo
hacía de la Escritura la fuente fundamental
y casi exclusiva de la enseñanza teológica.
La Sagrada Escritura era para los maestros de París
la principal materia de la lectio, el objeto supremo de toda
la hermenéutica teológica y la condensación
de la verdadera ciencia.
Y
así era para Antonio que en las aulas de Santa Cruz
de Coimbra había aprendido a amar y a apreciar la Escritura;
de ahí el alto concepto que el Santo tiene de la Palabra
de Dios, hasta llegar a escribir que "en el Antiguo
y en el Nuevo Testamento está la plenitud de toda aquella
ciencia, la única que se debe saber, la única
que hace sabios"; "del texto de las páginas
sagradas emana la inteligencia de las Escrituras. Del mismo
modo que el oro es más precioso que todos los otros
metales, así la inteligencia de la Escritura supera
a todas las demás ciencias. Quien no conoce la Escritura
no sabe absolutamente nada".
El conocimiento que tenía de ésta era tan vasto
y profundo que como decían las antiguas leyendas, si
hubieran sido destruidos todos los libros sagrados habría
bastado la memoria del Santo para volver a escribirlos.
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