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Una
vez en que el beato Antonio se encontraba en una ciudad para
predicar, fue hospedado por una persona del lugar. Éste
le asignó una habitación separada, para que
pudiera entregarse tranquilo al estudio y a la contemplación.
Mientras rezaba, solo, en la habitación, el propietario
multiplicaba sus idas y venidas por su casa.
Mientras
observaba con atención y devoción la habitación
donde rezaba San Antonio solo, ojeando a escondidas a través
de una ventana, vio entre los brazos del beato Antonio a un
niño hermoso y alegre. El Santo lo abrazaba y lo besaba,
contemplando su rostro incesantemente. Aquel hombre, asombrado
y extasiado por la belleza del niño, pensaba por sus
adentros de dónde habría venido un niño
tan gracioso.
Aquel niño era el Señor Jesús. Y fue
el mismo Niño Jesús quien reveló al beato
Antonio que el huésped los estaba observando. Después
de una larga oración, acabada la visión, el Santo
llamó al propietario y le prohibió que revelara
a nadie, mientras él viviera, lo que había visto(Liber
miraculorum 22,1-8). |