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Un
maravilloso milagro fue causado por una confesión.
Un hombre de Padua, llamado Leonardo, refirió una vez
al hombre de Dios, entre otros pecados de los cuales se había
acusado, que había dado una patada a su madre, con
tal violencia que la había hecho caer por el suelo
de forma terrible.
El beato padre Antonio, que detestaba ferozmente todas las
maldades, en fervor de espíritu y con aire de deploración,
comentó: "El pie que golpea a la madre o al padre,
merecería ser cortado al instante".
Aquel
hombre, no habiendo entendido el sentido de la frase, lleno
de remordimiento por la falta cometida y por las duras palabras
del Santo, al volver a casa no dudó en cortarse el
pie. La noticia de un castigo tan cruel se difundió
en un abrir y cerrar de ojos por toda la ciudad, y llegó
hasta oídos del siervo de Dios. Antonio se dirigió
a toda prisa a casa de éste y, después de
una angustiada devota oración, unió a la pierna
el pie cortado, haciendo la señal de la Cruz.
¡Qué
admirable! En cuanto el Santo acercó el pie a la pierna
haciendo la señal de la Cruz, pasando por encima de
la pierna dulcemente sus sagradas manos, el pie de aquel hombre
quedó unido a la pierna tan rápidamente que
éste se levantó alegre y sano, y se puso a caminar
y a saltar, loando al Señor y dando gracias infinitas
al beato Antonio, que de forma admirable lo había curado
(Benignitas 17,36-40).
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