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La Basílica de San Antonio
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Casa del Pellegrino

La contemplación
 


G. Van der Weyden, Sant'Antonio, sec XVIEl Santo considera que todos los cristianos están llamados a la contemplación infusa en general, sin especificación de grado, porque la contemplación es necesaria para la perfección de las virtudes: "Quienes quieran adquirir toda la justicia, es decir, la fe en Dios, la caridad hacia el prójimo, la penitencia hacia sí mismos, es necesario que vivan… en la quietud del espíritu y en la dulzura de la contemplación".

La vocación a la contemplación mística supone que el alma tenga los requisitos para recibirla. Entre éstos, Antonio enumera:

  • la pureza del corazón, que se extiende con el desprendimiento de toda cosa creada;
  • la pobreza, que exige el despojarse completamente, al menos en modo afectivo, de los bienes terrenales;
  • la humildad, que es una pobreza superior, porque es despojarse del propio yo y reconocer la miseria y nulidad de la naturaleza humana.

Otra virtud que dispone en modo particular a la contemplación es la castidad perfecta. Muy pocos autores místicos hacen mención de este requisito reservado a un limitado grupo de almas. San Antonio habla indudablemente de una experiencia personal. Él fue un candidísimo lirio de pureza. Para la mayor parte de los cristianos que vive en el matrimonio es suficiente la pureza de la mente (mentis puritate), conciliable con su estado.

Texto de Antonio Giuseppe Nocilli, adaptado por p. Paolo Floretta



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