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La
oración requiere una atmósfera de silencio,
ante todo interior, de fuga de las distracciones provocadas
por las preocupaciones que trastornan y agitan el alma que
ora.
Y es necesario el silencio del bullicio exterior que
turba la paz interior del espíritu, condición
del encuentro con Cristo, el maestro que habla
al alma.
El deseo de un silencio más profundo y de una soledad
más intensa induce a Antonio a abandonar el monasterio
agustino de San Vicente de Lisboa, para retirarse en
el de Santa Cruz de Coimbra, importante centro de cultura
y espiritualidad en Portugal.
Allí donde todo habla a su corazón de Jesús
crucificado, Antonio bebe como un ciervo sediento la sublime
sabiduría de la cruz.
Por los primeros biógrafos se sabe que después
del capítulo general celebrado en Asís entre
el 30 de mayo y el 8 de junio de 1221, Antonio obtiene de
fray Graciano, ministro provincial de la Romaña, el
permiso de retirarse a la ermita de Montepaolo. El
Santo siente la necesidad de la soledad física, del
silencio exterior, para llevar una vida de oración
y de contemplación más intensa.
Si
bien a fray Antonio le interesa la salvación de las
almas por las que no escatima ni molestias ni fatigas, de
todos modos, después de haber experimentado la vida
itinerante para anunciar a las multitudes la Palabra de Dios,
él siente continuamente la atracción y el
llamado de la soledad. Los pies desnudos del fraile menor
pronto se cubren del polvo de las calles. Pero Antonio, como
el Padre Seráfico, piensa que "están
empolvados los pies espirituales", que hay que lavar
en las límpidas aguas de la soledad.
Tomás
de Celano narra cómo San Francisco resolvía
personalmente la tensión entre acción y contemplación.
El fundador de la Orden de los Frailes Menores se había
acostumbrado a descuidar sus propios intereses para dedicarse
al bien del prójimo. Sobre todo deseaba superar el
obstáculo de su cuerpo para unirse a Cristo. Por eso
ponía mucho cuidado en mantenerse alejado y libre de
las cosas del mundo. A menudo se retiraba a lugares solitarios
para elevar el alma a Dios, aunque sin dejar de entrar en
acción en el momento oportuno para ponerse al servicio
del prójimo.
Como
el padre seráfico, San Antonio alternaba la vida apostólica
de la predicación itinerante con períodos
más o menos prolongados de retiro en la soledad.
La irresistible atracción de una vida completamente
absorta en Dios, se va agudizando de cuando en cuando. Entonces,
no bastándole una ermita, ama refugiarse en cualquier
gruta desconocida y en lugares verdaderamente apartados para
abrirse en oración.
De
este modo, predicando en Francia, se retiró
a la gruta de Brive. En Italia, se apartó
de acuerdo con una antigua tradición al monte de la
Verna y ciertamente a Camposampiero, en las
cercanías de Padua, donde fue afectado por la enfermedad
que en breve tiempo lo condujo a la muerte.
Parece
que desde que Cristo, maestro de toda santidad y de todo apostolado,
nació en una gruta, quien quiera que después
de Él y por medio de Él quiera realizar los
mismos ideales de vida debe esconderse en el recogimiento
de la soledad, para lograr encontrarse a sí mismo en Dios
y a Dios en sí mismo, solamente en la oración solitaria.
Esto significa buscar a Dios en verdad: sustraerse a las
ilusiones y a los placeres, tener la mente libre
de toda ansia y de todo deseo terrenal para estar a disposición
del Padre celestial.
Texto
de Antonio Giuseppe Nocilli, adaptado por p. Paolo Floretta
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