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San
Antonio es también un místico. No es sólo el santo
más amado, el gran predicador,el escritor de los Sermones, el monje
franciscano. En sus escritos y sobre todo en su vida él nos ha dejado
la huella de su profundísima relación con Dios y de
una original doctrina mística la cual desea ayudar a encontrar a
Dios a partir del corazón, con la oración y con el
amor, en el silencio y en la soledad, incluyendo también la acción.
¿Cuáles
son los rasgos sobresalientes de su doctrina mística?
¿Qué influencias de autores místicos
se observan en su pensamiento? ¿Qué enseña
acerca de la contemplación, el amor, la fe, la oración,
el silencio y la soledad, la relación entre vida activa
y contemplativa?
San
Antonio ha sido el primer docente autorizado por San Francisco
y el primer gran escritor de la Orden franciscana. Sus
escritos redactados en forma de sermones - los Sermones
dominicales, con un apéndice de Sermones
marianos y de Sermones de sanctis (estos
últimos inconclusos) - reflejan la fase doctrinal de
aquella que fue la primera manifestación de la teología
franciscana elaborada cuando aún vivía San Francisco,
no sin una preocupación por su parte de que al favorecer
de tal modo el estudio no se apagara el espíritu de
la santa oración.
San
Antonio define la filosofía o sabiduría del
mundo "insignificante e insulsa". No porque
la considerara inútil en sí misma sino porque la sabiduría
del mundo se limita a satisfacer las aspiraciones humanas,
las ansias de lucro y de vanagloria.
La
primacía corresponde a la teología,
fundada en la Sagrada Escritura. La sabiduría filosófica
es la doncella de la teología. El Santo denuncia la
preferencia escandalosa que algunos concedían a la
filosofía y a los estudios jurídicos en perjuicio
de la teología la cual se propone la salvación
de las almas. Él sostiene con el ejemplo de San Pedro
Damiani que preferir la filosofía a la teología
hubiera sido como elegir entre Dios y el diablo.
La
cultura del Santo es prevalentemente de índole
sagrada. Los primeros historiadores primitivos testimonian
su gran sabiduría teológica debida a la constante
y diligente aplicación en el estudio de la Sagrada
Escritura. Según Antonio la inteligencia de la Escritura
(sacer intellectus) es superior a cualquier
otra ciencia, es la única que hace al hombre verdaderamente
sabio. Esta posición del Santo en relación
con la filosofía no significa que él haya rechazado
los principios científicos de los procesos racionales
o de la técnica mental, pero en sus escritos se preocupa
por subordinar la filosofía a la teología.
Pero
Antonio, filósofo, está animado por otra ambición
más noble, la del teólogo que se transforma
en contemplativo. Él escribe que la contemplación
es la más preciosa de todas las obras y todas las
cosas que se puedan desear no son comparables a ésta.
Sus
palabras casi nos sorprenden si pensamos que quien las escribió
fue un hombre de una actividad pastoral muy intensa. Desde
luego, no logramos explicarnos cómo pudo dedicarse
a la contemplación él, que incluso en su breve
período de apostolado no habría tenido tiempo
ni siquiera para respirar.
La
vida de Antonio está llena tanto de prédicas
como de éxtasis, de conversaciones con Dios, de encuentros
con el pueblo. El Santo de las multitudes es al mismo
tiempo el Santo del silencio y de la soledad contemplativa.
Los exámenes científicos realizados
en los huesos de San Antonio, en ocasión del reconocimiento
de sus restos mortales efectuado el 6 de enero de 1981,
confirman a partir de ciertos signos de las tibias y las rodillas
que transcurría muchas horas arrodillado dedicado
a la oración y a la contemplación.
La
vida interior de San Antonio está en función
de su incansable apostolado. Las pausas contemplativas
eran con vistas al camino; es decir, está al servicio
de los demás. Él pone a disposición del
prójimo también y sobre todo las "rodillas".
También
Antonio de Padua manifiesta la grandeza y la riqueza de su
alma no tanto en su sugestiva, franca y enérgica predicación
ni en su fama de taumaturgo como en la continua unión
íntima con Dios.
Texto
de Antonio Giuseppe, adaptado por p. Paolo Floretta.
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