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La Basílica de San Antonio
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¿De qué hablan los Sermones?

Miniatura con san Luca, da un manoscritto di Grottaferrata, sec. XIIILos Sermones, en general, hablan de la fe y de las buenas costumbres.

El Santo enseña la pastoral a los predicadores: cómo deben enseñar a los fieles la doctrina del evangelio, cómo deben administrar los sacramentos, sobre todo la penitencia y la eucaristía.

Al hacer esto, recurre a la orden, a la persuasión, a la enseñanza y también a la amarga reprimenda. Con frecuencia une la enseñanza a la reprimenda. Primero enseña cuales deben ser las costumbres de los sacerdotes y de los prelados, por lo tanto expone cuales son éstas en realidad.

Con frecuencia San Antonio trata también problemas relacionados con la sociedad civil y la eclesiástica. En la sociedad civil distingue las diferentes clases de personas: están el emperador, el rey, los militares, los burgueses o ciudadanos; están los mayores y los menores, los ricos poderosos y los pobres, los "campesinos", o sea los habitantes del campo; están los mercaderes, los legistas o decretistas, o sea los abogados.

En la Iglesia aparecen los prelados y sus súbditos, o sea los obispos y sus fieles; los justos, o sea los fieles practicantes, los herejes y los cismáticos; los falsos cristianos y los simoníacos. Junto a los fieles se encuentran después los sarracenos y los judíos. Los fieles son, según su forma de vida: ermitaños, monásticos, penitentes; o: clérigos, religiosos y seculares. Los fieles, en cuanto penitentes y en razón de la vida que practican son: contemplativos, predicadores o de vida activa…

San Antonio formula juicios sobre estas dos sociedades, la civil y la eclesiástica, pero siempre en relación con las costumbres, y su juicio sobre la situación del tiempo es de severa condena: "¡Las costumbres son depravadas!", tanto en los mayores como en los menores, en la sociedad civil, tanto en los clérigos como en los laicos, en la Iglesia; en los prelados como en los clérigos, tanto en los clérigos como en los religiosos, en suma en toda la sociedad eclesiástica. Por doquier reina la codicia, es decir, la soberbia y la vanagloria; la libídine del dinero, o sea la avaricia y la envidia; la libídine de la carne, o sea la gula y la lujuria.

Después de la exposición de los deberes, sigue siempre la desaprobación de los vicios. No hemos podido saber si el Santo, en su condena general, se refiere a hechos o personas aisladas, pero sus palabras, tan severas y precisas lo hacen sospechar.

Quien buscara allí la ingenua expresión franciscana de los orígenes, quedaría desilusionado e irritado. Sin embargo, la sustancia franciscana está presente, traducida en términos bíblico-patrísticos, en un latín abigarrado y refinado, en una expresión lacónica, pasional, muy rica de imaginación.

Palpita dentro la pasión por la "penitencia", es decir, la conversión de una vida fatua y maléfica a la existencia evangélica. Descubrimos la predilección por los humildes, los pobres, los simples, los marginados, por la salvación de aquellos por los que Antonio se entregó completamente. Está presente el ardor por la incesante y radical reforma de la Iglesia y de sus pastores, expresada en un lenguaje vehemente, indignado, a veces candente, otras desolado y turbado. Está la ternura hacia Jesús niño y crucificado, un ímpetu de cálida devoción a la Virgen pobre y gloriosa: temas de la piedad del XIII, destinados a arraigarse en la religiosidad popular.

Observamos allí el anhelo de la perfección cristiana, de la separación de las caducas y falsas realidades terrenales, del amor por la Virgen de la Pobreza, a la nostalgia por el cielo. La forma resulta entonces amplia deudora de la tradición cultural de la Iglesia, mientras los contenidos están vitalmente impregnados de sensibilidad franciscana, aquella primavera espiritual de la cual Antonio fue uno de los mayores protagonistas.



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