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¿De
qué hablan los Sermones?
Los
Sermones, en general, hablan de la fe y de las
buenas costumbres.
El Santo enseña la pastoral a los predicadores:
cómo deben enseñar a los fieles la doctrina del evangelio,
cómo deben administrar los sacramentos, sobre todo la penitencia
y la eucaristía.
Al
hacer esto, recurre a la orden, a la persuasión,
a la enseñanza y también a la amarga reprimenda.
Con frecuencia une la enseñanza a la reprimenda.
Primero enseña cuales deben ser las costumbres de los
sacerdotes y de los prelados, por lo tanto expone cuales son
éstas en realidad.
Con
frecuencia San Antonio trata también problemas relacionados
con la sociedad civil y la eclesiástica. En la
sociedad civil distingue las diferentes clases de personas:
están el emperador, el rey, los militares, los burgueses
o ciudadanos; están los mayores y los menores, los
ricos poderosos y los pobres, los "campesinos",
o sea los habitantes del campo; están los mercaderes,
los legistas o decretistas, o sea los abogados.
En
la Iglesia aparecen los prelados y sus súbditos,
o sea los obispos y sus fieles; los justos, o sea los fieles
practicantes, los herejes y los cismáticos; los falsos
cristianos y los simoníacos. Junto a los fieles se
encuentran después los sarracenos y los judíos.
Los fieles son, según su forma de vida: ermitaños,
monásticos, penitentes; o: clérigos, religiosos
y seculares. Los fieles, en cuanto penitentes y en razón
de la vida que practican son: contemplativos, predicadores
o de vida activa
San
Antonio formula juicios sobre estas dos sociedades, la civil
y la eclesiástica, pero siempre en relación
con las costumbres, y su juicio sobre la situación
del tiempo es de severa condena: "¡Las costumbres
son depravadas!", tanto en los mayores como en los menores,
en la sociedad civil, tanto en los clérigos como en
los laicos, en la Iglesia; en los prelados como en los clérigos,
tanto en los clérigos como en los religiosos, en suma
en toda la sociedad eclesiástica. Por doquier reina
la codicia, es decir, la soberbia y la vanagloria; la libídine
del dinero, o sea la avaricia y la envidia; la libídine
de la carne, o sea la gula y la lujuria.
Después
de la exposición de los deberes, sigue siempre la desaprobación
de los vicios. No hemos podido saber si el Santo, en su
condena general, se refiere a hechos o personas aisladas,
pero sus palabras, tan severas y precisas lo hacen sospechar.
Quien
buscara allí la ingenua expresión franciscana
de los orígenes, quedaría desilusionado e irritado.
Sin embargo, la sustancia franciscana está presente,
traducida en términos bíblico-patrísticos,
en un latín abigarrado y refinado, en una expresión
lacónica, pasional, muy rica de imaginación.
Palpita
dentro la pasión por la "penitencia", es
decir, la conversión de una vida fatua y maléfica
a la existencia evangélica. Descubrimos la predilección
por los humildes, los pobres, los simples, los marginados,
por la salvación de aquellos por los que Antonio se
entregó completamente. Está presente el ardor
por la incesante y radical reforma de la Iglesia y de sus
pastores, expresada en un lenguaje vehemente, indignado, a
veces candente, otras desolado y turbado. Está la ternura
hacia Jesús niño y crucificado, un ímpetu
de cálida devoción a la Virgen pobre y gloriosa:
temas de la piedad del XIII, destinados a arraigarse en la
religiosidad popular.
Observamos
allí el anhelo de la perfección cristiana,
de la separación de las caducas y falsas realidades
terrenales, del amor por la Virgen de la Pobreza, a la nostalgia
por el cielo. La forma resulta entonces amplia deudora de
la tradición cultural de la Iglesia, mientras los
contenidos están vitalmente impregnados de sensibilidad
franciscana, aquella primavera espiritual de la cual Antonio
fue uno de los mayores protagonistas.
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