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Si
los hombres, a pesar de ser inteligentes, despreciaban su
predicación, Dios intervenía para mostrarla
digna de veneración, cumpliendo señales y prodigios
por medio de animales sin de razón. Una vez en que
algunos herejes, cerca de Padua, despreciaban y se burlaban
de sus sermones, el Santo se dirigió a la orilla de
un río, que corría por allí cerca, y
dijo a los herejes para que toda la multitud lo oyera:
"A partir del momento en que vosotros demostráis
ser indignos de la palabra de Dios, aquí estoy, dirigiéndome
a los peces, para confundir más abiertamente vuestra
incredulidad".
Y
con fervor de espíritu empezó a predicar a los
peces, enumerándoles todos los dones concedidos por
Dios: cómo los había creado, cómo les
había asignado la pureza de las aguas y cuánta
libertad les había concedido, y cómo los alimentaba
sin que tuvieran que trabajar.
Mientras
hablaba los peces empezaron a unirse y a acercarse a él,
elevando sobre la superficie del agua la parte superior de
su cuerpo y mirándolo atentamente, con la boca abierta.
Mientras el Santo les habló, lo estuvieron escuchando
muy atentos, como si fueran seres dotados de razón.
No se alejaron del lugar hasta que recibieron su bendición.
Aquel
que había hecho que los pájaros escucharan la
predicación del santísimo padre Francisco, reunió
a los peces y les hizo prestar atención a la predicación
de su hijo, Antonio(Rigaldina
9,24-28).
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