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En
la ciudad de Lisboa, de donde era oriundo San Antonio -mientras
todavía estaban vivos los parientes del Santo, la madre,
el padre y los hermanos-, había dos ciudadanos, que
eran enemigos y se odiaban mucho. Sucedió que el hijo
de unos de éstos, un chiquillo, se encontró
con el enemigo de la familia, que vivía cerca de los
padres del beato Antonio.
Éste,
despiadado, cogió al chico, lo llevó a su casa
y lo mató. Después, por la noche, entró
en el jardín de la familia de Santo, excavó
una fosa, enterró allí el cadáver, y
después huyó.
Al ser el joven
hijo de una persona noble, se empezó a investigar sobre
su desaparición, y se supo que había estado
por el barrio donde vivía el enemigo. Se registraron
su casa y su huerto, pero no se descubrió ningún
indicio. Haciendo una inspección en el jardín
de la familia del beato Antonio, se encontró al chico,
enterrado en el huerto. Entonces la justicia del rey hizo
arrestar, como asesinos del joven, al padre de San Antonio
con todos los de casa.
El beato Antonio,
a pesar de estar en Padua, se enteró de lo ocurrido,
por intervención divina. Por la noche, pedido el permiso
al guardián del convento, pudo salir. Y mientras caminaba
en medio de la noche, fue con divino prodigio transportado
hasta la ciudad de Lisboa. Entrando en la ciudad por la
mañana, se dirigió al juez, y empezó
a rogarle que absolviera a aquellos inocentes de la acusa
y los dejara libres. Pero el juez no quiso hacerle caso bajo
ningún motivo, y entonces el beato Antonio ordenó
que lo condujeran delante del chico asesinado.
Delante del cuerpo, le ordenó que se levantara y dijera
si lo habían asesinado sus familiares. El chico se
despertó de la muerte y afirmó que los familiares
del beato Antonio no tenían nada que ver con el delito.
Consecuentemente, fueron absueltos y liberados de la cárcel.
El beato Antonio se quedó haciéndoles compañía
todo el día. Después, por la noche, salió
de Lisboa y a la mañana siguiente estaba en Padua de
nuevo(Bartolomeo da Pisa 4,19-32).
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