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Entre
las virtudes, la que más conduce a la contemplación
es la caridad.
Esta es la fuente inmediata de la cual brota el placer místico.
Fiel al principio evangélico de que todo se resume
en el amor, Antonio no titubea al decir que la esencia
de la contemplación está constituida por la
observación de dos preceptos "gemelos" de
la caridad: "Dos cosas, el amor de Dios y del prójimo,
hacen perfecto al hombre".
Son
numerosos los elementos presentes en los Sermones antonianos,
de los que se puede advertir la importancia que tiene el
amor gemelo en la doctrina espiritual de Antonio. Esta
se caracteriza por la intensidad afectiva propia de
los franciscanos de la primera generación, enriquecida
por un corte intelectual debido a la cultura teológica
del Santo.
En
la doctrina sobre el amor Antonio se inspira en Agustín
y en Bernardo, en particular en el primero, pero él
lo ilumina con su genio y la fecundidad de su temperamento
místico.
Ante
todo parte de la explicación etimológica tan
de su gusto. El amor se dice dilectio porque
"liga entre sí a dos personas. La dilección,
que es amor de Dios y del prójimo, comienza por dos.
La obligación del amor gemelo aparece en Antonio
como cumplimiento de la orden divina; en su observación
se resume toda la perfección de la tierra y del cielo
(cf Lc 10,25-28; Dt 6,5).
El
Santo acentúa el carácter preeminente del
amor gemelo remitiéndose a la definición
de Dios dada por San Juan: "Dios es amor" (1Jr 4,8-16).
La identificación de la caridad con Dios lo lleva de
inmediato a enunciar algunos principios en que se basa su
doctrina sobre el amor. Primer principio: Dios es el objeto
propio del amor "en sí y para sí". El amor de
Dios es para Antonio lo más esencial que se pueda.
Segundo principio: la caridad debe ser considerada la virtud
principal, el vértice de todas las virtudes.
Los
amores en el hombre
Coherente
con la enseñanza divina, Antonio distingue tres
tipos de amor en el hombre: el amor de Dios, del
prójimo y de sí mismo, y a propósito,
refiere una metáfora de San Isidoro de Sevilla,
según la cual el águila pone tres huevos,
dos en el nido y el tercero fuera, para no debilitarse teniendo
que dar el sostén necesario a tres aguiluchos.
El Santo representa en los tres huevos el triple amor de Dios,
del prójimo y de sí mismo; y concluye que el hombre
debe excluir del "nido de la propia conciencia"
el amor por sí mismo para mantener vivos los dos primeros,
por el hecho de que el amor particular (amor privatus),
limitado a los placeres del mundo, es un obstáculo
al amor de Dios y del prójimo. Antonio acentúa
de nuevo la inconciliabilidad entre los dos amores, de Dios
y de sí mismo, cuando afirma que el amor de Dios crece en
la medida en que el otro disminuye.
A
las personas deseosas de progresar en la vida espiritual,
el Santo recomienda no vivir abandonadas a continuas preocupaciones
terrenales. Porque Dios se comunica sólo al hombre
que sale de los recintos de las cómodas seguridades
y se pone a disposición de la acción de la gracia.
Él
mismo da un ejemplo de ello. Deja el mundo, substituye las
perspectivas de una brillante carrera mundana, facilitada
por la consistente posición social de la familia, con
el arduo camino de la cruz. A partir de este momento la vida
de Antonio es una prolongada inmersión en la contemplación
de Dios.
El
hombre se acerca y se une a Dios en la medida en que el amor
se convierte en el resorte de su conducta y "conforma"
su proceder.
Contemplación
y acción, vidas gemelas
Al
amor de Dios y del prójimo, corresponde en Antonio,
la distinción de la vida en contemplativa y activa,
la primera consagrada a la unión mística con
Dios, la segunda destinada a socorrer al prójimo. Naturalmente,
hay una cierta subordinación de la vida activa a
la contemplativa, debido a la excelencia del objeto de
esta última. El amor del prójimo tiene sus bases
en el amor de Dios, quien ha creado al hombre, objeto del
segundo amor.
Del
mismo modo en que la interdependencia esencial entre el amor
de Dios y del prójimo lleva al Santo a definirlos gemelos,
la subordinación de la vida activa a la contemplativa
lo conduce a llamar "gemelas" a ambas vidas.
Para Antonio el estado de perfección cristiana no
se resuelve ni en la sola acción ni en la sola contemplación,
sino en la conciliación de una y otra.
Hablando
de la escala de Jacob, Antonio invita a todos a subir,
porque una vez alcanzada la cima es posible contemplar a Dios
y disfrutar de su dulzura. Una vez conseguida la perfección
y una siempre creciente agilidad del espíritu en la
intimidad con Dios, el contemplativo desciende después
de aquella escala para difundir entre los demás la
carga de su amor divino y consolar al prójimo. De inspiración
platónica, este movimiento de ascensión y
descenso o, mejor dicho, de ida y vuelta, constituye
un itinerario de gran interés espiritual. La vida del
hombre justo se desata en dos movimientos, de ida hacia
la contemplación y de descenso a la acción.
Lo exige y supone la naturaleza del amor gemelo. Los santos,
escribe Antonio después de San Gregorio Magno, pasan
de la vida contemplativa a la activa. No pudiendo quedarse
siempre suspendidos en las esferas místicas, continúan
con la acción después de la contemplación
por el bien de los demás.
La vida
cristiana, un canto de dos coros 
La
vida del cristiano es unión de oración
y alabanza. La oración debe continuar
con una vida donada al bien de los hermanos por la gloria
de Dios.
Fray
Antonio establece como una ecuación entre el obrar
y el orar ininterrumpidamente. Hacer el bien y orar continuamente
son dos actividades complementarias, armonizables, que glorifican
a Dios como un canto de dos coros, que asciende de
la vida cotidiana del creyente. La armonía unificadora
es en fondo una necesidad mutua. La acción, sin
la oración, no tendrá ni luz ni sabor (lucerna
sine oleo, opus sine devozione).
Texto
de Antonio Giuseppe Nocilli, adaptado por p. Paolo Floretta
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