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El
Santo considera que todos los cristianos están llamados
a la contemplación infusa en general, sin especificación
de grado, porque la contemplación es necesaria para
la perfección de las virtudes: "Quienes quieran
adquirir toda la justicia, es decir, la fe en Dios, la caridad
hacia el prójimo, la penitencia hacia sí mismos, es
necesario que vivan
en la quietud del espíritu
y en la dulzura de la contemplación".
La vocación a la contemplación mística
supone que el alma tenga los requisitos para recibirla.
Entre éstos, Antonio enumera:
- la
pureza del corazón, que se extiende con el
desprendimiento de toda cosa creada;
-
la pobreza, que exige el despojarse completamente,
al menos en modo afectivo, de los bienes terrenales;
- la
humildad, que es una pobreza superior, porque es
despojarse del propio yo y reconocer la miseria y nulidad
de la naturaleza humana.
Otra
virtud que dispone en modo particular a la contemplación
es la castidad perfecta. Muy pocos autores místicos
hacen mención de este requisito reservado a un limitado
grupo de almas. San Antonio habla indudablemente de una experiencia
personal. Él fue un candidísimo lirio de pureza. Para
la mayor parte de los cristianos que vive en el matrimonio
es suficiente la pureza de la mente (mentis puritate),
conciliable con su estado.
Texto
de Antonio Giuseppe Nocilli, adaptado por p. Paolo Floretta
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