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El
déspota, arrogante, pérfido y cruel tirano Ezzelino
da Romano, al principio de su tiranía, había
llevado a cabo un enorme secuestro de hombres en Verona.
El padre intrépido, en cuanto se enteró de lo
sucedido, se arriesgó y fue a hablar con éste
de persona, a la ciudad de Verona, donde residía el
tirano.
Y lo enfrentó con las siguientes palabras:
"Oh enemigo de Dios, tirano despiadado, perro rabioso,
¿hasta cuándo seguirás derramando sangre
inocente de cristianos? ¡Tienes sobre ti la sentencia
del Señor, terrible y durísima!".
Y muchas otras expresiones vehementes y desagradables le dijo
a la cara. Sus soldados, estaban a punto de atacar, esperando
que Ezzelino, como siempre, diera la orden de despedazarlo.
Pero sucedió todo lo contrario, por disposición
del Señor.
De hecho, el tirano, impresionado por aquellas palabras
del hombre de Dios, abandonó su crueldad, y se convirtió
en un manso cordero. Después, colgándose
su cinturón al cuello, se inclinó ante el hombre
de Dios y confesó humildemente los propios crímenes,
asegurando que, según su beneplácito, repararía
el mal cumplido.
Y
añadió: "Compañeros de penas y fatigas,
no os sorprendáis por esto. Os digo de verdad, que
he visto irradiar del rostro de este padre una especie de
luz divina, que me ha atemorizado hasta el punto que, delante
de una visión tan abrumadora, he tenido la sensación
de precipitarme rápidamente en el infierno".
A
partir de aquel día, Ezzelino tuvo siempre una gran
devoción al Santo y, mientras vivió, evitó
hacer muchas atrocidades que habría querido cometer,
según lo que el propio tirano confiaba (Benignitas
17,42-47).
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