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La
fe debe estar animada por el amor (credere in Deum est
credendo amare).
La fe sin el amor es inútil. El amor es tan
esencial en la vida de fe que sin él no puede subsistir
y muere.
El
amor, ya existente en la esencia de la fe, se manifiesta
en la actividad contemplativa como ardiente deseo de
Dios (appetitus regni), la cual es para el Santo
una de las cuatro "alas" que permiten al hombre
justo escapar de los cuidados de la vida para sumergirse plenamente
en Dios.
Si
bien por una parte Antonio concede una primacía
al amor conforme a la escuela franciscana, por la otra
no deprime la inteligencia, antes bien la asocia íntimamente
al amor como su inseparable compañera en el camino
místico hacia Dios. La contemplación
es para él un acto de conocimiento y de amor, es cognición
amante. Esta, lo repite en todos los tonos, es un gusto,
pero también una intuición, una visión
intelectual, por la cual el alma fija la mirada en el sol
de la divinidad. El alma del contemplativo es como un acueducto
por el que pasan las aguas de los "conocimientos espirituales".
Esta, en la sencillez, contempla a Dios.
En
los Sermones hay una expresión escultural en
plena consonancia con toda la doctrina de Antonio sobre la
primacía del amor: "Dios fija la mirada en
el corazón cuando infunde
la luz de la contemplación".
Aquí en la tierra, la luz del alma es el amor,
de por sí solo supera cualquier velo. Allí
donde se detiene el intelecto, procede el amor, que con su
calor conduce a la unión con Dios. Naturalmente,
el alma no posee la visión inmediata de la esencia
o sustancia divina, no ve a Dios como es en sí (quizás
esto sucedió sólo a Moisés y a San Pablo);
pero en la potencia del amor se llega a Dios, formando
un todo con Él, según el conocido pasaje paulino
al que se refiere el propio Antonio: "quien se une al
Señor, forma con él un mismo espíritu"
(1Cor 6,17). El conocimiento que el alma tiene de la divinidad
es mediato: es decir que Dios es conocido experimentalmente
a través de los efectos de dulzura y de placer espiritual
que la unión con Dios produce en el alma.
Texto
de Antonio Giuseppe Nocilli, adaptado por p. Paolo Floretta
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