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La Basílica de San Antonio
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Casa del Pellegrino

Creer y amar
 


L. Galdiolo, Icona di sant'Antonio, sec. XVILa fe debe estar animada por el amor (credere in Deum est credendo amare).

La fe sin el amor es inútil. El amor es tan esencial en la vida de fe que sin él no puede subsistir y muere.

El amor, ya existente en la esencia de la fe, se manifiesta en la actividad contemplativa como ardiente deseo de Dios (appetitus regni), la cual es para el Santo una de las cuatro "alas" que permiten al hombre justo escapar de los cuidados de la vida para sumergirse plenamente en Dios.

Si bien por una parte Antonio concede una primacía al amor conforme a la escuela franciscana, por la otra no deprime la inteligencia, antes bien la asocia íntimamente al amor como su inseparable compañera en el camino místico hacia Dios. La contemplación es para él un acto de conocimiento y de amor, es cognición amante. Esta, lo repite en todos los tonos, es un gusto, pero también una intuición, una visión intelectual, por la cual el alma fija la mirada en el sol de la divinidad. El alma del contemplativo es como un acueducto por el que pasan las aguas de los "conocimientos espirituales". Esta, en la sencillez, contempla a Dios.

En los Sermones hay una expresión escultural en plena consonancia con toda la doctrina de Antonio sobre la primacía del amor: "Dios fija la mirada en el corazón cuando infunde… la luz de la contemplación". Aquí en la tierra, la luz del alma es el amor, de por sí solo supera cualquier velo. Allí donde se detiene el intelecto, procede el amor, que con su calor conduce a la unión con Dios. Naturalmente, el alma no posee la visión inmediata de la esencia o sustancia divina, no ve a Dios como es en sí (quizás esto sucedió sólo a Moisés y a San Pablo); pero en la potencia del amor se llega a Dios, formando un todo con Él, según el conocido pasaje paulino al que se refiere el propio Antonio: "quien se une al Señor, forma con él un mismo espíritu" (1Cor 6,17). El conocimiento que el alma tiene de la divinidad es mediato: es decir que Dios es conocido experimentalmente a través de los efectos de dulzura y de placer espiritual que la unión con Dios produce en el alma.

Texto de Antonio Giuseppe Nocilli, adaptado por p. Paolo Floretta



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